Clara revisó los movimientos durante varios minutos.
Después levantó la mirada.
—Laura, esto empezó hace casi dos años.
Había transferencias mensuales a una cuenta que Laura no reconocía.
3.500 euros.
6.000.
9.800.
Algunas aparecían como gastos empresariales.
Otras simplemente como transferencias.
En total, faltaban más de 170.000 euros.
—¿De quién es esa cuenta?
—Todavía no lo sabemos.
Entonces Laura recordó el sobre vacío.
—Quiero volver a casa.
No fue sola.
Clara la acompañó.
Sergio no estaba.
Laura entró únicamente para recoger documentos y pertenencias personales. En el despacho encontró el cajón abierto.
El sobre había desaparecido.
Pero debajo del revestimiento había quedado atrapado un recibo doblado.
Laura lo sacó.
Era un comprobante bancario.
18.000 euros.
La fecha era de tres días antes de que Sergio acusara a Pilar.
Y mostraba algo imposible.
El dinero había sido depositado por el propio Sergio en una cuenta.
La misma cuenta que aparecía repetidamente en los movimientos que Clara acababa de revisar.
Laura sintió náuseas.
—Entonces nunca estuvo aquí cuando acusó a mamá.
Clara fotografió el documento.
—No saquemos conclusiones más allá de lo que podemos demostrar. Pero este recibo contradice seriamente su versión.
Esa tarde Sergio llamó.
—¿Ya se te pasó la rabieta?
Laura activó el altavoz con Clara presente.
—Encontré el recibo de los dieciocho mil.
Silencio.
—¿Qué recibo?
—El depósito que hiciste tres días antes de acusar a mi madre de robar ese dinero.
Sergio tardó demasiado en responder.
—Puedo explicarlo.
—Hazlo.
—Necesitaba que Pilar se fuera.
Aquellas seis palabras fueron peores de lo que Laura esperaba.
—¿Así que inventaste el robo?
—Tu madre estaba destruyendo nuestro matrimonio.
Laura cerró los ojos.
—No. Tú acabas de destruirlo.
—Laura…
—¿Dónde están los otros 174.000 euros?
Silencio otra vez.
Esta vez Sergio colgó.
Clara inmediatamente pidió conservar toda la documentación bancaria y recomendó que Laura no volviera a enfrentarlo sola.
La respuesta sobre el dinero llegó días después.
No había una amante secreta.
Ni una segunda familia.
Era algo más simple.
Sergio llevaba tiempo cubriendo pérdidas de un negocio que había montado con sus hermanos.
Cuando empezó a quedarse sin dinero, utilizó cada vez más fondos de la cuenta conjunta sin explicárselo a Laura.
Los 12.000 que ella había aportado para Álvaro.
La ayuda para Marcos.
Otros pagos familiares.
Todo formaba parte de una dinámica que Sergio había ocultado mientras seguía presentándose como el hombre que controlaba perfectamente las finanzas de la casa.
Pilar había empezado a sospechar.
Había visto cartas bancarias.
Había preguntado demasiado.
Por eso Sergio necesitaba sacarla.
El supuesto robo le había dado la excusa perfecta.
O eso creyó.
Laura inició la separación y dejó que su abogada gestionara la revisión patrimonial y las acciones correspondientes por la agresión contra Pilar.
Sergio apareció semanas después.
—Perdí la cabeza.
Laura lo miró.
—No.
—Preparaste una acusación contra mi madre porque estaba demasiado cerca de descubrir lo que hacías.
—Podemos recuperar el dinero.
—Quizá.
Laura negó lentamente.
—Pero hay algo que no vas a recuperar.
—¿Qué?
—La mujer que habría seguido ayudándote si simplemente hubieras dicho la verdad.
Pilar nunca volvió a aquella casa.

Laura tampoco.
Durante años había creído que su matrimonio estaba construido sobre todo lo que ella había dado sin llevar cuentas.
Al final descubrió que precisamente por eso Sergio pensó que jamás las revisaría.
LOS 18.000 EUROS NO HABÍAN DESAPARECIDO: SERGIO LOS HABÍA UTILIZADO PARA INVENTAR UNA LADrona Y EXPULSAR A LA ÚNICA PERSONA QUE ESTABA A PUNTO DE DESCUBRIRLO.