PARTE 2: LOS RECUERDOS QUE NADIE PODÍA BORRAR

No tomé el teléfono.

Miré la fotografía durante unos segundos.

Era evidente que yo estaba profundamente dormida.

Llevaba la camiseta azul con la que siempre dormía los domingos.

Eso significaba que la foto había sido tomada dos noches antes del accidente.

—¿Qué quiere Adrian? —pregunté.

Noah negó lentamente.

—Eso es precisamente lo extraño.

—¿Extraño?

—No recuerda su matrimonio. No recuerda por qué se divorció. Pero desde que despertó del hospital, todas las noches sueña con la misma mujer.

Bajó la voz.

—Usted.

Respiré hondo.

—Los sueños no cambian un divorcio.

Me devolvió una mirada llena de cansancio.

—Lo sé.

Giré para marcharme.

Entonces Noah habló otra vez.

—Esta mañana intentó despedirme.

Me detuve.

—¿Por qué?

—Porque le dije que nunca había visto a un hombre amar tanto a una mujer.

Sentí un pequeño pinchazo en el pecho.

Pero solo duró un instante.

—Eso no era amor.

Noah guardó silencio.

Yo tampoco añadí nada.

Entré al ascensor.

Las puertas se cerraron.

Y respiré aliviada.


Mientras tanto, en la sede del Grupo Reed, Adrian llevaba casi una hora encerrado en su despacho.

Sobre la mesa había una caja.

Dentro estaban todas las pertenencias encontradas después del accidente.

Su reloj.

La cartera.

El teléfono antiguo que llevaba en el coche.

Y una alianza de matrimonio completamente rayada.

La tomó entre los dedos.

No sintió nada.

Solo una extraña presión en el pecho.

Llamó a Noah.

—Entra.

El asistente apareció inmediatamente.

—¿Qué necesita, señor?

Adrian levantó la alianza.

—¿Por qué llevaba esto?

Noah respiró despacio.

—Porque estaba casado.

—Eso ya lo sé.

Frunció el ceño.

—Quiero saber por qué alguien como yo decidió casarse.

Noah sonrió con tristeza.

—Porque se enamoró.

Adrian negó con la cabeza.

—No parece lógico.

—Con usted nunca lo fue.

Noah abrió una carpeta.

Había fotografías.

Miles de fotografías.

Claire leyendo.

Claire cocinando.

Claire dormida en el sofá.

Claire riéndose bajo la lluvia.

Claire sujetando un helado.

Cada imagen tenía fecha.

Algunas eran de hacía ocho años.

Adrian quedó inmóvil.

—¿Quién tomó todas estas?

—Usted.

Pasó otra página.

Había recibos.

Reservas.

Correos electrónicos.

Facturas de flores.

Contratos cancelados.

Billetes de avión.

Todo llevaba el mismo nombre.

Claire.

—¿Estaba obsesionado?

Noah tardó varios segundos en responder.

—Yo diría que estaba aterrado.

—¿De qué?

—De perderla.

Adrian volvió a mirar las fotografías.

Seguía sin recordar.

Pero el vacío dentro de él comenzaba a hacerse insoportable.


Esa misma noche cené con mi mejor amiga, Sophie.

Brindamos por mi libertad.

—¿Y ahora qué harás?

Sonreí.

—Dormir.

Viajar.

Aceptar proyectos en el extranjero.

Salir sin que nadie revise mi ubicación.

Ella levantó la copa.

—Por la nueva Claire.

Reímos.

Cuando salimos del restaurante, un fuerte aguacero había cubierto la ciudad.

Un automóvil negro esperaba junto a la acera.

Mi sonrisa desapareció.

No podía ser.

El conductor bajó.

Era Noah.

—No se asuste.

—¿Qué pasa ahora?

Él abrió la puerta trasera.

Dentro estaba Adrian.

Empapado.

Con la camisa arrugada.

Y completamente solo.

No parecía el presidente impecable de siempre.

Parecía un hombre que llevaba horas perdido.

Al verme, levantó lentamente la cabeza.

—Disculpe…

Su voz era extrañamente insegura.

—¿Nos conocemos?

Sentí un enorme alivio.

Seguía sin recordarme.

—No.

Me di la vuelta para marcharme.

Entonces volvió a hablar.

—Perdone…

Me detuve.

—¿Sí?

Adrian apretó con fuerza una libreta negra que llevaba entre las manos.

La abrió delante de mí.

Todas las páginas estaban cubiertas por la misma frase, escrita una y otra vez con distinta caligrafía, como si hubiera intentado convencer a alguien… o convencerse a sí mismo.

“Si algún día la olvido, no la dejen ir.”

Levantó la vista hacia mí.

Con los ojos llenos de una confusión que ni él mismo comprendía.

—¿Puede decirme por qué siento que usted es la única persona capaz de romperme el corazón… aunque no recuerde quién es?

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