Parte 2: LOS TRES DÍAS QUE NADIE DEBIÓ CONCEDERLE

Mariana tomó la pluma.

La sostuvo unos segundos sobre la última página.

Alejandro sonrió.

Doña Teresa cruzó los brazos con expresión satisfecha.

Camila acarició distraídamente su vientre mientras observaba la escena.

Los tres estaban convencidos de que todo había terminado.

Entonces Mariana dejó la pluma sobre la mesa.

Con absoluta calma.

—No voy a firmar hoy.

La sonrisa de Alejandro desapareció.

—¿Perdón?

—Necesito tres días.

Él soltó una risa corta.

—¿Tres días para qué?

Mariana levantó la carpeta y comenzó a pasar las hojas lentamente.

No parecía nerviosa.

Parecía alguien revisando un expediente.

—Para leer lo que pretendes que firme.

Doña Teresa intervino enseguida.

—Los abogados ya revisaron todo. Solo falta tu firma.

Mariana cerró la carpeta.

—Precisamente por eso quiero leerlo yo.

Alejandro dio un paso al frente.

—No tienes nada que revisar.

Ella lo miró fijamente.

—Soy arquitecta, Alejandro. No contadora.

Hizo una breve pausa.

—Pero sí sé leer contratos.

Sin esperar permiso, guardó la carpeta dentro de su bolso de piel.

Alejandro reaccionó de inmediato.

—Déjala aquí.

Mariana negó con tranquilidad.

—Es una copia entregada para mi revisión.

—No puedes llevártela.

—¿Hay alguna cláusula que lo prohíba?

Él abrió la boca.

No respondió.

Porque no la había.

Durante unos segundos solo se escuchó el aire acondicionado de la cocina.

Finalmente Alejandro respiró hondo.

—Tres días.

La señaló con el dedo.

—Pero el lunes firmas.

Mariana asintió.

—El lunes nos vemos.

Tomó las llaves del automóvil.

Y salió de la casa sin volver la vista atrás.


No regresó a su departamento.

Condujo directamente hasta un pequeño edificio de oficinas en Paseo de la Reforma.

Eran casi las once de la noche.

Las luces del despacho jurídico seguían encendidas.

La esperaba el licenciado Eduardo Cárdenas.

Abogado mercantil.

Y uno de los pocos profesionales que había trabajado con su padre antes de morir.

Mariana dejó la carpeta sobre la mesa.

—Necesito saber exactamente qué intentan hacer.

Eduardo abrió el expediente.

Los primeros minutos transcurrieron en silencio.

Pasaba páginas.

Tomaba notas.

Volvía atrás.

Su expresión fue cambiando poco a poco.

Primero concentración.

Luego sorpresa.

Finalmente preocupación.

Cerró la carpeta lentamente.

—Esto es mucho peor de lo que imaginaba.

Mariana permaneció inmóvil.

—¿Qué encontraron?

Eduardo giró el documento hacia ella.

Había varias hojas marcadas con notas adhesivas.

—Estas deudas…

Golpeó suavemente una página.

—No nacieron con el divorcio.

Pasó otra hoja.

—Llevan casi cuatro años acumulándose.

Mariana frunció el ceño.

—Pero yo nunca pedí esos préstamos.

—Lo sé.

Él abrió un anexo.

Aparecieron contratos de crédito.

Garantías.

Hipotecas.

Avales.

Y varias sociedades mercantiles.

—Algunas firmas parecen tuyas.

Mariana observó los documentos unos segundos.

Después negó lentamente.

—No recuerdo haber firmado nada de esto.

Eduardo levantó otra hoja.

—Eso no es lo más preocupante.

Sacó un cuadro financiero.

En la parte superior aparecía una cifra destacada.

160,248,731 pesos.

—Estas obligaciones están concentradas en empresas vinculadas al Grupo Salazar.

Mariana respiró hondo.

—¿Y por qué aparecen a mi nombre?

Eduardo permaneció unos segundos en silencio.

Luego respondió con cautela.

—Porque, según estos documentos, tú figuras como deudora solidaria en varias operaciones.

La habitación quedó completamente callada.

Mariana volvió a mirar las páginas.

Una tras otra.

Entonces algo llamó su atención.

Una fecha.

Tomó el contrato.

Lo acercó a la luz.

—Es imposible.

Eduardo levantó la vista.

—¿Qué ocurre?

Ella señaló el documento.

—Este contrato dice que lo firmé el diecisiete de octubre…

Hizo memoria.

Su voz se volvió casi un susurro.

—Ese día yo estaba en Barcelona presentando un proyecto para el Congreso Internacional de Arquitectura.

Eduardo tomó otro expediente.

Buscó el pasaporte que Mariana había entregado para otros trámites.

Comparó las fechas.

Sellos de entrada.

Sellos de salida.

No coincidían.

Levantó lentamente la vista.

—Si estabas fuera del país…

Volvió a mirar el contrato.

—Alguien firmó por ti.

Mariana sintió un escalofrío.

Porque acababa de comprender que el problema ya no era un divorcio.

Ni siquiera una deuda de ciento sesenta millones.

Era la posibilidad de que, durante años, alguien hubiera utilizado su identidad para asumir obligaciones financieras sin su autorización.

Y eso cambiaba por completo las reglas del juego.

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