PARTE 2 — LOS CUATRO HEREDEROS MORETTI

La puerta del baño se abrió.

Y allí estaba ella.

Elena Russo.

Seis años habían cambiado algunas cosas.

Su cabello era más largo.

Su rostro parecía más sereno.

Pero aquellos ojos seguían siendo exactamente los mismos.

Elena vio primero a los niños.

Luego me vio a mí.

El color desapareció de su rostro.

—Dominic.

Una sola palabra bastó para devolverme seis años de recuerdos.

Los cuatro niños corrieron hacia ella.

—Mamá, ese señor se parece a nosotros.

Elena cerró los ojos un instante.

Yo salí lentamente del baño.

—Elena, ¿quiénes son?

Ella rodeó a los cuatro con los brazos.

—Mis hijos.

—Eso ya lo entendí.

Mi voz salió más fría de lo que pretendía.

—Pregunté quiénes son.

El niño más alto frunció el ceño.

—Mamá, ¿conoces a este señor?

Elena me sostuvo la mirada.

—Sí.

—¿Cómo?

Ella tardó demasiado en responder.

Mi teléfono vibró.

7:02.

Veintiocho minutos para mi propuesta.

Lo apagué.

—Seis años —dije—. Los cuatro tienen seis años.

—Dominic, aquí no.

—Entonces dime dónde.

Elena miró alrededor.

—En mi mesa.

La seguí hasta un reservado al fondo del restaurante.

Los niños se sentaron juntos mientras yo permanecía frente a ellos intentando comprender lo imposible.

Uno organizaba los cubiertos perfectamente paralelos.

Yo hacía lo mismo.

Otro quitó las aceitunas de su plato.

Las odiaba desde niño.

El tercero golpeaba dos veces la mesa antes de beber.

Un hábito de mi padre.

Y el cuarto tenía una pequeña marca junto a la ceja derecha.

Exactamente donde mi abuelo había tenido una.

Miré a Elena.

—Dímelo.

Sus dedos temblaron.

—Dominic…

—¿Son míos?

Los cuatro niños dejaron de comer.

Elena palideció.

—Ve afuera conmigo.

—Respóndeme.

—¡No delante de ellos!

Salimos al pasillo.

Elena apenas alcanzó a girarse cuando pregunté:

—¿Tengo cuatro hijos?

Las lágrimas aparecieron en sus ojos.

—Sí.

El mundo dejó de hacer ruido.

—¿Cuatrillizos?

Ella asintió.

Tuve que apoyar una mano contra la pared.

Había enfrentado amenazas sin pestañear.

Pero aquello casi me derribó.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

Elena soltó una risa amarga.

—Intenté hacerlo.

—Mentira.

Su expresión cambió.

Sacó el teléfono.

Buscó algo y me mostró una fotografía.

Era una carta.

Mi nombre estaba escrito en el sobre.

Debajo había un sello rojo.

DEVUELTO.

Después otra.

Y otra.

Doce cartas.

—Todas regresaron —susurró—. Después recibí una llamada.

—¿De quién?

—Tu madre.

Sentí hielo en las venas.

—¿Qué te dijo?

Elena me miró directamente.

—Que si alguna vez volvía a acercarme a ti, mis hijos crecerían sin madre.

Mi teléfono volvió a vibrar.

Esta vez era Sloane.

7:19.

Once minutos antes de que tuviera que pedirle matrimonio.

Guardé el teléfono.

—No habrá compromiso.

Elena retrocedió.

—Dominic, no hagas esto por nosotros.

—No lo hago por ti.

Miré hacia el reservado donde cuatro niños con mi rostro esperaban a su madre.

—Lo hago porque acabo de descubrir que soy padre.

Entonces una voz femenina sonó detrás de nosotros.

—Qué conmovedor.

Me giré.

Sloane Barrett estaba junto a la entrada.

Pero no estaba sola.

A su lado estaba mi madre.

Y cuando Elena vio a ambas mujeres juntas, comenzó a temblar.

No de miedo.

De reconocimiento.

—Dominic —susurró—, hay algo más que nunca te conté.

Miré a Elena.

Ella señaló a Sloane.

—La llamada que me hizo desaparecer no vino del teléfono de tu madre.

Sloane dejó de sonreír.

Elena tragó saliva.

—Vino del suyo.

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