PARTE 2: LAS FACTURAS TENÍAN MI NOMBRE

A las nueve de la mañana siguiente entré al despacho de la abogada Laura Medina con una caja de archivo entre los brazos.

La dejé sobre su escritorio.

—Aquí está todo.

Laura comenzó a revisar los documentos uno por uno.

Facturas.

Transferencias.

Estados de cuenta.

Contratos.

Después de casi una hora levantó la vista.

—¿Sabes cuánto dinero invertiste en esa casa?

Negué con la cabeza.

Ella tomó una calculadora.

—Setecientos ochenta y cuatro mil trescientos veinte pesos.

Sentí un vacío en el estómago.

Nunca había sumado todas aquellas cantidades.

Había pagado el techo nuevo.

La instalación eléctrica.

La cocina integral.

El refrigerador.

La lavadora.

Las medicinas de doña Carmen.

Las mensualidades del automóvil de Javier.

Incluso los impuestos atrasados de la vivienda.

Todo estaba respaldado con comprobantes.

Laura sonrió con tranquilidad.

—Y hay algo más importante.

Sacó una escritura del fondo de la carpeta.

—La casa donde vives nunca estuvo completamente pagada por la familia de Javier.

Fruncí el ceño.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque durante dieciocho meses las mensualidades de la hipoteca salieron exclusivamente de tu cuenta bancaria.

Sentí que el aire me faltaba.

Javier siempre repetía que aquella casa pertenecía a su familia desde hacía décadas.

Era mentira.

Sin mis pagos, el banco ya la habría embargado.

En ese momento mi teléfono comenzó a vibrar.

Era Javier.

No contesté.

Llegó un mensaje.

“Mi mamá dice que regreses antes de la comida. También quiere revisar todo lo que llevaste a casa de tus padres.”

Lo leí en silencio.

Después bloqueé su número.

Laura tomó una hoja y empezó a escribir.

—Hoy mismo presentaremos la demanda de divorcio, una denuncia por violencia familiar y una reclamación patrimonial por todas las inversiones que realizaste.

Asentí.

Por primera vez en mucho tiempo sentí que podía respirar.

Dos horas después alguien llamó con insistencia a la puerta de la casa de mis padres.

Era doña Carmen.

Entró sin saludar.

—Ya estuvo bueno el teatro. Javier vino por ti.

Mi madre dio un paso al frente.

—Mi hija no va a regresar.

Doña Carmen soltó una risa burlona.

—¿Y de qué va a vivir? Todo lo que tiene se lo dio mi hijo.

Laura apareció detrás de mí.

Había llegado justo a tiempo.

Le entregó un sobre amarillo.

—Señora Carmen, aquí está la relación completa de los bienes pagados por mi clienta.

También encontrará las copias de las facturas.

La mujer comenzó a leer.

Su expresión cambió página tras página.

—Esto… esto no puede ser.

Laura señaló la última hoja.

—Todo está respaldado por bancos, proveedores y registros fiscales.

Hubo un largo silencio.

Entonces sonó el teléfono de doña Carmen.

Era Javier.

Contestó de inmediato.

Solo alcanzamos a escuchar una frase antes de que ella palideciera por completo.

—¿Qué quieres decir con que el banco vino a inspeccionar la casa?

Laura cerró la carpeta con calma.

—Porque además de las facturas…

Hizo una breve pausa.

—Esta mañana descubrimos que las últimas seis mensualidades de la hipoteca nunca fueron pagadas por ustedes.

Fueron cargadas automáticamente a la cuenta de Elena.

Y esa autorización quedó cancelada hace exactamente una hora.

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