Cinco años después, Ethan Harrington volvió a escuchar mi nombre.
No porque yo lo buscara.
Porque Harrington Group estaba al borde de la quiebra.
Vanessa había perdido al bebé meses después de mi partida y nunca volvió a quedar embarazada. Ethan, convencido de que todavía tenía décadas para asegurar un heredero, no le dio importancia.
Hasta que su padre enfermó.
Entonces comenzaron las preguntas.
¿Quién heredaría el imperio?
¿Quién continuaría el apellido Harrington?
Y, sobre todo, ¿qué había ocurrido con los gemelos que Ethan había rechazado?
La respuesta llegó durante una gala benéfica en Boston.
Entré llevando de la mano a Noah y Lucas Sinclair.
Cinco años.
Sanos.
Inteligentes.
Idénticos a Ethan.
Cuando él los vio, dejó caer su copa.
—Amelia…
Vanessa se quedó blanca.
Ethan avanzó hacia nosotros.
—¿Son ellos?
Me interpuse.
—No los toques.
—¡Son mis hijos!
Saqué una carpeta de mi bolso.
—Hace cinco años firmaste documentos renunciando voluntariamente a cualquier participación en sus vidas. Tengo cada amenaza, cada informe del hospital y el acuerdo que prepararon tus abogados.
Su mandíbula se tensó.
—Puedo impugnarlo.
—Inténtalo.
Entonces apareció mi padre.
Arthur Sinclair.
El hombre al que Ethan llevaba meses intentando convencer para que Deep Blue Capital rescatara nuevamente su empresa.
Ethan comprendió finalmente quién era yo.
—Tú eres…
—La propietaria del fondo que mantuvo vivo Harrington Group durante años.
Su rostro perdió el color.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
Casi sonreí.
—Porque quería saber si amabas a Amelia sin el apellido Sinclair.
Miré a Vanessa.
—Ya obtuve mi respuesta.
Ethan intentó acercarse otra vez a los niños.
Noah se escondió detrás de mí.
—Mamá, ¿quién es ese señor?
Ethan quedó inmóvil.
No lo llamaron papá.
Ni siquiera sabían quién era.
Aquello pareció destruirlo más que perder millones.
Horas después, Deep Blue rechazó oficialmente el rescate de Harrington Group.
No por venganza.
Simplemente ya no existía ninguna razón para seguir financiando una empresa que llevaba años sobreviviendo gracias a mi dinero.
Ethan me encontró antes de que abandonara la gala.
—Amelia, dame otra oportunidad.
—¿Como esposo?
Negué.
—Eso terminó en aquel hospital.
—Entonces como padre.
Miré hacia mis hijos.
—Ser padre no significa aparecer cuando descubres que los niños que llamaste “defectuosos” crecieron sanos y ahora son tus únicos herederos.
Ethan bajó la cabeza.
Por primera vez, no tenía respuesta.
Tomé las manos de Noah y Lucas.
Nos marchamos.
Cinco años atrás Ethan me había entregado doscientos millones para que desapareciera con sus “cargas”.
Aquella noche comprendió el verdadero precio de aquella decisión.
Había perdido una esposa.

Había perdido el dinero que sostenía su imperio.
Pero lo único que jamás podría comprar de nuevo eran los dos pequeños que caminaban delante de él llevando orgullosamente un apellido distinto:
Sinclair.