PARTE 2: LAS TARJETAS DEJARON DE FUNCIONAR ANTES DE LOS REGALOS

Cuando las puertas del elevador se cerraron, dejé de contener el llanto.

No por Mauricio.

Ni por su familia.

Lloré porque mi hijo acababa de sentir el miedo conmigo.

Me llevé una mano al vientre.

—Ya pasó, mi amor… ya pasó.

Pero aún no había terminado.

Mientras el elevador descendía, saqué el teléfono.

Primera llamada.

—Doctor Álvarez, voy para el hospital. Estoy embarazada de seis meses. Acabo de sufrir una agresión física y necesito que todo quede documentado.

—Venga inmediatamente.

Colgué.

Abrí la aplicación bancaria.

Tres tarjetas adicionales aparecieron en pantalla.

Teresa Robles.

Ximena Robles.

Mauricio Robles.

Las tres estaban vinculadas a mi cuenta principal.

Presioné el primer botón.

Cancelar tarjeta.

Confirmar.

La segunda.

Cancelar tarjeta.

Confirmar.

La tercera.

La observé durante unos segundos.

Era la tarjeta que Mauricio usaba para todo.

Gasolina.

Restaurantes.

Viajes.

Regalos que luego decía haber comprado con su esfuerzo.

Respiré hondo.

Cancelar tarjeta.

Confirmar.

Las tres quedaron bloqueadas a las 9:17 de la noche.


Apenas diez minutos después comenzó el desfile de llamadas.

Primero Mauricio.

No contesté.

Luego Teresa.

Después Ximena.

Silencio.

Entré al área de urgencias obstétricas.

Los médicos me revisaron inmediatamente.

La quemadura era superficial.

Pero el estrés había provocado contracciones prematuras.

El doctor tomó fotografías.

La enfermera documentó cada lesión.

Una psicóloga hospitalaria también elaboró un informe.

Cuando terminó, el médico me miró con seriedad.

—Señora Robles, este reporte será muy importante si decide denunciar.

Lo guardé dentro de mi bolso.

—Ese era exactamente mi plan.


A las diez y media de la noche mi abogado llegó al hospital.

Se sentó frente a mí.

Leyó todo el expediente médico.

Después observó las fotografías del cigarro, la marca sobre mi ropa y el video que había grabado durante la cena.

Negó lentamente con la cabeza.

—Cometieron un error enorme.

Le mostré otro archivo.

—Hay más.

Era un video tomado por Ximena.

Lo había subido a una historia privada creyendo que desaparecería en veinticuatro horas.

Pero una compañera de trabajo, que casualmente la seguía, alcanzó a descargarlo antes de que lo eliminara.

En la grabación se veía perfectamente cómo Mauricio me sujetaba las muñecas mientras su padre acercaba el cigarro.

Mi abogado dejó el teléfono sobre la mesa.

—Esto ya no es solo un asunto familiar.

Asentí.

—Lo sé.

—Aquí hay indicios de violencia familiar y agresión contra una mujer embarazada.

Respiré profundamente.

—Presente la denuncia esta misma noche.


Mientras tanto, en mi departamento…

La familia seguía intentando celebrar la Navidad.

Hasta que Mauricio quiso pagar una botella de whisky para continuar la cena.

Tarjeta rechazada.

Intentó otra.

Rechazada.

Llamó al banco.

Nada.

Teresa quiso pedir comida a domicilio.

Su tarjeta también estaba bloqueada.

Ximena descubrió que tampoco podía usar la suya para pedir un taxi.

Los tres comenzaron a llamarme desesperadamente.

Ninguno obtuvo respuesta.


A las siete de la mañana del 25 de diciembre sonó el timbre del departamento.

No era yo.

Eran dos agentes de la policía acompañados por una notificadora judicial.

Mauricio abrió la puerta todavía con la misma ropa de la noche anterior.

La agente habló con absoluta calma.

—¿Señor Mauricio Robles?

—Sí.

—Queda formalmente notificado de una denuncia por violencia familiar y lesiones contra una mujer embarazada.

El rostro de Teresa perdió todo color.

Don Ernesto salió del comedor.

—¿Qué significa esto?

La notificadora entregó una segunda carpeta.

—También existe una solicitud urgente de medidas de protección.

Mauricio comenzó a alterarse.

—¡Todo fue un accidente!

La agente lo miró fijamente.

—Eso lo determinará la autoridad.

Le mostró una fotografía.

Era la marca del cigarro sobre mi ropa.

Después otra.

El video donde él me sujetaba.

Y finalmente el reporte médico firmado por el hospital.

Nadie volvió a hablar.

Antes de marcharse, la notificadora dejó un último documento sobre la mesa.

Era una orden judicial.

Prohibía a Mauricio acercarse a menos de trescientos metros de mí hasta que el caso fuera resuelto.

Cuando la puerta volvió a cerrarse, Teresa comenzó a llorar.

Don Ernesto permanecía inmóvil.

Y Mauricio comprendió, demasiado tarde, que la Navidad que había imaginado terminaría no con regalos bajo el árbol…

Sino con una carpeta judicial que podía costarle el matrimonio, la libertad y el derecho a ver nacer a su propio hijo.

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