PARTE 2: LOS CINCO HERMANOS QUE NADIE DEBIÓ PROVOCAR

Lucía respiraba con dificultad.

Aurora rasgó el borde de su vestido para presionar la herida de la frente mientras intentaba mantener a la niña despierta.

—Mírame, mi amor… mírame.

La pequeña abrió apenas los ojos.

—¿Papá… está enojado?

Aurora sintió que el corazón se le rompía.

—No hables. Todo va a estar bien.

Aunque ya no estaba segura de creerlo.


A cientos de kilómetros, en Monterrey, Esteban Saldaña dejó el teléfono sobre su escritorio.

Su rostro perdió todo color.

Los cuatro hombres que estaban reunidos con él comprendieron que algo grave acababa de ocurrir.

Julián fue el primero en levantarse.

—¿Aurora?

Esteban asintió lentamente.

—Rodrigo golpeó a Lucía.

El silencio fue absoluto.

Después añadió la única frase que bastó para cambiar la noche.

—Aurora dijo: “Se acabó.”

Nicolás cerró la carpeta que estaba revisando.

Bruno apagó la pantalla de la sala de juntas.

Damián tomó inmediatamente su teléfono.

Nadie hizo más preguntas.

Durante seis años habían esperado escuchar esas dos palabras.


A las dos de la madrugada despegaron en un vuelo privado rumbo a la Ciudad de México.

No iban solos.

Con ellos viajaban dos abogados, un auditor financiero y un médico de confianza de la familia.

No buscaban enfrentarse físicamente a nadie.

Iban preparados para documentar cada hecho y proteger a Aurora y a Lucía.


Mientras tanto, en la residencia Alcázar, la fiesta había terminado.

Los últimos invitados abandonaban la casa comentando el escándalo.

Rodrigo permanecía en su despacho.

Ximena servía una copa de vino.

—Hiciste lo correcto.

Rodrigo no respondió.

Por primera vez desde que había bajado al sótano, recordó el rostro de su hija cubierto de sangre.

Apartó la mirada.

—Quizá exageramos.

Ximena dejó la copa sobre el escritorio.

—Si ahora dudas, Aurora aprovechará para manipularte otra vez.

Rodrigo respiró hondo.

Quería convencerse de que todo seguía bajo control.

No sabía que esa misma noche lo perdería.


A las cinco y cuarenta de la mañana sonó el interfono principal.

El jefe de seguridad llamó al despacho.

—Señor…

—¿Qué pasa?

—Hay varias personas en la entrada.

Dicen que vienen por la señora Aurora.

Rodrigo frunció el ceño.

—¿Quiénes son?

El guardia dudó unos segundos.

—No quisieron identificarse con nombres.

Solo dijeron…

Miró nuevamente hacia la reja.

—”Dígale al señor Alcázar que la familia Saldaña vino a recoger a su hermana.”

Rodrigo sintió un escalofrío.

Jamás había escuchado ese apellido.


Abrió las cámaras de seguridad.

Cinco camionetas negras permanecían estacionadas frente a la residencia.

Ningún hombre gritaba.

Nadie golpeaba la puerta.

Simplemente esperaban.

Con absoluta calma.

El jefe de seguridad volvió a llamar.

—Señor…

—¿Ahora qué?

—Acaba de llegar otra persona.

Rodrigo observó el monitor.

Era una mujer de cabello canoso, acompañada por un notario y una pediatra.

La mujer mostró una identificación.

Después dijo con absoluta serenidad:

—Venimos únicamente para verificar el estado físico de Aurora Saldaña y de la menor Lucía.

Rodrigo apretó la mandíbula.

—No entra nadie.

La mujer respondió sin elevar la voz.

—Eso quedará asentado.

Y también quedará asentado que se impidió el acceso a una menor presuntamente lesionada.


En el sótano, Aurora recibió un mensaje de Esteban.

“Estamos afuera.”

Lucía seguía dormida sobre sus piernas.

Aurora acarició lentamente el cabello de su hija.

Después escribió una única respuesta.

“No entren todavía.”

Esteban leyó el mensaje y comprendió inmediatamente.

Su hermana no quería una pelea.

Quería que todo ocurriera conforme a la ley.


Minutos después, Rodrigo recibió otra llamada.

Esta vez provenía del director jurídico de su empresa.

—Rodrigo…

—¿Qué ocurre?

—Necesito saber una cosa antes de responderle al consejo.

—¿Qué consejo?

Hubo un breve silencio.

—Cinco representantes del Grupo Saldaña solicitaron una reunión extraordinaria.

Dicen ser titulares de una participación accionaria histórica vinculada a un acuerdo firmado hace seis años contigo.

Rodrigo quedó inmóvil.

No podía ser.

Aquel documento…

El que Aurora le había pedido mantener completamente confidencial.

El mismo que él creyó que jamás tendría consecuencias.

Con la voz entrecortada preguntó:

—¿Quiénes son exactamente esos Saldaña?

Del otro lado respondieron con una frase que hizo que la copa de whisky escapara de su mano y se estrellara contra el piso.

—Rodrigo… no son simples inversionistas.

Son los cinco hermanos de tu esposa.

Y según los archivos corporativos, durante seis años ocultaron deliberadamente su vínculo familiar porque fue Aurora quien exigió mantener su apellido fuera de toda relación con tu empresa. Ahora ese acuerdo acaba de quedar sin efecto.

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