PARTE 2: LO QUE GRABÓ LA MANSIÓN

A las tres y veintinueve, Martín me llamó.

No contesté.

Volvió a llamar.

Después llegó su mensaje.

“Lucía, abre la puerta. No conviertas esto en un problema legal.”

Casi sonreí.

El problema legal ya existía.

Ellos simplemente todavía no lo sabían.

Paula me llamó desde su auto, estacionado frente a la mansión.

—Victoria está amenazando con llamar a la policía.

—Que llame.

—¿Estás segura?

Abrí una carpeta cifrada en mi computadora.

—Completamente.

Dentro había tres años de grabaciones clasificadas por fecha.

Pero una era diferente.

Había sido registrada seis semanas antes del divorcio.

Aquella noche yo supuestamente dormía en casa de mi madre.

Victoria estaba en el estudio con Martín y un hombre llamado Ramiro Vélez, asesor financiero de la familia.

La cámara había captado cada palabra.

—Veinte millones es suficiente —decía Victoria—. Vendemos rápido antes de que Lucía descubra nada.

Martín permanecía junto a la ventana.

—La casa vale más.

—No importa.

Ramiro abrió una carpeta.

—El comprador transferirá una parte oficialmente y el resto irá a la cuenta extranjera.

Entonces Victoria preguntó:

—¿Y la firma de Lucía?

Ramiro sonrió.

—No será un problema.

Pausé el video.

Ahí estaba la verdadera razón por la que no había reaccionado durante el divorcio.

No querían simplemente vender la mansión.

Querían utilizar documentos que llevaban mi nombre.

Copié el archivo y se lo envié a mi abogada.

Su respuesta llegó inmediatamente:

“No hagas nada más. Voy para allá.”

Veinte minutos después, otro vehículo apareció frente a la propiedad.

Victoria dejó de gritar cuando vio bajar a dos abogados.

Martín reconoció a uno.

Su expresión cambió.

Mi teléfono volvió a sonar.

Esta vez contesté.

—Lucía —dijo Martín—, ¿qué hiciste?

—Nada que tú no hayas hecho primero.

—Abre la casa.

—No.

Su voz bajó.

—Podemos solucionar esto entre nosotros.

—Ya tuvimos tres años para solucionar cosas entre nosotros.

Silencio.

Entonces pregunté:

—Martín, ¿quién es Ramiro Vélez?

No respondió.

Fue suficiente.

—Lucía, escucha…

—Yo escuché demasiado durante nuestro matrimonio.

Colgué.

Minutos después, mi abogada comenzó a hablar con ellos frente a la entrada.

Victoria perdió el color.

Ramiro no estaba allí.

Pero su nombre sí.

Y también la copia del documento que pretendían utilizar para la venta.

Una firma aparecía debajo.

Mi firma.

Solo había un problema.

Yo nunca había firmado aquel documento.

Martín miró directamente hacia la cámara.

Esta vez no había indiferencia en su rostro.

Había miedo.

Entonces mi abogada llamó.

—Lucía, encontramos algo más en los documentos del comprador.

—¿Qué?

Guardó silencio unos segundos.

—La cuenta donde iba a terminar parte del dinero no pertenece a Victoria.

Me incorporé.

—¿A quién pertenece?

—A Martín.

Cerré los ojos.

Así que mi exsuegra tampoco conocía toda la verdad.

Miré nuevamente las cámaras.

Victoria estaba discutiendo con su hijo.

Martín intentaba apartarse.

Y por primera vez comprendí que aquella familia estaba a punto de destruirse sin que yo tuviera que levantar un dedo.

Pero mi abogada todavía no había terminado.

—Hay otra cosa, Lucía.

—Dime.

—Revisamos la escritura original de la mansión.

Su voz cambió.

—Creo que Martín tampoco es el único propietario que figura en el expediente completo.

Abrí los ojos.

—¿Entonces quién más aparece?

La respuesta hizo desaparecer mi sonrisa.

—Tú.

Y debajo de tu nombre hay una cláusula que la familia Salazar aparentemente esperaba que nunca descubrieras.

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