—Quiero ver a un médico —dije.
Adrian pareció sorprendido.
—Acabas de decir que no necesitabas uno.
—He cambiado de opinión. Pero quiero hablar con él sin ti.
Aquello le dolió.
Lo vi claramente.
Aun así, asintió.
—De acuerdo.
Una hora después, una neuróloga llamada doctora Collins me explicó que había sufrido una caída aquella mañana y un traumatismo craneal. Las pruebas iniciales no mostraban nada que justificara una intervención urgente, pero mi pérdida de recuerdos requería observación y más evaluación.
—¿Puedo recuperar esos siete años?
—Es posible que algunos recuerdos regresen —respondió—. También es posible que no lo hagan de inmediato. No debemos forzarlos.
Miré hacia la puerta.
—¿Y realmente estoy casada con Adrian?
La doctora sonrió con cautela.
—Eso puedo confirmarlo por la información disponible. Pero para comprender su relación, tendrá que reconstruir los hechos poco a poco.
Cuando regresé a la habitación, encontré a Ethan y Lily sentados en el suelo.
Habían hecho dibujos para mí.
En uno aparecíamos cuatro personas tomadas de la mano.
Lily había escrito torpemente:
MAMÁ + PAPÁ + ETHAN + LILY.
Sentí una presión insoportable en el pecho.
No los recordaba.
Pero ellos sí me recordaban a mí.
—¿Puedo abrazarte? —preguntó Lily.
Aquella pregunta casi me rompió.
Extendí los brazos.
Ella corrió hacia mí.
Ethan tardó unos segundos más antes de acercarse.
—¿Nos olvidaste para siempre?
—No lo sé, cariño.
Era extraño llamar cariño a un niño que para mi mente era un desconocido.
Pero algo en mí reaccionaba a ellos.
Una familiaridad sin recuerdos.
Como una canción cuya melodía había olvidado pero cuyo ritmo todavía reconocía.
Cuando los niños salieron con la niñera, miré a Adrian.
—Ahora habla.
Se sentó frente a mí.
—Después de aquella reunión desapareciste.
—Estuve hospitalizada.
—Lo descubrí dos días después.
Su mirada cayó.
—Fui al hospital.
—¿Por qué?
—Porque descubrí que habías escuchado lo que dije.
Me reí sin humor.
—¿Viniste a disculparte?
—Al principio, sí.
—¿Al principio?
Adrian apretó las manos.
—Cuando llegué, tu compañera me contó que habías recibido una beca en Boston. También dijo que estabas pensando aceptarla y marcharte.
—¿Y?
—Entré en pánico.
Lo miré incrédula.
—¿Tú?
—Yo llevaba casi un año enamorado de ti.
Me quedé completamente inmóvil.
—Eso no tiene sentido.
—Lo sé.
—Te burlaste de la posibilidad de quererme.
—Porque mis amigos ya sospechaban lo que sentía.
Fruncí el ceño.
Adrian respiró lentamente.
—Yo tenía veintidós años y una habilidad extraordinaria para convertir cualquier emoción real en arrogancia. Pensé que negarlo de aquella manera acabaría con las bromas.
—Y casi acabó conmigo.
Cerró los ojos.
—Lo sé.
—¿Entonces qué ocurrió?
—Te recuperaste. Te fuiste a Boston. Yo te seguí seis meses después.
Lo miré sorprendida.
—¿Te seguíste detrás de mí?
—Durante cuatro meses ni siquiera aceptabas tomar café conmigo.
Por primera vez apareció una sonrisa triste.
—Me lo merecía.
Me mostró fotografías.
Nosotros caminando junto al río.
Yo besándolo en una ceremonia pequeña.
Mi embarazo.
Adrian sosteniendo a dos recién nacidos.
Navidades.
Cumpleaños.
Seis años enteros convertidos en imágenes de desconocidos con nuestros rostros.
Entonces llegué a una fotografía reciente.
Yo no sonreía.
Adrian tampoco.
—¿Cuándo empezó a ir mal?
Su expresión cambió.
—Hace aproximadamente un año.
—¿Por qué?
—Porque descubriste algo sobre mí.
—¿Qué?
Antes de responder, Lily apareció corriendo.
—¡Papá!
Detrás de ella venía una mujer mayor sosteniendo una tableta.
—Señor Shaw, disculpe. La señora Bennett acaba de llamar otra vez.
Bennett.
Mi apellido de soltera.
Adrian se puso rígido.
—¿Quién es?
La mujer me miró confundida.
—Su madre.
Me quedé helada.
—Mi madre murió cuando yo tenía diecinueve años.
Nadie habló.
Miré a Adrian.
—¿Qué está pasando?
—Olivia…
—Acabas de decir que reconstruiremos los hechos. Empieza por ese.
Adrian pidió que los niños salieran.
Después cerró la puerta.
—Tu madre no murió.
Sentí náuseas.
—Yo fui a su funeral.
—Enterraste a la mujer que creías que era tu madre.
Lo miré fijamente.
—Eso es absurdo.
Adrian tomó la tableta.
Había varios mensajes.
El último decía:
Dile a Olivia que no firme el divorcio hasta recuperar la memoria. Adrian todavía no le ha contado qué ocurrió hace siete años.
Levanté lentamente la mirada.
—¿Qué ocurrió hace siete años?
Adrian no respondió.
Cogí la tableta y revisé las fechas.
Había mensajes de aquella mujer desde hacía once meses.
Entonces encontré uno enviado por mí.
Ya confirmé lo de Boston. Adrian me siguió porque tú se lo pediste.
Sentí un escalofrío.
—Dijiste que me seguiste porque estabas enamorado.
—Lo estaba.
—Pero alguien te envió.
Silencio.
Seguí leyendo.
Otro mensaje mío:
Encontré el acuerdo. Mi matrimonio comenzó con una mentira.
Debajo había una fotografía adjunta.
Era un documento firmado siete años atrás.
Tres días después de aquella reunión de antiguos alumnos.
Reconocí inmediatamente dos nombres.
El primero era el de Adrian.
El segundo pertenecía a mi padre.
Y junto a ellos aparecía una cláusula que explicaba por qué Adrian había llegado a Boston seis meses después.
Levanté la vista hacia mi esposo.
—¿Mi padre te pagó para acercarte a mí?
Adrian negó lentamente.
—No.

Respiró hondo.
—Me pagó para mantenerme lejos de ti.
Y entonces comprendí que la historia que había olvidado no comenzaba con nuestro matrimonio.
Comenzaba con la razón por la que nuestras familias habían intentado impedirlo.