A las 10:18 de la noche, Lucía me llamó.
—Mariana, no regreses a tu departamento.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué encontraron?
Hubo un silencio.
—La rejilla estaba sellada con una capa de cemento reciente. Debajo encontramos una cavidad que no aparece en ningún plano de la vivienda.
Miré a Sofía dormida en el sofá de mi madre.
—¿Una cavidad?
—Sí. Y hay algo más.
Lucía bajó la voz.
—Encontramos objetos personales.
—¿De quién?
—Todavía no lo sabemos.
Me senté lentamente.
Entonces recordé algo.
Seis años atrás, antes de conocer a Diego, una mujer había desaparecido en nuestro barrio.
El caso había aparecido en las noticias durante semanas.
Una joven llamada Valentina Cruz.
Nunca encontraron su cuerpo.
Nunca encontraron su teléfono.
Nunca encontraron sus documentos.
Yo había olvidado aquel nombre hacía años.
Hasta que Lucía dijo:
—Mariana, necesito que me escuches con atención. Uno de los objetos tiene un nombre grabado.
—¿Cuál?
—Valentina.
Se me cerró la garganta.
—¿Estás segura?
—Completamente.
En ese momento escuché un golpe detrás de mí.
Me giré.
Mi madre estaba junto a la ventana.
—¿Qué pasa? —preguntó.
No pude responder.
Mi teléfono volvió a vibrar.
Esta vez era un mensaje de Diego.
“¿Sofía está contigo?”
No contesté.
Llegó otro.
“Mariana, sé que Lucía te contó algo.”
Mi sangre se heló.
¿Cómo podía saberlo?
Entonces apareció un tercer mensaje.
“No abras la caja que está debajo de nuestra cama.”
Miré a mi madre.
—Mamá, necesito que cierres todas las puertas.
—¿Por qué?
—Porque creo que Diego sabe que encontraron algo.
Mi teléfono sonó inmediatamente.
Número desconocido.
Contesté sin hablar.
Una voz masculina dijo:
—Señora, soy el detective encargado de la investigación.
—¿Sí?
—Encontramos algo dentro de la cavidad que cambia completamente el caso.
—¿Qué?
El detective respiró profundamente.
—Una caja metálica.
—¿Y?
—Dentro hay documentos de identidad, fotografías y una llave.
—¿De quién?
Hubo una pausa.
—De Diego.
Me quedé inmóvil.
El detective continuó:
—Pero hay un problema.
—¿Cuál?
—La llave abre una propiedad que está registrada a nombre de usted.
Sentí que el mundo se detenía.
Yo nunca había tenido otra propiedad.
O eso creía.
Entonces mi madre dejó caer el teléfono que tenía en la mano.
—Mariana…
La miré.
Estaba llorando.
—Hay algo que nunca te conté sobre tu padre.

Y en ese instante comprendí que el secreto bajo nuestra casa no había empezado con Diego.
Había empezado mucho antes de que yo naciera.