Los dos hombres miraron mi teléfono.
—¿Qué demonios fue eso?
Yo no respondí.
La voz del sistema volvió a sonar:
“Transferencia de activos iniciada.”
“Todos los bienes adquiridos por la anfitriona serán retirados de este mundo al finalizar la cuenta regresiva.”
Entonces comprendí algo.
Durante diez años, los Bennett habían vivido convencidos de que todo pertenecía a la familia.
Pero gran parte de su fortuna había crecido gracias a mis inversiones.
También la clínica privada donde trabajaban Daniel y Adrian.
Incluso la mansión donde celebraban el cumpleaños de Hailey tenía una deuda garantizada con acciones que estaban a mi nombre.
Sonreí.
—Salgan de mi habitación.
Uno de los hombres intentó acercarse.
Activé la alarma de seguridad desde mi teléfono.
Treinta segundos después, los guardias estaban en el pasillo.
Hailey llegó detrás de ellos fingiendo preocupación.
—Emily, ¿qué ocurre?
La miré.
—Nada. Solo estoy limpiando antes de marcharme.
Aquella noche envié tres documentos.
El primero retiraba todas mis inversiones de las empresas Bennett.
El segundo iniciaba mi divorcio de Adrian.
El tercero renunciaba oficialmente a cualquier relación financiera con mi familia.
A la mañana siguiente, el caos comenzó.
Daniel llegó furioso.
—¡La clínica ha perdido su financiación!
Adrian apareció detrás.
—Emily, ¿qué hiciste?
—Lo mismo que vosotros hicisteis ayer.
Los miré.
—Elegí a quién quería salvar.
Hailey palideció.
Entonces Daniel arrojó sobre la mesa otro certificado de defunción de Clara.
Esta vez era oficial, verificado directamente por el hospital.
Sus manos comenzaron a temblar.
—¿Clara… realmente murió?
—Te llamó el hospital.
—Yo te llamé.
—Elegiste una fiesta.
Daniel retrocedió como si aquellas palabras lo hubieran golpeado.
Adrian también perdió el color.
—Entonces cuando me llamaste…
—También estaba muriendo.
Por primera vez, ninguno tuvo una excusa.
Hailey comenzó a llorar.
—Yo no sabía que era tan grave…
Me reí.
—Precisamente.
—Nunca preguntasteis.
Mi teléfono vibró.
“Tiempo restante: 00:03:00.”
Tomé la pequeña caja donde guardaba lo único que quería conservar: una fotografía de Clara y yo cuando llegamos a aquel mundo diez años atrás.
Adrian comprendió que algo ocurría.
—Emily, ¿adónde vas?
Me quité el anillo.
Lo dejé frente a él.
—A casa.
Intentó sujetarme.
—Podemos arreglarlo.
Negué.
—Clara murió llamando al hombre que amaba.
Lo miré directamente.
—Yo no pienso cometer el mismo error.
La cuenta llegó a cero.
Lo último que vi fue a Daniel corriendo hacia mí mientras gritaba el nombre de Clara.
Después todo desapareció.
Cuando abrí los ojos, estaba nuevamente en nuestro mundo.
Una habitación blanca.
Mi antiguo cuerpo.
Mi antigua vida.
Y alguien estaba sentado junto a mi cama comiendo patatas fritas.
Clara.
Me miró, levantó una ceja y sonrió.
—Llegas tarde.
Empecé a llorar.
Ella abrió los brazos.
—No llores, mujer. Te prometí que cuando regresaras sería multimillonaria.
Miré la pantalla bancaria que sostenía.
Diez mil millones.
Entonces me eché a reír.

Habíamos perdido diez años persiguiendo a personas que nunca supieron valorarnos.
Pero todavía nos quedaba toda una vida.
Y esta vez no pensábamos desperdiciarla.