PARTE 2: LOS DIEZ MIL MILLONES NO ERAN UN FINIQUITO.

Rodrigo apareció en Los Cabos cuatro días después.

Yo estaba desayunando con mis hijos cuando su figura bloqueó el sol de la terraza.

—Tenemos que hablar.

—Tu régimen de visitas empieza el próximo mes.

Su mandíbula se tensó.

—No vine por eso. ¿Leíste lo que firmaste?

—Lo suficiente. Diez mil millones y los niños conmigo.

Rodrigo cerró los ojos.

—Mi abogado es un idiota.

Sacó una copia del acuerdo.

—Ese dinero no era para comprarte y hacerte desaparecer.

Señaló una cláusula que yo había ignorado.

Los diez mil millones correspondían a la participación patrimonial que su abuela había creado a mi nombre después del nacimiento de nuestro primer hijo.

Parpadeé.

—¿Tu abuela me dejó dinero?

—No solamente dinero.

Rodrigo explicó que el fideicomiso familiar exigía dos herederos directos para conservar el control de varias empresas. Al darle esos dos hijos, yo había cumplido una condición fundamental.

Su abuela decidió que jamás podrían echarme de la familia sin independencia económica.

—Entonces ¿por qué me mandaste decir que me fuera?

Rodrigo guardó silencio.

—Porque soy un cobarde.

Aquello sí me sorprendió.

—Pensé que si terminábamos rápido sería más sencillo.

Solté una risa seca.

—Para ti.

—Sí.

Rodrigo miró hacia el interior, donde nuestro hijo jugaba con su hermana.

—Cuando regresé aquella noche y la casa estaba vacía, entendí algo que debí entender hace tres años.

—¿Qué?

—Que nunca te había dado un hogar. Solo permiso para vivir en el mío.

No respondí.

Rodrigo dio un paso hacia mí.

—Vuelve.

—No.

La respuesta salió tan rápido que pareció golpearlo.

—Camila…

—Me buscaste para darte herederos. No estuviste cuando nació nuestra hija. Después mandaste a un abogado para terminar conmigo. Ahora estás aquí porque descubriste que una mansión vacía se siente demasiado grande.

Rodrigo bajó la mirada.

—Tienes razón.

Por primera vez no discutió.

—Pero quiero arreglarlo.

—Entonces empieza siendo padre.

Eso fue lo único que le ofrecí.

Durante los meses siguientes cumplió cada visita.

Al principio llegaba con guardaespaldas y regalos absurdamente caros.

Después entendió.

Los niños no necesitaban juguetes de lujo.

Necesitaban que su padre estuviera allí.

Comenzó a llegar solo.

Aprendió a preparar biberones.

A cambiar pañales.

A quedarse sentado en el suelo construyendo torres que nuestro hijo destruía cinco segundos después.

Nunca le prometí volver.

Mientras tanto, utilicé una parte de mi patrimonio para crear mi propia empresa.

Por primera vez tenía algo que no dependía del apellido Elizondo.

Un año después, Rodrigo me encontró en la inauguración de mi nueva oficina.

—Te ofrecí diez mil millones para dejar mi vida —dijo.

—Y funcionó perfectamente.

Sonrió con cierta tristeza.

—Ese fue mi problema.

—¿Cuál?

Miró a nuestros hijos jugando cerca.

—Pensé que podía pagar para cerrar una historia que nunca me molesté en aprender a vivir.

No hubo reconciliación milagrosa.

No regresé a su mansión.

Rodrigo siguió siendo padre de nuestros hijos y yo seguí construyendo mi propia vida.

Quizá algún día habría otra oportunidad.

Quizá no.

Pero ya no importaba.

Porque finalmente entendí qué significaban realmente aquellos diez mil millones.

No eran el precio que Rodrigo había pagado para librarse de mí.

Eran los recursos que me permitieron descubrir que jamás había necesitado quedarme con él.

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