PARTE 2: LAS INCUBADORAS VACÍAS

A las seis y doce de la mañana, el primer grito rompió el silencio del área neonatal.

—¡Los bebés del señor Prescott no están!

En menos de treinta segundos sonaron tres alarmas.

Las puertas automáticas se bloquearon.

Los guardias comenzaron a revisar cada pasillo.

La jefa de enfermeras entró corriendo.

Frente a ella había cuatro incubadoras.

Vacías.

Solo quedaban las pulseras de identificación cuidadosamente colocadas sobre cada colchón.

Nadie entendía cómo había podido desaparecer cuatro recién nacidos sin que una sola cámara registrara algo sospechoso.


Al mismo tiempo, Adrian despertaba en la suite presidencial del hotel.

Sophie seguía dormida a su lado.

Su teléfono vibró sin detenerse.

Diecisiete llamadas perdidas.

Veinticuatro mensajes.

El primero decía:

“Señor Prescott, venga inmediatamente al hospital.”

El segundo:

“Es una emergencia.”

El tercero:

“Los bebés han desaparecido.”

Adrian sintió que el corazón dejaba de latir.

Saltó de la cama descalzo.

—¿Qué ocurre? —preguntó Sophie.

Él ya estaba poniéndose la ropa.

—¡Los niños!


Dieciséis minutos después, irrumpió en el hospital.

—¡¿Dónde están mis hijos?!

El director del hospital tenía el rostro completamente blanco.

—Señor Prescott…

—No sabemos cómo ocurrió.

Adrian agarró al médico por el cuello.

—¡Quiero respuestas!

En ese momento apareció el jefe de seguridad.

Traía una tableta en las manos.

—Encontramos algo.

Toda la sala miró la pantalla.

Las cámaras mostraban a una empleada de limpieza empujando un carrito.

Nada extraño.

Hasta que ampliaron la imagen.

Debajo de la gorra gris aparecieron unos ojos conocidos.

Adrian dejó de respirar.

—Elena…


Las imágenes continuaron.

Se veía a Elena entrando en neonatología.

Después…

Nada.

Las cámaras de ese pasillo quedaron completamente negras durante once minutos.

Cuando la grabación regresó, la falsa empleada ya abandonaba el edificio.

Cinco maletas iban sobre el carrito.

Nadie las revisó.

Todos pensaron que contenían equipo médico.


Sophie llegó unos minutos después.

—¿Encontraron a los bebés?

Nadie respondió.

Entonces vio el video.

Su expresión cambió.

—¡Esa loca los secuestró!

Adrian no apartaba los ojos de la pantalla.

Había algo que no entendía.

Elena apenas podía caminar después de la cesárea.

¿Cómo había organizado algo así?

¿Quién la ayudó?


La respuesta llegó sola.

Un policía entró en la sala.

—Señor Prescott.

Encontramos esto en la habitación de la señora Elena.

Le entregó una carpeta.

Dentro había una sola hoja.

Escrita a mano.

“No secuestré a mis hijos.”

“Solo impedí que crecieran entre personas capaces de vender a su propia madre.”

Adrian pasó la página.

Había otra.

“Cuando leas esto, ya habrás descubierto que las incubadoras están vacías.”

“Pero todavía no sabes lo verdaderamente importante.”

Él sintió un mal presentimiento.

La tercera hoja contenía únicamente una fotografía.

Cinco maletas negras alineadas.

Cuatro tenían etiquetas con nombres.

La quinta llevaba una sola palabra escrita con marcador rojo.

VERDAD.


Adrian frunció el ceño.

—¿Qué significa esto?

El policía negó con la cabeza.

—No lo sabemos.

Pero en ese instante, el director financiero de Prescott Group llamó desesperado.

—¡Señor Prescott!

—¡Tenemos un problema muchísimo más grave!

—¿Qué ocurre ahora?

—Acaban de congelar todas las cuentas principales del grupo.

Adrian quedó inmóvil.

—¿Cómo?

—La Fiscalía Financiera recibió una denuncia anónima con miles de documentos.

—Contratos.

—Transferencias.

—Empresas fantasma.

—Pagos ilegales.

La voz del hombre comenzó a temblar.

—Y… también hay grabaciones.

Adrian sintió un escalofrío.

Porque solo existía una persona que había tenido acceso durante años a todos sus archivos privados.

Elena.


En una carretera a las afueras de la ciudad, Elena sostenía a uno de los bebés mientras la camioneta avanzaba hacia el aeropuerto privado.

Los cuatro pequeños dormían conectados a los sistemas portátiles de soporte vital.

Mia conducía en silencio.

—¿Estás lista?

Elena observó la quinta maleta.

Dentro descansaban discos duros, contratos originales, audios y un documento firmado por Adrian la noche anterior.

Él creyó que era el acuerdo definitivo de divorcio.

Pero entre las últimas páginas había firmado, sin leer, una autorización que reconocía personalmente la autenticidad de decenas de operaciones financieras.

La misma prueba que ahora permitía demostrar que él conocía cada delito del Grupo Prescott.

Elena besó suavemente la frente de su hijo.

—Ayer me pagó setenta millones para desaparecer.

Miró por la ventana.

—Jamás imaginó que usaría ese dinero para salvarlos… y para destruir el imperio que su familia tardó cuarenta años en construir.

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