Apenas llegué a casa de mi madre, Lucia me llamó.
—¿Sofia está contigo?
Miré a mi hija, dormida en el sofá.
—Sí.
—No regreses al piso.
—Dime qué encontraron.
Hubo un silencio demasiado largo.
—El fragmento es humano.
Sentí que las piernas dejaban de sostenerme.
Me senté.
—¿Estás segura?
—Todavía necesitan análisis completos, pero sí.
Cerré los ojos.
—¿De quién?
—Eso todavía no lo sabemos.
—Lucia, Diego lleva cinco años limpiando ese baño.
—Lo sé.
Su voz cambió.
—Y eso es precisamente lo que me preocupa.
A la mañana siguiente, la policía retiró parte del suelo del baño.
Debajo del desagüe encontraron algo que nadie esperaba.
No había un cuerpo.
Había una tubería modificada.
Alguien había instalado años atrás un segundo conducto estrecho conectado únicamente al desagüe del baño principal.
Dentro aparecieron más fragmentos.
Pequeños.
Algunos demasiado deteriorados para identificarlos inmediatamente.
También encontraron restos de una sustancia química utilizada para acelerar la degradación de material orgánico.
Cuando me lo explicaron, vomité.
Diego fue detenido para ser interrogado.
Pero negó absolutamente todo.
Según él, la modificación ya existía cuando compramos el piso.
Aquello habría resultado convincente si el técnico no hubiera encontrado una fecha grabada en una de las piezas.
La instalación tenía cuatro años y once meses.
Un mes después de nuestra boda.
Esa tarde apareció la primera grieta en la historia de mi marido.
Un detective llamado Álvaro Méndez me mostró una fotografía.
—¿Reconoce a esta mujer?
Era joven.
Cabello oscuro.
Quizá treinta años.
Negué.
—Se llamaba Natalia Cruz.
El nombre no significaba nada para mí.
—Desapareció hace seis años.
—¿Qué tiene que ver con Diego?
Álvaro deslizó otro documento.
Natalia había trabajado en el mismo centro de distribución que mi marido.
—¿Eran compañeros?
—Eso parece.
—¿Y creen que los restos son suyos?
—Todavía no.
Entonces colocó sobre la mesa una fotografía antigua de empleados.
Diego aparecía en la última fila.
Natalia estaba junto a él.
Pero había algo más.
Diego llevaba una mano sobre su hombro.
Demasiado cerca.
—Nunca me habló de ella.
—¿Cuándo conoció usted a su marido?
—Hace cinco años y medio.
Álvaro me observó.
—Natalia desapareció siete meses antes.
El aire pareció abandonar la habitación.
Aquella noche no dormí.
Empecé a revisar todo lo que conservaba de nuestros primeros meses juntos.
Fotografías.
Correos.
Mensajes.
Entonces encontré algo.
Nuestra primera cita había sido en un restaurante italiano.
Diego había dicho que lo conocía porque iba allí con compañeros del trabajo.
Busqué las fotografías antiguas del restaurante en redes sociales.
Y allí estaba.
Una imagen publicada seis años antes.
Natalia sentada en una mesa.
Frente a ella estaba Diego.
Se estaban besando.
Llamé inmediatamente al detective.
Dos días después llegaron los resultados preliminares.
Los fragmentos encontrados no pertenecían a una sola persona.
Pertenecían al menos a dos.
Pero ninguno coincidía todavía con Natalia.
Eso debería haberme tranquilizado.
No lo hizo.
Porque Lucia encontró algo todavía más extraño.
—Mariana, necesito preguntarte por Sofia.
—¿Qué pasa con mi hija?
—¿Alguna vez Diego insistió en cortarle el pelo él mismo?
Recordé inmediatamente.
Cada dos meses.
Siempre en el baño.
—Sí.
—¿Y las uñas?
Mi respiración se volvió lenta.
—También.
Lucia permaneció callada.
—¿Por qué preguntas eso?
—Porque no todo lo encontrado en la tubería es antiguo.
Sentí frío.
—No entiendo.
—Hay restos biológicos recientes que podrían pertenecer a alguien que sigue vivo.
—¿A Sofia?
—Necesitamos comprobarlo.
La prueba llegó al día siguiente.
Parte del material pertenecía efectivamente a mi hija.
Pero aquello no explicaba los fragmentos óseos.
Entonces Álvaro obtuvo una orden para registrar el centro de distribución donde trabajaba Diego.
En su taquilla encontraron tres teléfonos.
Un pasaporte con otro nombre.
Y fotografías mías tomadas mucho antes de que yo creyera haberlo conocido.
Una frente a la universidad.
Otra saliendo de la farmacia.
Otra acompañando a mi padre al hospital.
La más antigua tenía casi siete años.
Diego me había estado observando durante más de un año antes de nuestra primera cita.
—¿Por qué? —pregunté.
Álvaro deslizó una última fotografía.
—Creemos que por su padre.
—¿Mi padre?
Mi padre había muerto tres años atrás después de una larga enfermedad.
—¿Qué relación tenía con Diego?
—Estamos intentando averiguarlo.
Entonces mi madre, que había permanecido en silencio junto a mí, dejó caer su taza.
La miré.
Estaba completamente pálida.
—Mamá.
No respondió.
—¿Conocías a Diego antes de que yo lo conociera?
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—No se llamaba Diego.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—¿Qué acabas de decir?
Mi madre abrió un viejo cajón del aparador.
Sacó una fotografía que jamás había visto.
Mi padre aparecía mucho más joven.
A su lado había otra pareja.
Y entre ellos, un niño de unos diez años.
Reconocí inmediatamente aquellos ojos.
Diego.
En el reverso había una fecha de veinticuatro años atrás.
Y un nombre.
DAMIÁN CRUZ.
Cruz.
Como Natalia.
—Mamá, ¿quién era ese niño?
Mi madre comenzó a llorar.
—El hijo de una mujer que trabajaba con tu padre.
—¿Natalia era su hermana?
Asintió.
Entonces comprendí que nuestro matrimonio nunca había empezado con una cita casual.
Diego había entrado deliberadamente en mi vida.
—¿Qué le hizo papá a esa familia?
Mi madre abrió la boca.
Pero antes de responder, sonó mi teléfono.
Era Lucia.
Contesté.
—¿Qué ocurre?
—Tenemos la identificación del fragmento que encontré primero.
Miré a mi madre.
—¿Natalia?
—No.
La voz de Lucia tembló por primera vez.
—Mariana, los registros dicen que esta persona murió hace tres años.
Mi corazón se detuvo.
—¿Quién?
Lucia respiró profundamente.
—Tu padre.
