PARTE 2: LOS SEIS TESTIGOS

Cuando desperté en el hospital, lo primero que sentí fue el peso del vendaje cubriéndome media cara.

Después llegó el dolor.

Un dolor profundo, pulsante, que parecía latir junto con mi corazón.

Abrí el único ojo que podía mover.

Santiago estaba sentado junto a la cama.

Tenía la camisa rota, las manos llenas de raspones y una expresión que jamás le había visto.

No era miedo.

Era culpa.

—Perdón —susurró.

Negué despacio.

—No hiciste nada malo.

Su voz se quebró.

—Debí sacarte de esa casa hace meses.

Apreté su mano con la poca fuerza que me quedaba.

Entonces entró una doctora.

Revisó mis signos vitales y habló con calma.

—La fractura es seria, pero es estable. Tendremos que vigilar su ojo izquierdo y realizar más estudios.

Asentí en silencio.

Cuando terminó la revisión, respiré hondo.

—Doctora…

Ella se volvió.

—Necesito pedirle algo.

—La escucho.

Miré directamente a sus ojos.

—Quiero que fotografíen todas mis lesiones.

Absolutamente todas.

También quiero que conserven mi ropa y cualquier evidencia de esta agresión.

La doctora no pareció sorprendida.

Solo asintió.

—Lo haremos conforme al protocolo.

Sentí un pequeño alivio.

Por primera vez desde que todo ocurrió, alguien estaba pensando en proteger la verdad.

Media hora después llegó una agente de la policía.

No empezó preguntándome por el ladrillo.

Primero quiso saber si podía declarar.

Acepté.

Conté cada detalle.

Sin exagerar.

Sin omitir nada.

Cuando terminé, la agente cerró lentamente su libreta.

—No estará sola en esto.

Pensé que era una frase para consolarme.

Me equivoqué.

Sacó una hoja del expediente.

—Hasta este momento tenemos seis personas que aceptaron declarar.

Fruncí el ceño.

—¿Seis?

Ella comenzó a enumerarlos.

—Su prometido.

El electricista que llamó a la ambulancia.

Su ayudante.

La paramédica que llegó primero.

Una vecina que presenció parte de la discusión desde la casa de enfrente.

Y un repartidor que llevaba varios minutos estacionado grabando con la cámara de su motocicleta mientras esperaba una entrega.

Sentí que el aire volvía a mis pulmones.

No había sido solo mi palabra.

Había seis testigos.

Pero entonces recordé algo.

La ventana.

El anciano.

—Oficial…

—¿Sí?

—Había otra persona.

Le describí al hombre que había visto detrás de la cortina.

Ella tomó nota.

—Intentaremos identificarlo.

Esa misma tarde recibimos una llamada inesperada.

No era de la policía.

Era del notario más antiguo de la ciudad.

—¿La señorita Dafne Mendoza?

—Sí.

—Necesito verla lo antes posible.

Fruncí el ceño.

—¿Por qué?

El hombre guardó unos segundos de silencio.

—Porque alguien estuvo buscándolo durante años.

Miré a Santiago.

Él también parecía desconcertado.

—¿Quién?

La respuesta me dejó inmóvil.

—Su abuelo.

Mi abuelo había muerto cuando yo tenía doce años.

—Eso es imposible.

—No.

La voz del notario seguía siendo firme.

—Antes de fallecer dejó instrucciones muy específicas para el caso de que ocurriera un conflicto grave dentro de su familia.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué clase de instrucciones?

—Un testamento complementario.

Nadie en la familia debía conocer su contenido… hasta que uno de sus nietos fuera víctima de violencia por parte de un heredero directo.

La habitación quedó completamente en silencio.

Santiago dio un paso hacia el teléfono.

—¿Está diciendo que el señor sabía que algo así podía pasar?

El notario respondió con una frase que me erizó la piel.

—No sabía cuándo ocurriría.

Pero dejó escrito que, si ese día llegaba, la persona que intentara destruir a su propia familia perdería mucho más que una herencia.

Y, mientras sostenía el teléfono con las manos temblorosas, comprendí que el anciano detrás de la cortina quizá no había sido un desconocido.

Tal vez había sido el último hombre que aún conocía toda la verdad que mi familia llevaba años intentando enterrar.

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