Desperté con olor a desinfectante.
El pitido constante del monitor era el único sonido que lograba atravesar el dolor que me partía la cabeza.
Intenté moverme.
No pude.
El lado izquierdo del rostro estaba completamente vendado.
Sentía la mandíbula rígida y un ardor profundo debajo del ojo.
Entonces escuché la voz de Santiago.
—Está despierta.
Me tomó la mano con cuidado.
Tenía los nudillos raspados y el labio partido por la pelea con mi padre.
Aun así, toda su atención estaba puesta en mí.
—Perdóname…
Negué muy despacio.
Hablar era imposible.
Él no tenía nada que perdonarme.
Una doctora entró minutos después.
Revisó mis pupilas.
La movilidad de mis dedos.
La presión.
Luego habló con absoluta calma.
—Tiene una fractura facial y varias heridas que requieren seguimiento.
Hizo una pausa.
—También necesitamos preguntarle algo importante.
La miré.
—¿Desea que documentemos formalmente todas las lesiones?
No dudé.
Asentí.
La doctora entendió inmediatamente.
—Bien.
Llamó a una enfermera.
Comenzaron a fotografiar cada herida.
Cada hematoma.
Cada corte.
Anotaron medidas.
Ubicación.
Hora de ingreso.
Radiografías.
Todo quedó registrado.
Mientras lo hacían, recordé las palabras de mi madre.
“A ver si todavía te quiere.”
Cerré los ojos.
No iba a responderles con gritos.
Respondería con la verdad.
Esa misma tarde apareció un agente investigador.
Se presentó con respeto.
—Señora Mendoza…
Lo interrumpí.
—Reyes.
Frunció el ceño.
—¿Perdón?
—Ese apellido ya no me pertenece.
Tomó nota.
Después comenzó la entrevista.
No exageré.
No inventé.
Solo conté exactamente lo ocurrido.
Cuando terminé, el agente cerró la libreta.
—No es la única declaración que tenemos.
Lo miré sorprendida.
—¿Cómo?
Sacó otra carpeta.
—Hasta este momento ya existen seis personas que aceptaron rendir testimonio.
Sentí un vuelco en el pecho.
—¿Seis?
Asintió.
—El electricista que llamó a la ambulancia.
Los dos paramédicos.
Una vecina que observó parte de la agresión desde la ventana.
Una repartidora que llegó mientras ocurría la pelea.
Y un jardinero que trabajaba dos casas más adelante.
Por primera vez desde que desperté sentí algo parecido al alivio.
No estaba sola.
Santiago regresó por la noche.
Traía una bolsa con ropa limpia.
Y una expresión que nunca le había visto.
—Hay algo más.
Se sentó junto a mi cama.
—¿Recuerdas al anciano que viste detrás de la cortina?
Abrí mucho el único ojo que podía mover con normalidad.
Asentí.
—Lo encontraron esta mañana.
Sentí un escalofrío.
—¿Quién era?
—Se llama Ernesto Valdés.
Nunca había escuchado ese nombre.
—Vivía rentando un cuarto en casa de tus padres desde hacía unos meses.
Fruncí el ceño.
Mis padres jamás mencionaron a ningún inquilino.
—Pidió hablar con la policía.
El corazón empezó a acelerarse.
—¿Qué dijo?
Santiago respiró profundamente.
—Que vio todo.
Tragué saliva.
—Y que eso no fue la primera vez que intentaban obligarte a romper conmigo.
Dos días después recibimos otra visita.
No era un policía.
Era un hombre de traje gris, mayor, con un portafolio de cuero gastado.
Se presentó como licenciado Benjamín Ortega.
—Fui abogado de su abuelo materno.
Mi abuelo había muerto hacía casi nueve años.
Lo invité a sentarse.
Sacó un sobre completamente sellado.
El papel estaba amarillento.
Sobre el frente aparecía mi nombre escrito con la letra de mi abuelo.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Qué es esto?
El abogado sostuvo el sobre entre las manos.
—Su abuelo dejó instrucciones muy precisas.
Miró primero a mí.
Después a Santiago.
—Este documento solo debía entregarse si alguna vez existía un conflicto grave provocado por sus padres relacionado con su matrimonio o con la herencia familiar.
El cuarto quedó completamente en silencio.
Sentí que la respiración se me detenía.
—¿Una herencia?
El abogado asintió lentamente.
—Su abuelo sospechaba que algún día intentarían manipularla por intereses económicos.

Levantó el sobre.
—Y por eso modificó su testamento poco antes de fallecer.
Santiago y yo nos miramos sin decir una palabra.
Ninguno imaginaba que un hombre muerto hacía casi una década…
…había dejado preparada una decisión que estaba a punto de cambiar por completo el destino de toda mi familia.