Gabriel tardó varios segundos en reaccionar.
Miró a Valeria.
Después me miró a mí.
—Elena… ¿qué significa esto?
Le entregué una copa de champán.
—Tu regalo.
Nadie en el salón se atrevía a hablar.
Sonreí.
—Llevas meses sufriendo porque la dejaste marchar. Pensé que sería cruel permitir que pasaras otro cumpleaños separado de la mujer que realmente amas.
Valeria palideció.
—Elena, creo que estás confundiendo…
—No.
La interrumpí suavemente.
—Estoy mucho menos confundida que antes.
Gabriel dejó la copa sobre una mesa.
—Hablemos en privado.
—¿Por qué?
Miré alrededor.
—Cuando hablaste de mí con tus amigos tampoco necesitaste privacidad.
Su expresión cambió.
Entonces comprendió dónde había estado aquella noche.
—¿Escuchaste?
—Todo.
El salón quedó completamente inmóvil.
—Escuché que nunca fuimos compatibles.
Di un paso hacia él.
—Que casarte conmigo fue un error.
Otro.
—Que querías esperar hasta que yo tuviera un hijo para traer nuevamente a Valeria a tu vida.
Gabriel perdió el color.
Su madre se levantó bruscamente.
—¿Un hijo?
—Sí.
La miré.
—Al parecer, después de darle un nieto a la familia, yo estaría demasiado ocupada para notar que mi marido volvía con su amante.
—Elena…
—Todavía no he terminado.
Saqué un pequeño control del bolso.
La pantalla situada detrás del pastel se encendió.
Apareció la fotografía de un documento.
ACTA DE CONSTITUCIÓN DE HORIZON CAPITAL.
Gabriel quedó petrificado.
—¿Qué estás haciendo?
—Recordando nuestra historia.
Pasé a la siguiente imagen.
Una transferencia realizada diez años atrás.
—Este fue el dinero de mis joyas.
Otra.
—Esta fue la hipoteca del apartamento que mis padres me regalaron.
Otra.
—Y este fue el primer préstamo empresarial.
Me giré hacia los invitados.
—Gabriel siempre cuenta que fundó la empresa desde cero.
Sonreí.
—Solo suele olvidar mencionar quién puso el cero.
Un murmullo recorrió el salón.
Gabriel avanzó.
—Apaga eso.
—¿Te avergüenza?
—¡Elena!
—Curioso. A mí también me avergonzó descubrir que el hombre por quien sacrifiqué mi carrera estaba esperando que volviera a quedar embarazada para instalar cómodamente a su amante.
Su madre cerró los ojos.
Valeria retrocedió hacia la puerta.
—Yo me voy.
—Todavía no.
Valeria me miró.
—Esto es entre ustedes.
—No exactamente.
Saqué una carpeta.
La misma que había preparado durante semanas.
—Tú también tienes un regalo.
Se la entregué.
Valeria no quiso tomarla.
Así que la dejé sobre la mesa.
—¿Qué es? —preguntó Gabriel.
—El contrato del apartamento donde Valeria vivió los últimos dieciocho meses.
Silencio.
—¿Y qué?
—Lo pagó la empresa.
La expresión de varios directivos cambió.
Gabriel apretó los dientes.
—Era alojamiento corporativo.
—Entonces será fácil explicar por qué una mujer que nunca trabajó para Horizon Capital recibió vivienda, automóvil y gastos de viaje con fondos empresariales.
El director financiero bajó lentamente su copa.
—Gabriel…
—Puedo explicarlo.
—Perfecto —respondí—. Porque mañana tendrás oportunidad.
—¿Mañana?
Sonreí.
—Reunión extraordinaria del consejo. Nueve de la mañana.
Gabriel me miró como si acabara de descubrir a una desconocida.
—No puedes convocar al consejo.
—Sí puedo.
Saqué otro documento.
—Poseo directamente el dieciocho por ciento de las acciones.
Pausa.
—Y el fideicomiso creado con la inversión original de mi familia controla otro veintiuno.
El silencio fue absoluto.
Treinta y nueve por ciento.
Gabriel conocía perfectamente lo que significaba.
Durante años había dejado que él actuara como dueño absoluto porque jamás pensé que necesitaría defenderme de mi propio marido.
—Eso era nuestro —dijo.
—No.
Negué lentamente.
—Eso era mío antes de que tú decidieras que yo solo servía para quedarme en casa esperando un hijo.
Valeria tomó su bolso.
Esta vez no la detuve.
—¿Adónde vas? —preguntó Gabriel.
Ella lo miró sorprendida.
—A casa.
—Valeria…
—Me dijiste que Elena nunca se enteraría.
Una risa incrédula escapó de mi garganta.
Gabriel se volvió hacia ella.
—Ahora no.
—¿Ahora no? ¡Me prometiste que arreglarías todo!
Y allí ocurrió algo maravilloso.
Delante de familiares, socios y directivos, ambos empezaron a discutir.
Ya no eran amantes trágicos separados por las circunstancias.
Eran simplemente dos personas aterrorizadas porque su secreto había dejado de ser romántico en cuanto apareció una factura.
Tomé mi bolso.
—Feliz cumpleaños, Gabriel.
Él me sujetó del brazo.
—No puedes marcharte así.
Miré su mano.
La soltó.
—¿Qué quieres?
—El divorcio.
—Podemos hablarlo.
—No.
—Elena, diez años no desaparecen en una noche.
Lo miré.
—Tienes razón.
—Por eso pienso llevarme conmigo exactamente lo que puse durante esos diez años.
A las nueve de la mañana siguiente, Gabriel entró en la sala del consejo.
Yo ya estaba sentada allí.
También estaban mis abogados.
El auditor externo.
Y once miembros del consejo.
Gabriel se detuvo.
—¿Qué hace un auditor aquí?
El presidente provisional respondió:
—Revisaremos determinados gastos.
Gabriel me miró.
—¿Tú organizaste esto?
—Buenos días.
La reunión duró cuatro horas.
Encontraron el apartamento.
Los viajes.
Los restaurantes.
Los regalos.
Una transferencia para el bolso que Valeria había llevado el día anterior.
Pero después apareció algo que ni siquiera yo conocía.
El auditor frunció el ceño.
—Hay diecisiete transferencias adicionales.
Gabriel levantó la cabeza.
—¿Qué transferencias?
—Salieron de una subsidiaria durante los últimos dos años.
Miré las cifras.
Eran enormes.
—¿A quién?
El auditor abrió otro archivo.
—A una sociedad llamada VC Holdings.
Valeria Cruz.
Todos lo pensamos.
Gabriel golpeó la mesa.
—Yo no autoricé esto.
Por primera vez desde que comenzó la reunión, le creí.
—¿Quién tenía autorización? —pregunté.
El auditor siguió revisando.
—Dos personas.
—¿Quiénes?
—El señor Gabriel Serrano…
Pausa.
—…y la señora Elena Serrano.
Me quedé helada.
—Yo nunca firmé esas transferencias.
El auditor giró el ordenador hacia mí.
Allí estaba mi firma.
O algo que se parecía perfectamente a ella.

—Eso es falso.
Gabriel se levantó.
—¿Estás diciendo que alguien falsificó nuestras dos firmas?
Nadie respondió.
Entonces mi abogado colocó una hoja frente a mí.
—Elena, hay algo más.
Era una autorización bancaria.
Fecha: dos años atrás.
El mismo mes en que perdí al bebé.
Sentí que me faltaba el aire.
—Yo estaba hospitalizada ese día.
Mi abogado asintió.
—Lo sé.
—Entonces ¿quién presentó esto?
El auditor abrió el registro de identificación asociado.
Una fotografía apareció en la pantalla.
No era Valeria.
Tampoco Gabriel.
Reconocí aquel rostro inmediatamente.
Y se me heló la sangre.
Era alguien que había estado entrando y saliendo de nuestra casa durante diez años.
Gabriel miró la pantalla.
Su rostro se volvió blanco.
—No puede ser.
Mi abogado me entregó otro documento.
—Elena, creo que la relación de Gabriel con Valeria puede ser solamente una parte de lo que ocurrió.
—¿Qué quieres decir?
Señaló la fecha.
—Alguien empezó a sacar dinero de la empresa antes de que Valeria apareciera en la vida de su marido.
Levanté lentamente la mirada.
Había llegado allí dispuesta a terminar mi matrimonio.
Pero de pronto comprendí que alguien había utilizado durante años mi confianza, mi ausencia de la empresa y hasta el peor momento de mi vida para mover millones bajo mi nombre.
Y la persona cuya fotografía aparecía en aquella pantalla…
era la última persona de la que habría desconfiado.