PARTE 2: LAS TRES CUNAS VACÍAS ERAN SOLO EL PRINCIPIO

Sebastián arrancó el sobre de las manos de Bruno.

Las primeras páginas estaban firmadas por Valeria Cortés.

La firma era firme.

Precisa.

Exactamente igual que cuando negociaba contratos millonarios antes de convertirse en “la esposa de Sebastián”.

Pasó rápidamente a la última hoja.

Tres palabras le hicieron perder el color.

Custodia provisional concedida.

—¿Cómo…?

Bruno evitó mirarlo.

—La jueza autorizó medidas urgentes mientras se resuelve el juicio.

—Eso es imposible.

—No después de revisar el expediente.

Sebastián levantó la vista.

—¿Qué expediente?

Bruno guardó silencio unos segundos.

—El que demuestra que usted estuvo ausente durante el parto y los cinco días posteriores.


Sebastián salió del hospital sin recoger las flores.

Subió al automóvil.

Llamó inmediatamente a Valeria.

El número ya no existía.

Intentó con su suegro.

Sin respuesta.

Luego marcó a su cuñado.

Bloqueado.

Respiró con fuerza.

—Encuéntrala.

Bruno no encendió el motor.

—Ya lo intenté.

—¡Entonces sigue buscando!

Bruno tragó saliva.

—La licenciada Cortés preparó todo hace meses.

Aquellas palabras hicieron que Sebastián frunciera el ceño.

—¿Qué significa eso?

—Que esto no fue una decisión tomada en el hospital.


Dos horas después llegaron al despacho jurídico que representaba a Valeria.

La recepción era elegante.

Silenciosa.

En la pared seguía colgado el nombre que Sebastián no veía desde hacía años.

CORTÉS & ASOCIADOS.

Por un instante creyó haber leído mal.

—¿Ese despacho sigue existiendo?

La recepcionista sonrió.

—Nunca dejó de existir.

—Pero Valeria…

—La licenciada Cortés continúa siendo socia.

Sebastián sintió un vacío en el estómago.

Durante años creyó que ella había abandonado completamente su carrera.

No era cierto.

Había seguido participando como socia estratégica desde casa.

Discretamente.

Sin que él lo supiera.


Una mujer de cabello canoso apareció desde el fondo.

—Señor Alcázar.

Era Isabel Cortés.

La madre de Valeria.

También abogada.

—¿Dónde está mi esposa?

—Su exesposa, si todo sigue su curso.

—Quiero ver a mis hijos.

Isabel lo observó con una serenidad incómoda.

—¿Cuáles?

Sebastián quedó desconcertado.

—¿Cómo que cuáles?

—Los mismos tres bebés cuya madre llamó cuatro veces mientras usted compartía una habitación de hotel con otra mujer.

Él endureció la mandíbula.

—Fue una confusión.

Isabel dejó sobre la mesa una carpeta.

—Habitación 2714 del Hotel Safira Monterrey.

Cinco noches.

Dos huéspedes.

Servicio al cuarto para dos personas.

Spa para parejas.

Masajes.

Champaña.

Las fechas coincidían exactamente con el nacimiento de los trillizos.

Sebastián cerró lentamente la carpeta.

—¿Quién consiguió esto?

—La propia Valeria.


Él comenzó a comprender que llevaba meses subestimando a la mujer con la que se había casado.

Mientras él inventaba reuniones.

Mientras fingía capacitaciones.

Mientras prometía regresar “al día siguiente”.

Ella investigaba.

Documentaba.

Guardaba cada comprobante.

Cada factura.

Cada transferencia.

Cada fotografía.


—Quiero hablar con ella.

Isabel negó con la cabeza.

—No será hoy.

—Soy el padre.

—Eso lo decidirá también el tribunal.

Sebastián golpeó la mesa.

—¡No pueden esconder a mis hijos!

La puerta del despacho volvió a abrirse.

Entró una oficial judicial.

—Licenciado Sebastián Alcázar.

Él se giró.

—¿Sí?

La mujer le entregó otro sobre.

—Ha sido notificado de nuevas medidas cautelares.

Sebastián rompió el sello.

Su expresión cambió página tras página.

Congelamiento temporal de varias cuentas.

Prohibición de vender activos.

Entrega obligatoria de documentación financiera.

—¿Qué significa esto?

La oficial respondió con calma.

—La parte actora sostiene que existe riesgo de ocultamiento patrimonial.

Sebastián soltó una risa incrédula.

—¿Ocultamiento? ¿De qué habla?

Entonces Bruno, que permanecía detrás de él, bajó lentamente la cabeza.

—Señor…

—¿Qué?

—Creo… creo que debería revisar el último anexo.

Sebastián pasó las hojas hasta llegar al final.

Había fotografías.

Capturas de pantalla.

Transferencias bancarias.

Y un cuadro comparativo elaborado por un perito financiero.

Las cifras eran enormes.

Millones de pesos transferidos desde empresas del grupo Alcázar hacia una sociedad registrada apenas ocho meses antes.

El nombre de esa empresa apareció resaltado en amarillo.

CD Strategic Consulting S.A.

Sebastián sintió que el aire desaparecía.

Conocía perfectamente esa empresa.

Porque estaba registrada a nombre de Camila Duarte.

Pero la siguiente página hizo que incluso Bruno retrocediera un paso.

Debajo del organigrama corporativo aparecía una nota del auditor independiente:

“Existen indicios de que recursos pertenecientes a inversionistas fueron utilizados para financiar gastos personales y adquisiciones privadas ajenas al objeto social.”

En ese instante, el teléfono de Sebastián comenzó a sonar sin parar.

No era Valeria.

No era Camila.

Era el presidente del consejo de administración de Alcázar Inversiones.

Y cuando contestó, la primera frase bastó para hacerle comprender que el divorcio acababa de convertirse en el menor de sus problemas.

—Sebastián… la Comisión Nacional Bancaria acaba de solicitar información urgente sobre nuestras operaciones. ¿Qué hiciste?

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