PARTE 2: LO QUE CALEB DEJÓ ATRÁS

Durante todo el camino a la funeraria, Ethan no dejó de mirarme por el espejo.

Yo fingí no notarlo.

Cuando llegamos, mi madre estaba sentada frente a una caja de pertenencias recuperadas del barranco.

Había un reloj detenido.

Una cartera deformada.

Las llaves del coche.

Y el anillo que Caleb había comprado para Grace.

Mi madre lo vio y empezó a llorar.

—Pensaba pedírselo cuando regresaran —susurró.

Ethan bajó la cabeza.

Yo me quedé mirando el anillo.

—Entonces Grace nunca llegó a ser su prometida.

—No —respondió mamá—. Caleb quería sorprenderla.

Aquello hizo todavía más incomprensible lo ocurrido noventa y nueve días después.

Entonces el encargado sacó otro objeto.

Un teléfono.

—Estaba protegido dentro de una mochila. Está dañado, pero nuestro técnico consiguió recuperar parte de la información.

Ethan levantó la cabeza demasiado rápido.

Lo noté.

—¿Qué información? —pregunté.

—Audios. Fotografías. Algunos mensajes.

Nos entregaron una memoria con los archivos recuperados.

Ethan extendió la mano.

Yo fui más rápida.

—Son pertenencias de mi hermano.

Su mandíbula se tensó.

Pero retiró la mano.

Aquella noche revisé los archivos con mi madre.

Había fotografías normales.

Caleb y Grace desayunando.

El paisaje desde la carretera.

Una foto del anillo.

Después encontramos un audio grabado el día del accidente.

La voz de Caleb llenó la habitación.

—Maya se va a reír cuando se entere. Siempre dijo que Grace y yo tardábamos demasiado…

Mi madre se tapó la boca.

Yo cerré los ojos.

Tres años.

Y de repente mi hermano estaba allí otra vez.

El audio continuó.

—Primero tengo que solucionar lo de Ethan. Grace dice que él lleva semanas actuando raro…

Abrí los ojos.

Mi madre también.

La grabación terminó abruptamente.

Busqué más.

Había otro archivo.

Esta vez era una discusión dentro del coche.

Grace hablaba.

—No puedes seguir ocultándoselo a Maya.

Caleb respondió:

—No pienso destruirla sin estar seguro.

—Ella merece saberlo.

—Precisamente porque es mi hermana necesito pruebas.

Entonces escuchamos un nombre.

Ethan.

Mi corazón empezó a golpearme.

Caleb continuó:

—Si Whitmore realmente hizo lo que sospecho, Maya no puede seguir pensando que él la está rechazando porque la ve como una hermana.

El audio terminó.

Me quedé inmóvil.

Mi madre susurró:

—¿Qué significa eso?

No lo sabía.

Pero Ethan sí.

Lo encontré afuera.

Parecía haber estado esperando.

—¿Qué descubriste? —preguntó.

—Tú dime.

Le reproduje la grabación.

El color desapareció de su rostro.

—Maya…

—¿Por qué Caleb te investigaba?

Ethan cerró los ojos.

—Porque descubrió que yo había mentido.

—¿Sobre qué?

Pasaron varios segundos.

—Sobre ti.

Sentí un frío extraño.

—Explícate.

Ethan me miró directamente.

—Nunca te vi como una hermana.

No respondí.

—La primera vez que te confesaste tenías diecisiete años. Yo tenía miedo de aprovecharme de lo que sentías porque habías crecido confiando en mí. Pensé que necesitabas tiempo.

—¿Y a los diecinueve?

—Ya estaba enamorado de ti.

Solté una risa amarga.

—Entonces eres todavía más cruel de lo que recordaba.

—Tu padre me pidió que me alejara.

Eso me silenció.

—¿Mi padre?

—Descubrió lo que sentía. Me dijo que tú tenías una vida por construir y que yo debía dejar de convertirme en el centro de ella. Me pidió que, si realmente te quería, te permitiera elegir un futuro fuera de mí.

—Así que decidiste por mí.

Ethan bajó la cabeza.

—Sí.

—¿Y Grace?

Su expresión cambió.

—Nunca me casé con Grace.

Miré inmediatamente su anillo.

Ethan se lo quitó.

En el interior había un nombre.

Caleb.

Era el anillo de graduación de mi hermano.

—Después del accidente, Grace estaba destrozada. Y había algo más.

Sacó su teléfono.

Me mostró una fotografía tomada tres años atrás.

Grace estaba embarazada.

—Caleb iba a ser padre.

Sentí que las piernas me fallaban.

—¿Qué?

—Grace descubrió el embarazo después del accidente.

Me apoyé contra la pared.

—Entonces el compromiso…

—Fue una mentira.

La familia de Grace quería obligarla a entregar al bebé porque Caleb había muerto y ella no estaba casada. Tu madre acababa de perder a su hijo. Grace estaba aterrada. Yo pensé que podía proteger a ambos.

—¿Te casaste con ella?

—No. Anunciamos un compromiso para darle tiempo. Después Grace se marchó con su hijo. Vive en Vancouver.

Mi rabia explotó.

—¿Y por qué no me lo dijiste?

—Intenté hacerlo.

Recordé los mensajes antes de mi vuelo.

“Puedo explicarte.”

Había tirado la tarjeta SIM.

Pero eso no lo absolvía.

—Tuviste tres años.

Ethan me miró con dolor.

—Me pediste mediante tu abogado que no volviera a contactarte.

Era cierto.

Apenas llegué a Seattle había enviado aquella instrucción.

Necesitaba desaparecer.

Respiré profundamente.

—Nada de esto cambia que elegiste mentirme.

—Lo sé.

Por primera vez no intentó justificarse.

—Y no espero que me perdones.

Al día siguiente conocí a mi sobrino.

Grace llegó a la funeraria llevando de la mano a un niño de casi tres años.

Tenía los ojos de Caleb.

Mi madre cayó de rodillas al verlo.

Yo lloré por primera vez desde que regresé.

Pero Grace traía algo más.

Una carta.

—Caleb me la dio dos semanas antes del accidente —dijo—. Me pidió entregártela si confirmaba lo que estaba investigando.

—¿Por qué nunca lo hiciste?

Grace miró a Ethan.

—Porque después del accidente desapareció la prueba principal.

Ethan frunció el ceño.

—¿Qué prueba?

Grace sacó una copia de un documento.

—Caleb descubrió que el accidente que mató a tus padres no ocurrió como te contaron.

Ethan quedó inmóvil.

—¿Qué tiene que ver Maya con eso?

Grace me entregó la carta.

Reconocí inmediatamente la letra de Caleb.

La última línea decía:

“Maya, si algo me pasa, no confíes en la versión oficial del accidente. El viaje de Ethan, la muerte de sus padres y nuestro propio padre están conectados.”

Levanté lentamente la mirada.

Ethan parecía tan desconcertado como yo.

Tres años había regresado creyendo que lo único que quedaba por enterrar era mi hermano.

Pero Caleb no había dejado solamente restos.

Había dejado una investigación sin terminar.

Y de pronto comprendí que su muerte podía no haber sido el final de una tragedia.

Podía haber sido la segunda.

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