Elena retiró lentamente su mano de la mía.
—No puedes hacer esto, Andrés.
—¿Hacer qué?
—Decidir ahora que quieres respuestas después de seis años.
Su voz no tenía rabia.
Eso dolía más.
Miré a los dos niños. El mayor seguía observándome con aquellos ojos que parecían haber sido copiados de mi rostro.
—¿Son míos?
Elena cerró los ojos.
Durante unos segundos pensé que volvería a marcharse.
Entonces el menor comenzó a toser.
Elena se agachó inmediatamente, sacó una pequeña botella de agua de la maleta y se la dio.
Fue entonces cuando noté algo pegado en el interior de la maleta.
Una fotografía.
La saqué antes de que ella pudiera detenerme.
Era una imagen antigua.
Elena estaba embarazada.
Y yo aparecía a su lado.
Pero la fotografía no era de hacía seis años.
En la parte posterior había una fecha.
Dos meses después de la supuesta desaparición de Elena.
—¿Dónde tomaste esto?
Elena me arrancó la fotografía de la mano.
—No deberías haberla visto.
—¿Quién te la dio?
Ella permaneció en silencio.
—Elena.
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
—Tu madre.
Sentí que el aeropuerto desaparecía a mi alrededor.
—¿Qué?
—Fue a verme después de que me fui.
—¿Por qué?
Elena apretó la fotografía contra su pecho.
—Porque sabía que estaba embarazada.
Miré a los niños otra vez.
El mayor tenía aproximadamente seis años.
La misma edad que había pasado intentando olvidar a Elena.
Mi respiración se volvió pesada.
—¿Ella sabía de ellos desde el principio?
Elena asintió.
—Fue ella quien me dijo que si intentaba regresar, te destruiría la carrera, tu empresa y a tus hijos.
—¿Mis hijos?
—Sí.
La palabra me atravesó.
—Entonces son míos.
Elena no respondió.
No necesitaba hacerlo.
Me acerqué al niño mayor.
Él retrocedió instintivamente y tomó la mano de su hermano.
Me detuve.
No quería asustarlo.
—Hola —dije suavemente.
El niño me observó durante varios segundos.
Luego preguntó:
—¿Tú eres Andrés?
Sentí que algo se quebraba dentro de mí.
—Sí.
Bajó la mirada.
—Mamá dijo que algún día quizá vendrías.
Elena se quedó completamente inmóvil.
—¿Qué más te dijo?
El niño levantó los ojos.
—Que si venías, primero teníamos que saber si todavía eras bueno.
No pude responder.
Entonces mi teléfono volvió a sonar.
Esta vez era mi madre.
Miré la pantalla.
Elena palideció.
—No contestes.
Pero ya había deslizado el dedo.
—Mamá.
Hubo silencio.
Después escuché su voz.
—Andrés, ¿dónde estás?
Miré a Elena.
Luego a los niños.
—En el aeropuerto.
Otro silencio.
—¿Con quién?
Respondí despacio:
—Con Elena.
La respiración de mi madre cambió.

Y entonces escuché algo que confirmó que durante seis años había estado viviendo dentro de una mentira.
—Hijo… no hagas ninguna pregunta sobre esos niños.
Mi mano se cerró alrededor del teléfono.
—Demasiado tarde.
Y colgué.