Daniel no respondió a mi broma.
Leo sí.
—¿Guapos? —se quitó las gafas—. Gracias, hermana.
El expediente casi se le cayó de las manos a Daniel.
—¿Hermana?
—Hermano mayor —dijo Leo.
Adrian levantó dos dedos.
—Segundo.
Nicolás sonrió.
—El favorito.
—El más insoportable —corregí.
Daniel me miró como si acabara de descubrir que durante nuestro matrimonio había vivido con una desconocida.
—Nunca dijiste que tenías hermanos.
—Nunca preguntaste.
—Tu apellido es Zhou desde…
—Era Zhou mientras estuvimos casados. Recuperé el de mi madre después del divorcio.
Adrian dejó sobre la mesa la carpeta azul que le había pedido.
Mi nombre completo aparecía en la portada:
Valeria Vargas Keller Reyes.
Daniel palideció.
Los cuatro hermanos habíamos nacido de la misma madre, pero por una complicada historia familiar terminamos usando apellidos distintos profesionalmente. Leo conservó Vargas. Adrian usó Keller, de nuestro padre adoptivo. Nicolás eligió Reyes, el apellido materno.
Yo había pasado años usando simplemente Valeria Zhou.
No porque escondiera quién era.
Porque cuando conocí a Daniel quería que alguien me mirara sin saber quiénes eran mis hermanos.
Qué ironía.
Lo consiguió.
Y después dejó de mirarme por completo.
Adrian abrió la carpeta.
—Antes de cualquier procedimiento quiero revisar la documentación y hablar con el equipo médico.
Daniel recuperó inmediatamente su tono profesional.
—La cirugía no debería retrasarse.
—No pretendemos retrasarla —respondió Adrian—. Pretendemos entenderla.
Leo tomó mi mano.
Nicolás preguntó si tenía miedo.
Negué.
—Tengo hambre.
—Eso significa que sobrevivirá —dijo Nicolás.
Daniel apretó el expediente.
Por primera vez comprendió la diferencia entre estar sola y llegar sola.
Yo había tomado un taxi porque no quería preocupar a nadie antes de saber qué tenía.
No porque nadie viniera si llamaba.
La cirugía salió bien.
Cuando desperté, los tres seguían allí.
También Daniel.
Estaba junto a la ventana.
—¿Todavía trabajando? —pregunté.
—Vine a revisar tu evolución.
—Entonces revisa.
Lo hizo en silencio.
Después preguntó:
—¿Por qué nunca me hablaste de ellos?
Solté una pequeña risa.
—Daniel, estuvimos casados cuatro años. Leo vino dos veces a nuestra casa.
Frunció el ceño.
—Dijiste que era un amigo.
—Tú asumiste que era un amigo.
—¿Y Adrian?
—Pagó nuestra luna de miel.
Daniel quedó inmóvil.
—Pensé que había sido una promoción del hotel.
—Eso te dije porque te molestaba que mi familia ayudara.
Su expresión se volvió extraña.
—¿Nicolás?
—¿Recuerdas al chico que llamó durante nuestra cena de aniversario porque había tenido un accidente entrenando?
Daniel cerró los ojos.
Sí lo recordaba.
También recordaba lo que había dicho:
“Tu familia siempre tiene alguna emergencia cuando estamos juntos”.
Después de aquello dejé de mencionarles muchas cosas.
No porque ellos desaparecieran.
Porque yo había empezado a hacerme pequeña para que mi matrimonio pareciera más grande.
—Valeria…
—No conviertas esto en una tragedia romántica.
Lo miré.
—No nos divorciamos porque no conocieras a mis hermanos. Nos divorciamos porque dejaste de interesarte por conocerme.
Daniel no discutió.
Dos días después recibí el alta.
Pensé que aquello sería el final.
Entonces Adrian me pidió hablar a solas.
—Hay algo raro con tu ingreso.
—¿Qué?
Sacó una copia de la documentación administrativa.
—Cuando llegaste inconsciente, alguien actualizó tu contacto de emergencia.
Leí el nombre.
Daniel Zhou.
—Eso seguramente fue automático. Antes era mi esposo.
Adrian negó.
—La modificación tiene fecha de ayer.
Me quedé quieta.
Daniel había introducido su nombre después de nuestro encuentro.
Aquello me enfadó, pero Adrian señaló otra línea.
—No es lo importante.
Había un segundo contacto.
Una mujer.
Serena Liang.
Conocía ese nombre.
El famoso primer amor de Daniel.
La mujer perfecta que las enfermeras mencionaban.
—¿Por qué aparece ella en mi expediente?
Nadie sabía explicarlo.
El hospital abrió una revisión interna.
Y la respuesta resultó mucho menos romántica de lo que cualquiera esperaba.
Serena formaba parte del grupo empresarial que recientemente había adquirido participación en una compañía externa que prestaba ciertos servicios administrativos al hospital.
Mi información había aparecido en una revisión vinculada a seguros y facturación.
Pero había un detalle extraño.
Serena había solicitado información sobre mí antes de mi ingreso.
Tres semanas antes.
—¿Por qué? —pregunté.
Adrian deslizó otro documento.
Entonces reconocí el nombre de una empresa:
Keller Meridian Capital.
La compañía familiar.
Serena estaba negociando una inversión con ellos.
Con Adrian.
Mi hermano levantó la vista.
—Ella no sabía que eras mi hermana cuando comenzó la negociación.
—¿Y después?
—Después alguien se lo dijo.
—¿Daniel?
—Eso estamos intentando aclarar.
Esa misma tarde Daniel apareció en mi habitación.
—Serena no es mi novia.
—No me interesa.
—Valeria, escucha.
—Estoy escuchando como paciente. Habla como médico.
Apretó la mandíbula.
—Serena me buscó hace un mes preguntando por ti.
Eso sí consiguió mi atención.
—¿Qué quería?
—Saber por qué nos divorciamos.
—¿Y qué le dijiste?
Daniel tardó demasiado.
—Que habíamos sido incompatibles.
Sonreí.
—Qué elegante.
—Después preguntó si durante nuestro matrimonio habías mencionado una empresa llamada Meridian.
Mi sonrisa desapareció.
—¿Qué respondiste?
—Que no.
Adrian, que estaba junto a la puerta, intervino.
—¿Y entonces por qué empezó a investigar a mi hermana?
Daniel lo miró.
—Porque Serena descubrió algo durante la negociación.
Sacó el teléfono y abrió un correo.
—El consejo de Meridian rechazó inicialmente su propuesta.
Adrian asintió.
—Correcto.
Daniel continuó:
—Pero Serena recibió después un mensaje diciendo que existía una única persona capaz de hacer que reconsideraran la operación.
Sentí que ya sabía la respuesta.
—¿Quién?
Daniel giró la pantalla.
Allí estaba mi nombre.
Valeria Vargas Keller Reyes.
Miré a Adrian.
—¿Qué significa esto?
Mi hermano suspiró.
—Que ya era hora de contártelo.
Después de nuestro divorcio yo había invertido discretamente parte de mi patrimonio en varios proyectos familiares. Nunca participé en la gestión diaria.
Pero mis derechos de voto, combinados con un fideicomiso que nuestra madre había dejado, me daban capacidad decisiva sobre determinadas operaciones extraordinarias.
Serena no me estaba investigando porque fuera la exesposa de Daniel.
Me estaba buscando porque necesitaba mi aprobación.
Y Daniel, que aquella tarde se había burlado porque yo había llegado sola al hospital, acababa de descubrir algo todavía más incómodo.
La mujer que él había confundido con alguien sin familia no solo tenía tres hermanos dispuestos a abandonarlo todo cuando ella llamaba.
También era la única persona cuya firma necesitaba la mujer que todos en el hospital creían que había reemplazado a su exesposa.
Adrian cerró la carpeta.
—Serena quiere reunirse contigo mañana.
Miré a Daniel.
Después sonreí.
—Perfecto.
—¿Vas a aprobar su inversión? —preguntó él.

Me acomodé contra la almohada.
—Doctor Zhou, acabas de aprender que no sabes quién es mi familia.
Hice una pausa.
—No cometas ahora el mismo error creyendo que sabes cómo hago negocios.