Rodrigo no se sentó de inmediato.
Miró la carpeta azul como si fuera un objeto peligroso.
—Mari… ¿qué es todo eso?
Empujé la silla con la mano izquierda.
—Siéntate.
Mi voz era tranquila.
Tan tranquila que incluso Fernanda dejó de fingir indiferencia.
La licenciada Garza permanecía junto a la puerta, en silencio. No intervenía. Solo observaba.
Cuando Rodrigo finalmente tomó asiento, abrí la carpeta.
El primer documento cayó sobre la mesa.
Era un estado de cuenta bancario.
Luego otro.
Después una hoja con transferencias.
Y otra más.
Fernanda frunció el ceño.
—¿Qué significa esto?
Deslicé todas las hojas hacia el centro.
—Son los gastos de esta casa durante los últimos seis años.
Rodrigo sonrió con nerviosismo.
—¿Y?
Saqué una calculadora.
—Luz.
—Gas.
—Agua.
—Internet.
—Predial.
—Mantenimiento.
—Supermercado.
—Colegiaturas.
—Medicinas.
—Reparaciones.
Fui colocando cada recibo en una columna distinta.
La mesa comenzó a llenarse de papeles.
Mateo y Valeria dejaron de jugar.
Hasta ellos entendieron que algo importante estaba ocurriendo.
Rodrigo tragó saliva.
—Nunca te pedimos que llevaras la cuenta.
Negué lentamente.
—No.
—Pero tampoco me dijeron nunca que pensaban devolverme algo.
Abrí la última sección de la carpeta.
Había una hoja impresa con un total resaltado en amarillo.
$812,463 pesos.
Fernanda soltó una carcajada incrédula.
—Eso es ridículo.
Tomé otra hoja.
—Aquí están todas las facturas.
Las fechas.
Los comprobantes.
Las transferencias.
Los pagos domiciliados.
Todo.
La licenciada Garza dio un paso al frente.
—Yo revisé personalmente este expediente ayer por la tarde.
Los tres voltearon a verla.
Ella continuó con absoluta serenidad.
—Como directora financiera, Mariana tiene la costumbre de documentar cada gasto importante.
No había orgullo en su voz.
Solo hechos.
Rodrigo empezó a revisar los documentos.
Su expresión cambió página tras página.
Ahí estaba el pago del refrigerador que él presumía como suyo.
Pagado por mí.
El comedor.
Pagado por mí.
La lavadora.
Pagada por mí.
Las computadoras para las clases en línea de los niños.
Pagadas por mí.
Incluso la consola de videojuegos que Mateo recibió un cumpleaños.
Pagada por mí.
Rodrigo levantó lentamente la vista.
—Yo… no sabía.
—Claro que sabías.
Fue la primera vez que levanté un poco la voz.
—Solo elegiste no mirar.
El silencio pesó sobre la habitación.
Fernanda cruzó los brazos.
—¿Y ahora qué?
Saqué el último documento.
No era un recibo.
Era una carta.
La dejé frente a Rodrigo.
—Léela.
Él comenzó a leer en silencio.
Después abrió los ojos con sorpresa.
—¿Aviso de terminación de comodato?
Asentí.
—El abogado lo preparó mientras yo estaba en el hospital.
Fernanda dio un paso adelante.
—¿Abogado?
—Sí.
—¿Para qué?
La miré directamente.
—Porque ya no van a vivir aquí.
La frase cayó como un trueno.
—¡No puedes echarnos! —gritó Fernanda.
—Sí puedo.
Tomé la escritura del departamento.
La puse junto a los demás documentos.
—Soy la única propietaria.
No existe contrato de arrendamiento.
No existe copropiedad.
No existe usufructo.
Solo existió mi confianza.
Y esa se terminó.
Rodrigo seguía inmóvil.
No discutía.
No levantaba la voz.
Solo miraba los papeles.
Como si estuviera descubriendo, por primera vez, la vida que yo había sostenido mientras él decía que “todo se iba acomodando”.
Entonces habló en voz muy baja.
—¿Cuánto tiempo tenemos?
Respiré hondo.
—Treinta días.
Fernanda golpeó la mesa.
—¡Esto es una traición!
La licenciada Garza intervino por primera vez.
—No.
Su tono fue firme.
—Una traición habría sido ocultarlo.
La señora Mariana les está dando un mes de plazo y toda la documentación correspondiente.
Eso se llama respeto.
Fernanda quiso responder, pero no encontró palabras.
En ese instante sonó mi teléfono.
Era un mensaje de mi banco.
Lo leí sin cambiar la expresión.
La licenciada Garza me observó.
—¿Ocurre algo?
Le mostré la pantalla.
Era una alerta de un intento de transferencia desde mi cuenta principal por cincuenta mil pesos.
Operación rechazada.
Usuario no autorizado.
Miré lentamente a Rodrigo.
Él seguía sentado.
Pálido.
Confundido.
Pero Fernanda…
Fernanda acababa de perder completamente el color del rostro.

Y fue entonces cuando comprendí que los 812,463 pesos no eran el verdadero problema.
Alguien había intentado entrar a mis cuentas mientras yo seguía hospitalizada.
Y solo había dos personas con acceso a mi departamento durante esos cuatro días.
Continúa en la Parte 3.