PARTE 2: LAS ROSAS EN EL SUELO

Ethan permaneció inmóvil en medio del dormitorio.

Las rosas seguían en el suelo.

Nunca se agachó a recogerlas.

Tomó los papeles del divorcio con manos temblorosas.

Los leyó una vez.

Después otra.

Buscó alguna nota escondida.

Alguna explicación.

Alguna súplica.

No había nada.

Solo mi firma.

Era la primera decisión importante que tomaba sin consultarle.

Marcó mi número.

Apagado.

Volvió a llamar.

Otra vez.

Nada.

Bajó corriendo las escaleras.

—¿Cuándo se fue exactamente?

Mrs. Walker respiró hondo.

—Hace trece días.

—¿Por qué nadie me avisó?

La mujer bajó la cabeza.

—La señora Olivia dijo que no debíamos molestarlo durante su viaje.

Ethan sintió un nudo en el estómago.

Recordó perfectamente aquel mensaje.

“No te preocupes por nosotras. Disfruta el viaje.”

Había sonreído al leerlo.

Pensó que, por fin, yo había aprendido a no hacer escenas.

No imaginó que aquella tranquilidad era una despedida.

Subió nuevamente al despacho.

Encendió su computadora.

Abrió las cámaras de seguridad de la mansión.

Retrocedió trece días.

Me vio salir lentamente por la puerta principal.

Llevaba a nuestra hija en brazos.

No lloraba.

No miraba hacia atrás.

Solo caminaba.

Después aparecieron los empleados cargando cajas.

Uno por uno.

Durante más de cuatro horas.

Cuando el último camión salió de la propiedad, la imagen quedó completamente vacía.

Ethan detuvo el video.

Por primera vez comprendió cuánto espacio ocupábamos en aquella casa.

Y cuánto silencio habíamos dejado.

Su teléfono vibró.

Era Sophie.

—¿Ya llegaste?

No respondió.

Ella insistió.

—¿Todo bien?

Contestó finalmente.

—Olivia se fue.

Hubo unos segundos de silencio.

—Se le pasará.

Siempre vuelve.

Aquellas palabras hicieron que Ethan levantara lentamente la vista.

Siempre vuelve.

¿Cuántas veces había abandonado a su esposa convencido de que ella seguiría esperándolo?

Colgó sin despedirse.

Fue directamente al hospital donde había nacido nuestra hija.

La enfermera consultó el expediente.

—Lo siento, señor.

La paciente fue dada de alta hace doce días.

—¿Dejó alguna dirección?

—No podemos compartir esa información.

Salió frustrado.

Pensó en mi madre.

Condujo hasta su casa.

Ella abrió la puerta apenas unos centímetros.

—¿Qué quieres?

—Necesito hablar con Olivia.

—Llegaste dos semanas tarde.

Intentó entrar.

Mi madre bloqueó la puerta.

—Cuando tu hija tuvo fiebre la primera noche, Olivia pasó seis horas despierta completamente sola.

¿Sabes cuántas veces preguntó por ti?

Ethan no respondió.

—Cuando necesitó ayuda para levantarse después de la cesárea, tampoco estabas.

Cuando lloró porque la herida se abrió, tampoco.

Y cuando nuestra nieta sonrió por primera vez…

Tú estabas en París.

La puerta se cerró lentamente.

Aquella noche Ethan regresó por primera vez completamente solo a la mansión.

Entró en la habitación de la bebé.

Se sentó en el suelo vacío.

Todavía quedaba una pequeña marca rectangular donde había estado la cuna.

Apoyó la cabeza contra la pared.

Entonces sonó su teléfono.

Era el presidente del consejo de administración.

—Ethan.

Tenemos un problema.

—¿Qué ocurrió?

—La señora Olivia acaba de renunciar como directora de innovación.

Él cerró los ojos.

—Acepten la renuncia.

El hombre guardó silencio.

—No podemos.

—¿Por qué?

La respuesta llegó despacio.

—Porque junto con su renuncia presentó la retirada inmediata de todas las patentes que registró personalmente durante los últimos siete años.

El corazón de Ethan se detuvo.

—¿Qué significa eso?

—Que más del sesenta por ciento de los productos que vende tu empresa dejarán de fabricarse dentro de treinta días.

Y lo peor…

El presidente respiró profundamente antes de continuar.

—Acabamos de descubrir que la verdadera propietaria intelectual de la tecnología que convirtió a Montgomery Biotech en un líder mundial… nunca fuiste tú.

Fue Olivia.

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