PARTE 2: LOS DOCUMENTOS QUE HICIERON CAER SU IMPERIO

El ruido de las hélices hizo temblar los ventanales del juzgado.

Nadie habló.

Los presentes observaron cómo cuatro abogados descendían del helicóptero llevando maletines negros. Detrás de ellos apareció un hombre de cabello plateado, traje oscuro y caminar sereno.

Santiago palideció.

Conocía perfectamente ese rostro.

Arturo Alcázar.

Presidente de Grupo Alcázar.

El mayor acreedor privado de Constructora Arriaga.

Y el hombre al que llevaba meses ocultándole la verdadera situación financiera de la empresa.

Paulina soltó lentamente el brazo de Santiago.

—¿Qué… qué hace aquí?

Mariana sonrió apenas.

—Vino a una reunión familiar.

Arturo entró al juzgado sin mirar a Santiago.

Su primera mirada fue para Sofía.

Se agachó hasta quedar a su altura.

—¿Cómo está mi campeona?

La niña sonrió por primera vez en todo el día.

—Hola, abuelo.

Arturo besó su frente y luego abrazó a Mariana.

—Llegué justo a tiempo.

—Como siempre.

Solo entonces se volvió hacia Santiago.

Su expresión cambió por completo.

—Señor Arriaga.

Santiago intentó recuperar la compostura.

—Don Arturo… esto es una sorpresa.

—No para mí.

Uno de los abogados abrió un maletín.

Extrajo varias carpetas.

Las colocó sobre la mesa donde, apenas unos minutos antes, se había firmado el divorcio.

—¿Qué significa esto? —preguntó el abogado de Santiago.

Arturo respondió con absoluta calma.

—La ejecución inmediata de todas las cláusulas de incumplimiento.

El silencio volvió a instalarse.

Santiago frunció el ceño.

—No entiendo.

El abogado principal abrió la primera carpeta.

—Hace ocho meses, Grupo Alcázar otorgó una línea de crédito extraordinaria a Constructora Arriaga.

Pasó la primera página.

—Una de las condiciones exigía mantener estados financieros veraces y libres de operaciones fraudulentas.

Abrió otra carpeta.

—Durante los últimos cinco meses recibimos información que demostraba desvíos de recursos, empresas fachada y contratos simulados.

Santiago sintió un escalofrío.

Miró inmediatamente a Mariana.

Ella no dijo una sola palabra.

No hacía falta.

El abogado continuó.

—Por recomendación de la señora Mariana Castañeda, decidimos esperar hasta que el proceso de divorcio terminara para proteger legalmente a la menor involucrada.

Paulina dio un paso atrás.

—¿Ella…?

Arturo asintió.

—La señora Castañeda fue quien detectó todas las irregularidades.

Santiago golpeó la mesa.

—¡Ella robó información de mi empresa!

Mariana levantó por fin la mirada.

—No.

Hizo una breve pausa.

—De nuestra empresa.

Sacó una memoria USB de su bolso.

—Porque el sistema de auditoría que encontró cada desvío lo diseñé yo hace nueve años.

El abogado de Grupo Alcázar conectó la memoria a un ordenador portátil.

En la pantalla aparecieron cientos de registros.

Transferencias.

Facturas.

Contratos.

Fechas.

Firmas.

Incluso grabaciones donde Santiago ordenaba inflar presupuestos y transferir dinero a empresas relacionadas con el hermano de Paulina.

El rostro de Paulina perdió todo color.

—Santiago…

Él no respondió.

Seguía mirando la pantalla.

Como si esperara que toda aquella evidencia desapareciera por sí sola.

Arturo cerró lentamente la última carpeta.

—A partir de este momento, Grupo Alcázar ejecuta las garantías pactadas.

El abogado añadió con voz firme:

—Las cuentas corporativas quedan congeladas.

—Los contratos principales pasan a administración judicial.

—Y las acciones del señor Santiago Arriaga dejan de tener capacidad de control.

Santiago dio un paso hacia Mariana.

—¡Tú preparaste todo esto!

Ella sostuvo su mirada sin alterarse.

—No.

Miró a Sofía.

—Yo solo protegí el futuro de mi hija.

El ujier abrió nuevamente la puerta.

Esta vez entraron dos agentes de la fiscalía especializada en delitos financieros.

Uno de ellos mostró una orden.

—Señor Santiago Arriaga.

Él retrocedió instintivamente.

—Queda formalmente notificado de una investigación por presunto fraude, administración desleal y falsificación contable.

Paulina dejó caer el bolso al suelo.

Porque comprendió, demasiado tarde, que el hombre por el que había apostado acababa de perder mucho más que un matrimonio.

Había perdido el imperio que creyó intocable.

Y mientras los agentes se acercaban, Sofía tomó la mano de su madre y preguntó en voz baja:

—Mamá… ¿ya no tenemos que tenerle miedo?

Mariana la abrazó con fuerza.

—No, mi amor.

—¿Nunca más?

Ella sonrió con una tranquilidad que llevaba años esperando recuperar.

—Nunca más.

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