Octavio dejó de mirar la maleta.
Sus ojos se clavaron en Estrella.
Ya no había sorpresa.
Solo miedo.
—¿Quién más sabe que estás aquí?
Estrella no respondió.
Se arrodilló junto a su madre y comenzó a cortar las sábanas que le inmovilizaban las muñecas.
Las marcas eran profundas.
Algunas ya estaban infectadas.
Doña Celina apenas podía mover los dedos.
—Despacio, mijita…
Le daban pastillas para que durmiera casi todo el día.
Estrella sintió un nudo en la garganta.
Durante tres años creyó que el dinero compraba medicamentos.
En realidad había financiado el lujo de quienes la estaban destruyendo.
Abajo se escuchó un portazo.
La suegra gritó desesperada.
—¡No la dejen salir!
Octavio subió las escaleras de dos en dos.
Cuando llegó a la puerta, encontró a Estrella sosteniendo una carpeta llena de documentos.
Intentó arrebatársela.
Ella retrocedió.
—Ni un paso más.
Él sonrió con desprecio.
—¿Y qué vas a hacer?
Estrella levantó lentamente la vista.
—Lo mismo que tú llevas años evitando.
Decir la verdad.
Octavio soltó una carcajada.
—Nadie te va a creer.
Ella sacó un pequeño teléfono del bolsillo.
La pantalla seguía encendida.
Un punto rojo parpadeaba.
EN VIVO.
La sonrisa de Octavio desapareció.
—¿Qué es eso?
—La cámara que escondí entre los billetes.
Silencio.
—Todo lo que acabas de hacer quedó grabado.
Todo.
La habitación quedó inmóvil.
Hasta la cuñada dejó de respirar.
En ese instante sonó el timbre.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
Nadie abrió.
Entonces la puerta principal se abrió desde afuera.
Entraron una mujer de traje oscuro y dos agentes ministeriales.
Detrás de ellos caminaban dos vecinos.
—Buenas tardes.
La mujer mostró su credencial.
—Soy la licenciada Verónica Salas.
Represento legalmente a la señora Estrella Méndez.
Octavio dio un paso atrás.
—No pueden entrar así.
—Sí podemos.
La abogada levantó una carpeta.
—Tenemos una orden de protección urgente para la señora Celina Méndez.
Y también una autorización judicial para preservar cualquier prueba relacionada con fraude patrimonial y posible intento de homicidio.
La suegra comenzó a llorar.
—Todo es un malentendido.
Verónica no respondió.
Se dirigió directamente al cuarto.
Cuando vio a Celina atada, hizo una señal a los agentes.
—Fotografíen todo.
No toquen nada.
Mientras uno de los agentes documentaba la habitación, el otro revisó la bolsa encontrada bajo el colchón.
Sacó lentamente un sobre amarillo.
Dentro había dos contratos.
Los leyó en silencio.
Luego miró fijamente a Octavio.
—¿Qué es esto?
Octavio permaneció callado.
El agente levantó los documentos.
—Son contratos funerarios.
La habitación quedó completamente en silencio.
Verónica tomó uno de ellos.
Leyó los nombres.
Su expresión cambió de inmediato.
—Hay dos servicios funerarios pagados por adelantado.
Uno está a nombre de doña Celina Méndez.
El otro…
Levantó lentamente la vista hacia Estrella.
—Está a nombre de usted.
Estrella sintió que el aire desaparecía.
—¿Qué…?
La abogada siguió leyendo.
—Ambos debían utilizarse durante la misma semana.
La fecha coincide exactamente con su regreso de Qatar.
Doña Celina comenzó a llorar.
—Por eso te dije que no bebieras nada…
Ellos hablaban todas las noches.
Decían que primero moriría yo.
Y que tú… sufrirías un accidente por el dolor.
Los vecinos presentes llevaron una mano a la boca.
Uno de los agentes esposó inmediatamente a Octavio.
Él empezó a gritar.
—¡No pueden probar nada!
Verónica levantó lentamente el último documento encontrado bajo el colchón.
Era una escritura de compraventa.
La casa de doña Celina ya aparecía transferida.

Con una fecha posterior… a la muerte que todavía no había ocurrido.
La abogada respiró hondo.
—Señor Octavio…
Creo que el problema ya no son los dos funerales.
El problema es que alguien preparó la venta de una casa… después de asesinar a sus dos propietarias.