—No entres —dijo Lucía.
Diego se quedó quieto.
—¿Por qué?
Lucía sonrió apenas.
—Porque todavía estoy buscando el arete.
Él no respondió.
Solo la observó.
Y entonces ocurrió algo que jamás había visto en cinco años de matrimonio.
Diego perdió la sonrisa.
—Mariana, ¿qué está pasando?
Apreté a Sofía contra mi pecho.
—Nada.
Mentí.
Diego dio otro paso.
Lucía levantó una mano.
—Te dije que no entraras.
Durante unos segundos nadie habló.
Después Diego soltó una risa corta.
—Están actuando raro.
Se dio la vuelta y caminó hacia la cocina.
Yo aproveché ese instante.
Saqué el teléfono y llamé a emergencias.
No dije mucho.
Solo di nuestra dirección y expliqué que mi amiga había encontrado algo sospechoso dentro del baño.
Mientras hablaba en voz baja, escuché a Diego abrir un cajón.
Luego otro.
Lucía se acercó a mí.
—¿Qué te dijo la policía?
—Que vienen.
Ella asintió.
—Bien.
—Lucía… dime qué encontraste.
Miró hacia el baño.
—Levanté la rejilla de la coladera.
Se detuvo.
—Había algo debajo.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Qué cosa?
—Un fragmento de tela.
—¿Y?
—Y un objeto metálico.
—¿De quién?
Lucía bajó la voz.
—Todavía no lo sé.
En ese momento, Diego apareció detrás de nosotros.
—¿Qué están susurrando?
Me giré.
—Nada.
Él miró a Lucía.
—¿Encontraste el arete?
—Sí.
—Entonces puedes irte.
Su tono había cambiado.
Ya no era amable.
Lucía lo miró fijamente.
—Claro.
Pero no se movió.
Las sirenas comenzaron a escucharse a lo lejos.
Diego las oyó.
Su rostro cambió por completo.
—¿Llamaste a la policía?
No respondí.
Su mirada cayó sobre mi teléfono.
Después sobre Sofía.
Y finalmente sobre el baño.
—Mariana…
Retrocedí.
—No te acerques.
Por primera vez vi miedo en sus ojos.
Los agentes entraron pocos minutos después.
Diego intentó explicar que todo era un malentendido.
Lucía no discutió.
Solo señaló el baño.
—Quiero que revisen la coladera antes de que alguien toque nada.
Uno de los agentes se puso los guantes.
Retiró la rejilla.
Luego iluminó el interior con una linterna.
Se quedó inmóvil.
—Necesito que todos salgan de esta habitación.
Diego palideció.
—¿Qué encontró?
El agente no respondió.
Sacó cuidadosamente una pequeña bolsa de plástico.
Dentro había una cadena oxidada.
Lucía la reconoció inmediatamente.
—Dios mío…
Me acerqué un paso.
—¿Qué es?
Lucía miró a Diego.
—Esta cadena pertenecía a una mujer llamada Andrea Morales.
Sentí que el mundo se detenía.
Ese nombre lo conocía.
Todos en nuestro barrio lo conocían.
Andrea había desaparecido seis años atrás.
Tenía veintitrés años.
La última persona que dijo haberla visto con vida…
había sido Diego.
Mi esposo.
El agente levantó la mirada.
—Señor Diego Vargas, necesitamos que nos acompañe.
Diego no respondió.
Solo miró hacia mí.
Y entonces dijo algo que me heló la sangre:
—Mariana, no sabes lo que hay debajo de esta casa.
El segundo agente se giró lentamente.
—¿Qué quiso decir?
Diego cerró los ojos.
Y por primera vez comprendí por qué durante cinco años había limpiado aquel baño tres veces al día.
No estaba obsesionado con la limpieza.

Estaba intentando borrar algo.
Pero lo que los agentes encontraron bajo la coladera…
era apenas la primera pieza de un secreto que llevaba seis años enterrado.