PARTE 2: LO QUE EMILY ROBÓ DE LA CASA PRESCOTT

Margaret volvió a lanzarse hacia la cama.

La detuve con una mano.

—Atrás.

—¡Esa tarjeta pertenece a nuestra familia!

Emily soltó una risa débil.

—No, Margaret.

Levantó el rostro magullado.

—Eso es exactamente lo que te preocupa.

Ethan dio un paso hacia la puerta.

—Nos vamos.

Me coloqué delante.

—Los investigadores federales vienen de camino.

Brandon sonrió, aunque ya no parecía divertido.

—¿Y crees que puedes retenernos?

—Yo no.

Miré hacia el pasillo.

—Ellos sí.

Dos agentes aparecieron frente a la habitación.

Detrás venían otros cuatro.

La expresión de Margaret se derrumbó.

Un hombre de traje entró.

—Coronel Hart.

Lo reconocí.

Daniel Mercer.

Habíamos trabajado juntos durante una investigación de contratación militar dos años atrás.

Miró a Emily.

Luego la tarjeta de memoria.

—¿Eso salió de la propiedad Prescott?

Emily asintió.

—Del despacho privado de Margaret.

Margaret levantó la voz.

—¡Fue robada! ¡No pueden utilizarla!

Daniel no discutió.

—Eso lo determinarán los fiscales y el tribunal.

Extendí la tarjeta.

Emily me detuvo.

—Mamá.

Metió otra vez la mano debajo de la manta.

Sacó una pequeña llave.

—La tarjeta no es lo importante.

Ethan palideció.

—Emily, cállate.

Mi hija lo miró.

Por primera vez no vi miedo.

—Me golpeaste porque encontré la caja.

Daniel se acercó.

—¿Qué caja?

—Una caja fuerte detrás de la biblioteca.

Margaret cerró los ojos.

Brandon murmuró una maldición.

Emily explicó que llevaba meses sospechando.

Ethan recibía llamadas nocturnas.

Margaret organizaba reuniones privadas con jueces, empresarios y funcionarios.

Después Emily descubrió documentos utilizando su propia firma.

—Pensé que Ethan estaba escondiendo dinero.

Sus dedos temblaron.

—Era mucho peor.

Daniel introdujo la tarjeta en un ordenador aislado que uno de los agentes había traído.

Había cientos de archivos.

Contratos.

Grabaciones.

Transferencias.

Fotografías.

Listas de nombres.

Y una carpeta titulada HART.

Mi apellido.

Sentí un frío inmediato.

—Ábrela.

Daniel dudó.

Luego hizo clic.

Aparecieron fotografías mías.

Entrando en la base.

Saliendo de reuniones.

Conduciendo.

Incluso había una fotografía tomada frente a mi casa.

—¿Por qué demonios me vigilaban?

Margaret permaneció en silencio.

Entonces Emily susurró:

—Por papá.

Me giré.

Mi marido, Robert Hart, había muerto nueve años antes.

Un supuesto accidente de tráfico.

—¿Qué tiene que ver tu padre con los Prescott?

—Encontré su nombre.

Emily señaló la pantalla.

Buscamos.

ROBERT HART.

Había cuarenta y siete archivos.

El primero era un contrato firmado doce años atrás.

Robert había trabajado como auditor externo para una empresa logística vinculada a los Prescott.

Nunca me lo contó.

Los siguientes documentos mostraban pagos inflados en contratos públicos.

Empresas fantasma.

Facturas duplicadas.

Millones desviados.

Robert había descubierto todo.

—Tu padre preparó una denuncia —dijo Daniel.

Abrimos un correo antiguo.

Robert había escrito:

“Si me ocurre algo antes de entregar estas pruebas, Victoria debe recibir una copia.”

Sentí que me faltaba el aire.

Nunca recibí nada.

El siguiente archivo era una grabación.

La voz de Margaret llenó la habitación.

“Hart tiene que dejar de investigar.”

Otra voz respondió:

“Ya hablamos con él.”

Brandon dejó de sonreír.

Pero la voz no era suya.

Tampoco la de Ethan.

Emily me agarró la mano.

—Mamá…

La grabación continuó.

“Si Robert entrega esos documentos, todos caemos.”

Margaret respondió:

“Entonces asegúrate de que no llegue a entregarlos.”

El archivo terminó.

Nadie habló.

Daniel ordenó inmediatamente ampliar la investigación.

Ethan miró a su madre.

—¿Qué hiciste?

Por primera vez parecía realmente horrorizado.

Margaret no respondió.

Entonces Emily señaló otro archivo.

ACCIDENTE HART.

Dentro había fotografías del coche destrozado de Robert.

Informes policiales.

Y un documento que nunca había visto.

El informe mecánico original decía que la línea de freno había sido manipulada.

El informe oficial posterior decía fallo accidental.

Sentí que las paredes se alejaban.

Durante nueve años había creído que mi marido murió por una carretera mojada.

—¿Quién cambió el informe?

Daniel abrió los metadatos.

Apareció un nombre.

Juez Malcolm Prescott.

El padre de Ethan.

El hombre que supuestamente había muerto tres años antes de que Emily conociera a su hijo.

—Esto empezó antes del matrimonio —dije.

Daniel asintió lentamente.

Entonces comprendí algo todavía peor.

—¿Cómo conoció Ethan a Emily?

Mi hija parpadeó.

—En una gala benéfica.

—¿Quién te invitó?

Emily pensó.

—Margaret.

Todas las miradas se dirigieron hacia ella.

Margaret dejó de fingir.

—Robert escondió una copia.

Su voz salió fría.

—Pasamos años buscándola.

Me acerqué.

—Así que acercasteis a Ethan a mi hija.

No respondió.

No hacía falta.

El matrimonio nunca había sido casual.

Emily había sido una puerta hacia nuestra familia.

—¿Encontrasteis la copia? —pregunté.

Margaret sonrió débilmente.

—Si la hubiéramos encontrado, nada de esto estaría ocurriendo.

Entonces recordé la llave que Emily seguía sosteniendo.

—¿Qué abre?

Mi hija negó.

—No lo sé.

Daniel examinó los archivos.

Encontró una fotografía tomada dentro de la casa Prescott.

Una caja metálica.

En la cerradura aparecía el mismo número grabado en la llave.

H-17.

Debajo había una nota escrita por Robert.

“Victoria sabrá dónde buscar.”

Reconocí inmediatamente aquellas palabras.

Y supe dónde estaba la caja.

No en la mansión Prescott.

En nuestra antigua casa familiar.

Condujimos allí acompañados por agentes.

Bajé al sótano.

Detrás de un viejo armario seguía colgado el mapa militar que Robert me había regalado cuando nació Emily.

H-17.

Una coordenada de cuadrícula.

Quitamos el marco.

Había una cavidad en la pared.

Dentro encontramos una caja.

La llave encajó.

Abrí.

Había documentos originales.

Una memoria externa.

Y una fotografía.

La tomé.

Robert aparecía junto a Malcolm Prescott.

Pero había una tercera persona.

Alguien que yo conocía perfectamente.

Daniel miró la fotografía.

—Coronel…

No respondí.

Porque el tercer hombre llevaba mi mismo uniforme.

Mi antiguo comandante.

El general Arthur Vance.

El hombre que había autorizado personalmente mi ascenso después de la muerte de Robert.

Entonces Daniel abrió el último sobre.

En el frente, mi marido había escrito:

“Victoria: si estás leyendo esto, los Prescott ya han llegado hasta Emily. No confíes en Vance. Él fue quien les dio tu nombre.”

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