Gabriel permaneció inmóvil en medio de la cocina.
Por primera vez en mucho tiempo, no tenía una respuesta preparada.
Miró a Leo.
Luego miró a nuestra hija dormida en sus brazos.
Finalmente me miró a mí.
—Sofía… ¿qué significa esto?
Mi garganta estaba seca.
—Significa que durante meses pensé que no te importábamos.
La culpa apareció en sus ojos por apenas un segundo.
Pero desapareció rápidamente.
Porque Gabriel siempre había sido bueno justificándose.
—Eso es imposible. Yo reviso las cuentas de la empresa. Mi secretaria solo se encarga de las transferencias.
Leo soltó una risa fría.
—Entonces será mejor que revises lo que firma esa secretaria.
Esa noche, Gabriel abrió su computadora delante de nosotros.
Al principio parecía tranquilo.
Convencido de que todo era un error administrativo.
Pero después de revisar los movimientos bancarios, su expresión cambió.
La transferencia mensual de 80 mil yuanes salía de su cuenta.
Pero solo 800 llegaban a la cuenta familiar.
El resto desaparecía en una cuenta intermediaria.
Una cuenta autorizada por Clara Xie.
Gabriel dejó de respirar por unos segundos.
—Esto no puede ser.
Leo colocó su teléfono sobre la mesa.
—Puede ser.
En la pantalla había capturas de mensajes.
Mensajes donde Clara hablaba con una amiga sobre “controlar los gastos de la esposa de Gabriel”.
Mensajes donde se burlaba de mí.
“Una mujer que no sabe administrar 800 yuanes nunca descubrirá la diferencia”.
Sentí que algo dentro de mí se rompía.
No por el dinero.
Sino porque alguien había visto mi dolor como un entretenimiento.
Gabriel leyó cada palabra.
Y su rostro se volvió cada vez más frío.
Al día siguiente, llamó a Clara a la oficina.
Ella llegó con su habitual seguridad.
Vestido elegante.
Bolso de lujo.
La misma sonrisa de alguien que creía tener el control.
—Gabriel, ¿ocurre algo?
Él dejó una carpeta sobre la mesa.
—Explícame esto.
Clara abrió el documento.
Por primera vez, perdió la calma.
—Puedo explicarlo.
—¿Por qué mi esposa recibió 800 yuanes cuando envié 80 mil?
Silencio.
Ella intentó sonreír.
—Fue un error del sistema.
Gabriel la miró fijamente.
—¿Y los cinco millones del vestido?
La sonrisa desapareció.
Porque ya no estaba hablando como un jefe.
Estaba hablando como un hombre que acababa de descubrir que la persona en quien confiaba lo había traicionado.
Pero había algo que ninguno de ellos sabía.
Mientras Gabriel investigaba las cuentas de Clara, yo también había encontrado algo.
Durante meses había pensado que mi esposo simplemente me había olvidado.
Me equivoqué.
Porque la verdad era mucho peor.
Clara no solo había robado mi dinero.
También había estado preparando un plan para quedarse con algo mucho más valioso que una transferencia mensual.
Y cuando abrí el último archivo que Leo consiguió para mí, vi una firma que nunca esperaba encontrar.
La firma de Gabriel.
En un documento que podía destruir todo su imperio.