A la mañana siguiente, llegué al Registro Civil cinco minutos antes de la hora acordada.
Mateo ya estaba allí.
Llevaba una camisa negra, el cabello ligeramente despeinado y dos cafés en las manos.
—Llegas tarde.
Miré mi reloj.
—Faltan cinco minutos.
—Exactamente. Tarde.
Le quité uno de los cafés.
—Sigues siendo insoportable.
—Y tú sigues viniendo.
Entramos juntos.
No llevábamos flores.
No había invitados.
No había vestidos caros ni fotógrafos.
Solo dos firmas y una decisión que yo había tomado después de tres años esperando a la persona equivocada.
Cuando salimos, Mateo guardó el certificado en su bolsillo.
—Sofía.
—¿Qué?
—Si quieres arrepentirte, este es el momento.
Lo miré.
—No me arrepiento.
Sonrió.
—Entonces desayunemos. Casarse con alguien con el estómago vacío es mala educación.
Estábamos a punto de entrar en una cafetería cuando mi teléfono comenzó a vibrar.
Daniel.
No contesté.
Volvió a llamar.
Luego otra vez.
Después llegó un mensaje.
“¿Dónde estás?”
Lo ignoré.
Mateo miró la pantalla.
—¿Es él?
—Sí.
—¿Quieres que conteste?
—No.
—Qué lástima. Tenía muchas cosas que decirle.
Me reí.
Pero una hora después, Daniel apareció frente a mi casa.
No vino solo.
Su madre, Julia y varios familiares estaban detrás de él.
Daniel entró furioso.
—¡Sofía!
Mi madre salió de la cocina.
—¿Qué ocurre?
Daniel levantó el teléfono.
—¿Por qué todo el mundo me está diciendo que Sofía se casó?
Mi madre palideció.
Yo bajé tranquilamente las escaleras.
—Porque es verdad.
Daniel me miró como si hubiera hablado en otro idioma.
—¿Con quién?
—Mateo Reyes.
Julia dio un paso atrás.
Daniel soltó una risa incrédula.
—¿Mateo? ¿El chico que vive al lado?
—El mismo.
—¿Te casaste con él solo para vengarte de mí?
Negué.
—No.
Saqué el certificado del bolso.
—Me casé con él porque él nunca necesitó que yo le rogara que me eligiera.
El silencio fue inmediato.
La madre de Daniel apretó los labios.
—Sofía, esto es absurdo. Tú y Daniel tienen un acuerdo.
—Teníamos un acuerdo.
Miré a Daniel.
—Tú decidiste romperlo cuando te casaste con Julia.
Julia comenzó a llorar.
Daniel se volvió hacia ella.
—No llores.
Entonces comprendí algo todavía más importante.
No había cambiado.
Seguía corriendo hacia ella cada vez que lloraba.
Pero esta vez yo no estaba allí esperando.
Mateo apareció detrás de mí y apoyó tranquilamente una mano sobre mi hombro.
Daniel lo miró.
—¿De verdad crees que esto va a funcionar?
Mateo sonrió.
—No necesito creerlo.
Sacó su teléfono y mostró una fotografía.
Era nuestra inscripción matrimonial.
Debajo aparecía algo más.
Un documento bancario.
Daniel dejó de sonreír.
—¿Qué es eso?
Mateo respondió con calma:
—El contrato prenupcial.
Daniel frunció el ceño.
—¿Prenupcial?
Mateo lo miró directamente.
—Sofía y yo no necesitamos tu dinero. Pero ella sí necesita que ciertas personas dejen de utilizar su nombre para mover dinero.
El rostro de Daniel cambió.
Yo había descubierto aquella misma mañana algo que él jamás había mencionado.
Durante tres años, Daniel había utilizado mi cuenta para recibir transferencias de clientes de su empresa.
Pequeñas cantidades.
Decenas de operaciones.
Todas perfectamente camufladas.
Pero ahora yo tenía acceso a los registros.
Daniel palideció.
—Sofía…
Levanté una mano.
—No.
Por primera vez, fui yo quien terminó una conversación antes que él.
—Mañana mi abogado se pondrá en contacto contigo.
Julia dejó de llorar.
Su madre dejó de respirar durante un segundo.
Daniel me miró como si acabara de descubrir que la mujer que siempre había estado detrás de él ya no existía.
Mateo se inclinó hacia mí.
—¿Desayuno?
Sonreí.
—Ahora sí.
Y mientras cerrábamos la puerta frente a ellos, escuché a Daniel gritar mi nombre.

No me giré.
Porque por primera vez en cuatro años, no estaba esperando que alguien me eligiera.
Ya había elegido yo.