Adrian me miró como si acabara de hablar en otro idioma.
—¿Ocho millones?
—Exactamente.
Valerie soltó una carcajada.
—Maya, deberías agradecer que Adrian te mantuviera siete años.
Saqué el teléfono.
—Eso será interesante de explicar cuando revisen nuestras cuentas.
La sonrisa de Adrian desapareció.
Durante siete años yo había depositado prácticamente todos mis ingresos en nuestra cuenta conjunta porque creía que estábamos pagando sus supuestas deudas.
Tenía transferencias.
Recibos.
La escritura de la casa de mis padres que vendí.
Incluso mensajes donde Adrian me pedía trabajar más porque “los acreedores estaban presionando”.
Solo había un problema.
Los acreedores nunca existieron.
Dos días después, mi abogado encontró algo todavía peor.
Gran parte de aquel dinero había terminado en una cuenta vinculada a una empresa de Valerie.
Cuando Adrian recibió la demanda de divorcio, apareció en nuestro apartamento.
—Maya, podemos solucionarlo.
—Ya lo estoy solucionando.
—Te devolveré lo que aportaste.
Lo miré.
—No quiero un favor. Quiero una auditoría.
Aquella palabra lo dejó inmóvil.
Porque una auditoría no solo demostraría cuánto dinero me había quitado.
También revelaría adónde había ido.
Valerie comprendió el peligro antes que él.
Tres días después retiró su inversión y declaró mediante sus abogados que desconocía el origen de ciertos fondos.
Su gran amor empezó a desmoronarse en cuanto apareció la posibilidad de tener que responder por escrito.
Adrian me llamó furioso.
—¡La espantaste!
—Pensé que todo tuyo le pertenecía.
Colgué.
La investigación financiera reconstruyó siete años de mentiras.
Adrian no había vivido modestamente conmigo para “proteger mi autoestima”.
Había utilizado mi salario para sostener nuestra vida cotidiana mientras mantenía intacta su fortuna y financiaba proyectos relacionados con Valerie.
Los ocho millones que exigí dejaron de parecer absurdos.
Se convirtieron en el principio de la negociación.
Meses después, salí del tribunal legalmente divorciada y con una compensación que incluía la devolución de mis aportaciones y otros bienes acordados durante el proceso.
Adrian me esperaba afuera.
Parecía diez años mayor.
—Nunca quise perderte.
Lo miré sin sentir nada.
—No me perdiste hoy.
—Me perdiste cada noche que me viste trabajar hasta agotarme sabiendo que no hacía falta.
Seguí caminando.

Con parte del dinero recuperado compré un pequeño estudio de diseño.
Y en la pared principal coloqué la única fotografía que conservé de la casa de mis padres.
No necesitaba recuperar aquellos siete años para empezar de nuevo.
Solo necesitaba asegurarme de que Adrian no recibiera el octavo.