PARTE 2: LO QUE YA NO PODÍA RECUPERAR

—Ángela y yo no vamos a casarnos.

Durante unos segundos pensé que había venido únicamente para decirme eso.

—¿Y?

Minh An pareció sorprendido.

—Pensé que querrías saberlo.

—Hace tres años quizá.

Sus dedos apretaron el pijama rosa.

—Mi madre volvió a intervenir. Ángela regresó, todos insistieron en que era la mujer correcta y yo… volví a dejar que otros decidieran por mí.

Solté una risa amarga.

—Eso también hiciste conmigo.

Él bajó la mirada.

—Lo sé.

Por primera vez no intentó justificarse.

—Cuando te vi hoy con ese hombre sentí algo que no tenía derecho a sentir.

—Celos.

—Miedo.

Levantó los ojos.

—Porque entendí que algún día realmente vas a querer a otra persona.

—Ese era el propósito del divorcio, Minh An.

El silencio se hizo pesado.

Entonces vio algo detrás de mí.

Sobre una silla estaba una caja con las pocas cosas que todavía conservaba de nuestro matrimonio: fotografías, documentos y una pequeña libreta.

Minh An la reconoció.

—¿Todavía tienes eso?

Era la libreta donde, durante nuestro primer año, habíamos escrito planes.

Comprar una casa.

Viajar.

Adoptar un perro.

Envejecer juntos.

La tomé y se la entregué.

—Llévatela.

Él no extendió la mano.

—No quiero seguir guardando una vida que nunca ocurrió.

Su rostro se quebró.

—¿De verdad ya no queda nada?

Pensé en aquella llamada.

En el pijama.

En verlo con Ángela.

En todas las veces que esperé que me eligiera sin que alguien tuviera que pedírselo.

—Queda algo.

Sus ojos se iluminaron.

—¿Qué?

—El recuerdo de que alguna vez te amé muchísimo.

Hice una pausa.

—Pero un recuerdo no es una segunda oportunidad.

Minh An permaneció inmóvil.

Finalmente dejó mi pijama sobre la mesa.

—Entonces supongo que esto tampoco me pertenece.

Se dio la vuelta.

Antes de salir, habló sin mirarme.

—Lo siento por haber tardado tres años en entender lo que perdí.

Cerré la puerta.

No corrí detrás de él.

No lloré.

Tomé las dos partes del pijama, las doblé y las metí en una bolsa para donar.

Luego miré la rosa que una desconocida me había regalado aquella tarde.

Por primera vez entendí algo.

No necesitaba encontrar inmediatamente a otro hombre.

Tampoco necesitaba demostrarle nada a mi madre.

Y mucho menos recuperar a Minh An.

Después de tres años intentando aprender a vivir sin mi matrimonio, finalmente podía empezar algo mucho más importante:

aprender a vivir para mí.

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