El primer video duraba apenas cuarenta segundos.
Teresa estaba sentada al borde de la cama.
Tenía los ojos hinchados.
Gael sostenía el teléfono con una mano y una carpeta con la otra.
—Repítelo.
Ella respiró hondo.
—Me casé contigo por voluntad propia.
—Más fuerte.
—Nadie me obligó.
Gael sonrió satisfecho.
Terminó la grabación.
Abrí el siguiente archivo.
Era de tres días antes de la boda.
Teresa todavía no llevaba anillo.
Gael colocó varios documentos sobre la mesa.
—Firma.
Ella negó con la cabeza.
—Prometiste destruir los videos.
Él soltó una carcajada.
—Primero firmas.
Después hablamos.
Seguí revisando.
Cada archivo era peor que el anterior.
Transferencias bancarias.
Compras de autos.
Joyas.
Viajes.
Todo pagado por Teresa.
Y siempre terminaban igual.
Ella llorando.
Él exigiendo más.
En el penúltimo video escuché por fin el origen de todo.
—Solo fue una noche.
Dijo Teresa entre lágrimas.
—Estaba borracha.
No sabía que me estabas grabando.
Gael acercó el rostro a la cámara.
—Y ahora todo el mundo creerá que una respetable viuda de cincuenta años persiguió a un muchacho veinte años menor.
Teresa rompió a llorar.
—Ya te di dinero.
Te compré una casa.
Un coche.
¿Qué más quieres?
Él respondió sin cambiar la expresión.
—Todo.
El último archivo estaba fechado la madrugada anterior.
El mismo golpe que me había despertado.
Lo abrí.
Teresa aparecía de rodillas.
Nunca la había visto así.
Gael caminaba lentamente alrededor de ella.
—Ya hice todo lo que me pediste.
Suplicó ella.
—Vendí el terreno.
Te di el dinero.
¿Por qué sigues amenazándome?
Gael levantó una carpeta.
—Porque todavía tienes esta casa.
Ella levantó la cabeza.
—Aquí viven mis hijos.
Mis nietos.
Él sonrió.
—Por ahora.
Sacó unos papeles.
Los dejó caer frente a ella.
Sentí un escalofrío.
Eran las escrituras.
La casa ya no estaba únicamente a nombre de Teresa.
También aparecía el nombre de Gael.
—¿Cuándo…?
Susurró ella.
Él soltó una risa.
—El poder notarial que firmaste.
¿Recuerdas?
Creías que era para comprar el automóvil.
En realidad…
Era para convertirme en copropietario.
Teresa dejó escapar un grito ahogado.
—¡Me engañaste!
Gael se inclinó hasta quedar frente a ella.
—No.
Te enamoraste sola.
Después levantó el teléfono y mostró otra carpeta.
—Y si mañana intentas denunciarme…
Estos videos estarán en internet antes del desayuno.
La grabación terminó.
Me quedé inmóvil.
Ya no era un matrimonio extraño.
Era una extorsión perfectamente planeada.
Guardé inmediatamente una copia de toda la memoria USB.
Después otra en la nube.
Y una tercera en un disco externo.
Cuando terminé, escuché la puerta principal.
Habían vuelto.
Escondí la memoria exactamente donde la encontré.
Bajé a la cocina.
Teresa entró unos minutos después.
Traía gafas oscuras.
Aunque ya había anochecido.
Cuando nuestras miradas se cruzaron, entendí algo.
Ella sabía que yo había visto la verdad.
Pero antes de que pudiera decir una palabra, Gael apareció detrás de ella.
Me sonrió con absoluta tranquilidad.
—Daniela.
Qué bueno que estás aquí.
Necesito que mañana nos acompañes a la notaría.
Fruncí el ceño.
—¿Para qué?
Él respondió sin dejar de sonreír.
—Teresa quiere hacer unos pequeños cambios en su testamento.
Teresa abrió la boca para hablar.
Pero no dijo nada.
Solo bajó la cabeza.

Entonces vi algo que me heló la sangre.
Mientras Gael hablaba, llevaba discretamente una mano dentro del bolsillo de su chamarra.
Y el pequeño punto rojo que apareció sobre el pecho de Teresa me hizo comprender que no estaba sujetando unas llaves…
Estaba apuntándole con un arma equipada con un puntero láser para obligarla a obedecer.