PARTE 2: LO QUE HABÍA BAJO EL YESO

Doña Lupita ya no escuchaba a Ricardo.

Sus ojos seguían fijos en la pequeña grieta del yeso.

Una segunda hormiga salió.

Después una tercera.

No caminaban al azar.

Entraban y salían del mismo punto, como si dentro hubiera algo que las atrajera.

Mateo volvió a gritar.

—¡Ahí! ¡Otra vez! ¡Me está mordiendo!

Esta vez no era un llanto.

Era un alarido.

Doña Lupita tomó el brazo del niño con cuidado.

La piel que asomaba entre el yeso y el hombro estaba completamente enrojecida.

Y ardía.

—Señor Ricardo —dijo con una firmeza que él nunca le había escuchado—. Si usted no lo lleva al hospital ahora mismo, yo llamo a una ambulancia.

Ricardo iba a responder.

Pero entonces vio otra hormiga salir por la abertura.

Su expresión cambió.

Por primera vez sintió un escalofrío.


Treinta minutos después entraban de urgencia al Hospital Infantil.

El traumatólogo de guardia observó el yeso apenas unos segundos.

Frunció el ceño.

—¿Desde cuándo tiene fiebre?

—Desde esta tarde —respondió Ricardo.

Mateo negó con la cabeza.

—Desde ayer.

El médico lo miró.

Después miró el yeso.

—Hay que retirarlo inmediatamente.

Verónica intervino.

—Doctor, quizá está exagerando. El traumatólogo anterior dijo…

El médico la interrumpió.

—Si hay fiebre, dolor desproporcionado y olor extraño, el yeso se abre.

Ahora mismo.


La sierra eléctrica comenzó a cortar el material.

Mateo apretó la mano de doña Lupita.

Ricardo permanecía inmóvil junto a la puerta.

Apenas levantaron la primera mitad del yeso, un olor insoportable invadió la sala.

No era sudor.

Era tejido infectado.

La enfermera retrocedió un paso.

—Dios mío…

Cuando retiraron completamente el yeso, todos quedaron paralizados.

Decenas de hormigas rojas corrían sobre una masa pegajosa adherida al algodón interno.

Mateo comenzó a llorar sin control.

—¡Yo les dije!

El médico apartó con rapidez el vendaje.

Debajo encontraron varias mordeduras, ampollas infectadas y una sustancia espesa de color marrón mezclada con restos de alimento.

Ricardo sintió que las piernas dejaban de sostenerlo.


—¿Quién manipuló este yeso? —preguntó el médico.

Nadie respondió.

—Esto no ocurre solo.

Alguien introdujo aquí una sustancia que atrajo insectos.

Y el brazo lleva varios días desarrollando una infección.

Si hubieran esperado hasta mañana…

No terminó la frase.

No hacía falta.

Todos entendieron el final.

Mateo pudo haber perdido el brazo.

O algo peor.


Ricardo giró lentamente hacia Verónica.

Ella permanecía completamente inmóvil.

—¿Qué me estás mirando? —preguntó.

Doña Lupita dio un paso adelante.

—Hace cuatro días la vi entrar al cuarto cuando el niño dormía.

Dijo que iba a acomodarle la almohada.

Pero salió con las manos manchadas de un líquido oscuro.

Verónica soltó una risa nerviosa.

—¿Ahora también me van a culpar de las hormigas?

Ricardo recordó algo.

Dos días antes, Mateo había salido llorando del dormitorio diciendo que el brazo “ardía” después de que Verónica insistiera en ayudarlo a bañarse.

Él no le creyó.


El médico pidió conservar el yeso como evidencia.

No permitió que nadie lo tocara.

Lo colocó dentro de una bolsa especial.

Mientras tanto, otra doctora limpiaba cuidadosamente el brazo de Mateo.

Entre el algodón apareció un pequeño envoltorio plástico.

Estaba aplastado por el yeso.

Dentro quedaban restos de una pasta dulce.

La doctora lo observó extrañada.

—Esto no pertenece a ningún tratamiento.

Ricardo sintió un nudo en el estómago.


Una enfermera se acercó discretamente.

—Señor…

Hay algo más.

Le mostró varias fotografías tomadas durante la limpieza.

Las mordeduras no eran recientes.

Algunas tenían al menos tres días.

Su hijo llevaba días soportando aquel dolor.

Y él lo había acusado de exagerar.

Ricardo cerró los ojos.

Las últimas palabras de Mateo resonaron en su cabeza.

“Papá… créeme una vez.”

No lo había hecho.


Pensó que aquello era la peor parte.

Se equivocó.

El jefe de traumatología entró acompañado por una trabajadora social.

—Necesitamos hacer unas preguntas.

No solo por la infección.

También porque este tipo de hallazgos obliga a investigar un posible caso de maltrato infantil.

Ricardo levantó la vista.

—¿Maltrato?

El médico asintió lentamente.

—Alguien colocó deliberadamente una sustancia bajo el yeso.

Eso no puede considerarse un accidente.

En ese momento sonó el teléfono de Verónica.

La pantalla se iluminó.

Nadie pretendía mirar.

Pero el nombre apareció con claridad.

“Dr. Esteban Rivas – Traumatólogo.”

Verónica palideció y escondió el teléfono demasiado tarde.

Ricardo sintió que el mundo se detenía.

Porque ese era exactamente el nombre del médico que había colocado el yeso de Mateo… y al que Verónica juró no haber visto nunca fuera del hospital.

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