PARTE 2: Los Soldados En La Entrada

Cuando Mariana volvió a abrir los ojos, el techo blanco del hospital estaba desenfocado.

Escuchó el pitido constante de un monitor y sintió un peso extraño en el abdomen.

Instintivamente llevó la mano hacia su vientre.

Ya no estaba.

El pánico le cerró la garganta.

—¿Mi bebé…?

La doctora Camila Barrera apareció de inmediato.

—Respire, Mariana. Su hijo está vivo.

Las lágrimas comenzaron a correr antes de que pudiera hablar.

—Tuvimos que practicar una cesárea de emergencia. Llegó con un desprendimiento de placenta muy avanzado. Estuvieron a minutos de no lograrlo.

Mariana cerró los ojos.

Solo pudo dar gracias en silencio.

—¿Puedo verlo?

—Todavía está en neonatología. Necesita observación, pero está respondiendo bien.

En ese momento se abrió la puerta.

Entró un hombre alto, de cabello completamente canoso, con uniforme verde olivo impecablemente planchado.

El General Arturo Ríos.

Su padre.

Caminó hasta la cama sin decir una palabra.

Tomó la mano de su hija con una firmeza que contrastaba con los ojos enrojecidos que intentaba ocultar.

—Ya estoy aquí.

Mariana rompió a llorar.

—Papá… él se fue.

El general no preguntó quién.

No hacía falta.

La paramédica ya le había contado todo durante el traslado.

Incluso existía el registro de la llamada al 911.

Y los vecinos habían confirmado que Diego salió de la casa mientras su esposa pedía ayuda.

Arturo respiró lentamente.

—Ahora descansa.

El resto lo resolveré yo.


Mientras tanto, Diego brindaba por el cumpleaños número sesenta y cinco de Lourdes.

Reía.

Bailaba.

Respondía mensajes de familiares.

Cuando alguien preguntó por Mariana, Lourdes levantó la copa.

—Seguro otra vez está exagerando para llamar la atención.

Las risas no tardaron en aparecer.

Nadie sabía que, en ese mismo instante, Mariana estaba siendo operada.

Dos días después, Diego regresó por fin a la casa.

Ni siquiera había ido al hospital.

Estaba convencido de que encontraría a Mariana arrepentida.

Pensó que recogería algunas cosas del bebé y luego aparecería como el esposo preocupado.

Pero al doblar la esquina se quedó inmóvil.

Frente a la vivienda había dos vehículos militares.

Y cuatro soldados custodiaban la entrada.

Uno de ellos levantó la mano.

—Alto.

Diego frunció el ceño.

—¿Qué significa esto? Esta es mi casa.

El militar pidió su identificación.

La revisó con calma.

Luego habló por el radio.

—Confirmado. Es el señor Diego Santillán.

Pasaron apenas unos segundos.

La puerta principal se abrió.

El General Arturo Ríos salió acompañado por dos abogados.

Su mirada era tan fría que Diego sintió un escalofrío.

—General… qué gusto verlo. Vine por Mariana y por mi hijo.

Arturo no respondió de inmediato.

Uno de los abogados le entregó un sobre.

—¿Qué es esto?

—Una orden judicial de protección para mi hija y mi nieto.

Diego soltó una risa incrédula.

—¿Una orden contra mí?

El abogado respondió con absoluta serenidad.

—También encontrará una denuncia por abandono de persona en situación de riesgo, violencia familiar y omisión de auxilio.

La sonrisa desapareció del rostro de Diego.

—Eso es absurdo.

Arturo dio un paso al frente.

—Las llamadas al 911, los registros de la ambulancia, los informes médicos y las declaraciones de los vecinos dicen otra cosa.

Diego intentó entrar.

Dos soldados bloquearon el paso.

—No puede acceder a la propiedad.

—¡Mi hijo está aquí!

El general sostuvo su mirada.

—No.

Hizo una pausa.

—Su hijo está en el hospital, luchando por vivir.

Y los médicos dejaron por escrito que, si la ambulancia hubiera llegado unos minutos más tarde, hoy estaríamos hablando de un doble funeral.

Diego sintió que las piernas le fallaban.

Pero lo que terminó de desmoronarlo fue la última frase del abogado.

—Además, señor Santillán, ya recibimos las grabaciones de las cámaras de seguridad de la casa.

Diego palideció.

Porque recordaba perfectamente lo que había dicho antes de cerrar la puerta.

Y ahora comprendía que aquella conversación había quedado registrada… palabra por palabra.

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