Al entrar al dormitorio vi una carpeta sobresaliendo del cajón de Alejandro.
No pretendía revisar sus cosas.
Hasta que vi mi nombre.
LUCÍA MARTÍNEZ.
Debajo aparecía otro.
CARMEN VIDAL.
Abrí la carpeta.
Eran documentos médicos y una solicitud para incluir a Carmen en un programa experimental de rehabilitación dirigido por Alejandro.
Pero lo que me heló fue la fecha.
Nuestro aniversario.
Alejandro no había abandonado aquella cena por una emergencia.
La cita con Carmen estaba programada desde hacía semanas.
Él lo sabía.
Simplemente había decidido que ella era más importante.
—Lucía.
Su voz sonó detrás de mí.
Levanté los documentos.
—¿También esto era una emergencia?
Alejandro palideció.
—Puedo explicarlo.
—Claro. Siempre puedes.
Entonces encontré la última hoja.
Era una recomendación para trasladar temporalmente a Carmen a un apartamento propiedad de la fundación médica.
La dirección era la nuestra.
Lo miré.
—¿Pensabas traerla aquí?
—Solo durante su recuperación.
Solté una pequeña risa.
—¿Y dónde iba a vivir yo?
Alejandro guardó silencio.
Eso fue suficiente.
Saqué mi teléfono.
—¿A quién llamas?
—A mi hermana. Me voy con ella.
Por primera vez, Alejandro pareció asustarse.
—Lucía, tienes una pierna recién operada.
—Lo sé. Pasé siete días hospitalizada sin ti y sobreviví.
Aquello sí le dolió.
Me sujetó la maleta cuando intenté levantarla.
—No quiero terminar contigo.
Lo miré directamente.
—Ese es tu problema, Alejandro. Querías conservarme sin tener que elegirme.
Dos semanas después terminé la relación.
Meses más tarde supe que Carmen abandonó el programa y regresó a España. Alejandro intentó buscarme varias veces.
Nunca volví.
Mi pierna tardó meses en recuperarse.
Yo tardé algo más.

Pero aprendí algo durante aquellos siete días en el hospital:
estar sola dolía mucho menos que pasar años al lado de alguien que conseguía hacerme sentir sola.