PARTE 2: LOS CINCO HERMANOS QUE ANDREY NUNCA DEBIÓ PROVOCAR

Los cinco entraron sin prisa.

Nazar iba delante.

Detrás de él venían Bogdan, Taras, Maxim y Oleg.

Ninguno gritó.

Ninguno amenazó.

Y precisamente por eso, el silencio que cayó sobre el salón fue mucho más aterrador que cualquier discusión.

Andrey intentó recuperar su arrogancia.

—¿Quiénes se creen que son?

Taras soltó una pequeña sonrisa.

—Somos la familia de Marina.

Lyudmila se rio nerviosamente.

—¿Y creen que pueden irrumpir en propiedad privada?

Maxim sacó su teléfono.

—Podemos discutir la propiedad después.

Pulsó la pantalla.

—Primero hablemos de las cuentas que Andrey utilizó para pagar hoteles, apartamentos y regalos a Karina durante los últimos tres años.

Karina perdió el color.

Andrey se quedó inmóvil.

—No sé de qué estás hablando.

—Claro que no —respondió Maxim—. Por eso preparé una carpeta con ciento diecisiete transferencias.

Oleg dejó otra carpeta sobre la mesa.

—Y yo encontré algo más interesante.

La abrió.

Dentro había fotografías, registros de llamadas y documentos de varias empresas.

—Tu padre tiene cuatro sociedades que no aparecen en los informes públicos. Dos de ellas recibieron dinero de contratos municipales. La tercera transfirió fondos a cuentas personales de Karina.

Viktor dejó lentamente su copa sobre la chimenea.

—Eso es una acusación muy seria.

Taras lo miró.

—No es una acusación. Es documentación.

Andrey dio un paso hacia mí.

—Marina, ¿qué demonios hiciste?

Lo miré tranquilamente.

—Lo mismo que tú hiciste durante seis años.

—¿Qué?

—Guardé silencio.

Nazar se colocó a mi lado.

—Pero esta noche se terminó.

Karina comenzó a llorar.

—Andrey, yo no sabía nada de esas cuentas.

Oleg la miró.

—Eso tampoco es cierto.

Sacó una última fotografía.

Karina aparecía entrando a un banco junto a Lyudmila.

La sonrisa de mi suegra desapareció.

Entonces Taras puso un documento frente a Andrey.

—Y aquí está la parte que realmente deberías leer.

Andrey lo tomó.

Sus ojos recorrieron la primera página.

Luego la segunda.

Su rostro cambió por completo.

—No…

Lo miré.

—¿Qué pasa?

No respondió.

Nazar tomó el documento de sus manos y me lo entregó.

Era una copia de la escritura de la casa.

Pero no estaba a nombre de Andrey.

Ni de Viktor.

Ni de ninguna empresa Shevchuk.

Estaba a mi nombre.

Y debajo aparecía una cláusula que Andrey aparentemente jamás había leído.

La propiedad quedaba protegida por un fideicomiso familiar.

Mi familia había pagado la mayor parte de la compra seis años antes.

Y cualquier intento de transferirla, hipotecarla o utilizarla como garantía sin mi autorización activaría una auditoría completa de las empresas vinculadas.

Miré a Andrey.

—Querías enseñarme cuál era mi lugar.

Dejé el documento sobre la mesa.

—Ahora sabes exactamente cuál es el tuyo.

Andrey apretó los dientes.

—Esto no termina aquí.

Taras sonrió.

—No. Apenas empieza.

Entonces el teléfono de Maxim vibró.

Miró la pantalla.

Su expresión cambió.

—Marina…

—¿Qué?

Me mostró el mensaje.

“URGENTE. LA POLICÍA Y LOS INVESTIGADORES FINANCIEROS ACABAN DE LLEGAR A LA SEDE DE SHEVCHUK.”

Miré a Andrey.

Por primera vez aquella noche, parecía verdaderamente asustado.

Pero Oleg todavía no había terminado.

Se acercó y me susurró:

—Marina, encontramos quién ordenó que te vigilaran durante los últimos seis meses.

—¿Quién?

Oleg levantó la mirada hacia Karina.

—No fue Andrey.

Karina dejó caer la copa.

Y entonces entendí que la traición era mucho más grande de lo que había imaginado.

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