Mariana no volvió a mirar atrás cuando las puertas del elevador se cerraron.
La maleta iba en una mano.
La carpeta con los documentos en la otra.
Y, dentro del bolso, la ecografía que unas horas antes pensaba regalarle a Alejandro.
El vigilante la vio salir.
—¿Le llamo un taxi, señora?
Ella sonrió con educación.
—Gracias. Ya viene alguien por mí.
En realidad no había llamado a nadie.
Subió al primer vehículo que encontró y dio una dirección distinta.
No fue a casa de sus padres.
No fue a la de una amiga.
Fue al despacho del notario que llevaba años trabajando con su familia.
Sabía que ya estaba cerrado.
Pero también sabía que el licenciado Arturo Benítez vivía en el departamento superior del mismo edificio.
A las nueve y media de la noche, el hombre abrió la puerta sorprendido.
—¿Mariana?
Ella levantó la carpeta.
—Necesito saber exactamente qué derechos tengo antes de que alguien intente quitármelos.
Una hora después, ambos seguían sentados frente a una mesa llena de documentos.
El notario terminó de revisar las escrituras.
Volvió a leerlas.
Y después levantó la vista.
—¿Tu esposo cree que este departamento es suyo?
Mariana soltó una sonrisa amarga.
—Estoy casi segura.
El hombre acomodó lentamente las hojas.
—Entonces alguien nunca leyó lo que firmó.
Sacó una copia certificada.
Señaló una cláusula específica.
—El inmueble fue adquirido antes del matrimonio.
Cien por ciento con recursos tuyos.
Además…
Pasó otra página.
—Existe un convenio de separación absoluta de bienes firmado por ambos.
Mariana respiró lentamente.
—Entonces…
—Legalmente él no tiene participación sobre esta propiedad.
Ni sobre las mejoras que tú pagaste.
Ni sobre el mobiliario adquirido con tu patrimonio personal.
Ella cerró los ojos unos segundos.
No por alivio.
Sino porque empezaba a entender por qué Alejandro jamás mostró interés en revisar aquellos papeles.
Siempre asumió que todo terminaría siendo suyo.
El notario volvió a abrir la carpeta.
—Sin embargo…
Hay algo mucho más importante.
Sacó otra escritura.
—¿Reconoces este documento?
Mariana lo observó.
Era el contrato mediante el cual había comprado el departamento.
Lo conocía de memoria.
—Sí.
—Léelo desde la página doce.
Ella comenzó a hacerlo.
De pronto se detuvo.
Frunció el ceño.
—Esto no estaba así.
El notario asintió.
—Sí estaba.
Solo que casi nadie llega hasta esa cláusula.
Mariana siguió leyendo.
El silencio fue absoluto.
Al terminar, levantó lentamente la vista.
—¿Es válido?
—Completamente.
La cláusula establecía que, si la propietaria llegaba a fallecer teniendo descendientes, el inmueble pasaría directamente a sus hijos, administrado por un fideicomiso previamente constituido.
No por el cónyuge.
No por los suegros.
No por los herederos del esposo.
Solo por sus hijos.
Mariana apoyó una mano sobre su vientre.
Todavía tenía apenas seis semanas de embarazo.
Pero, por primera vez desde que salió del hospital, sintió que aquel pequeño ser ya la estaba obligando a pensar distinto.
No podía seguir reaccionando desde el dolor.
Tenía que proteger su futuro.
En ese momento sonó su teléfono.
Era Alejandro.
Lo dejó sonar.
Volvió a llamar.
Y otra vez.
Al quinto intento respondió.
—¿Qué quieres?
Del otro lado hubo un largo silencio.
—¿Dónde estás?
—Eso ya no te corresponde.
—Mariana, escucha…
Lo que viste en el hospital no es lo que piensas.
Ella cerró la carpeta con calma.
—Entonces explícame una sola cosa.
—Claro.
—¿Cuántas esposas tienes?
El silencio duró varios segundos.
Después Alejandro respondió en voz baja.
—Valeria no es mi esposa.
—Curioso.
Porque eso fue exactamente lo que escribiste en los documentos del hospital.
Él dejó escapar el aire.
—Fue para que la atendieran más rápido.
—¿Y por qué tus vecinos creen que vive en nuestro departamento?
No hubo respuesta.
Mariana continuó.
—¿Y por qué mi ropa ya estaba arrinconada en el clóset?
Otra vez silencio.
—¿Y por qué mi suegra ya sabía que había una “buena noticia” antes que yo?
Alejandro ya no encontró palabras.
Ella terminó la conversación con una sola frase.
—No vuelvas a buscarme hasta que hables con un abogado.
Colgó.
El notario permanecía en silencio.
Finalmente dijo:
—Hay algo que deberías saber antes de iniciar cualquier procedimiento.
Mariana levantó la vista.
—¿Qué ocurre?
El hombre abrió su computadora.
Buscó un registro.
Lo observó unos segundos.
Su expresión cambió por completo.
—Esto sí es preocupante.
—¿Qué pasó?
Giró la pantalla hacia ella.
—Hace tres días alguien presentó una solicitud para inscribir una hipoteca sobre este departamento.
Mariana sintió un vacío en el estómago.

—Eso es imposible.
Yo nunca firmé nada.
El notario asintió lentamente.
—Precisamente ese es el problema.
La solicitud aparece firmada con tu nombre.
Y fue presentada mientras tú estabas en el hospital haciéndote los primeros estudios de embarazo.