El administrador cerró la puerta del departamento detrás de Teresa.
Sus gritos seguían escuchándose desde el pasillo.
—¡Esto no se va a quedar así! ¡Mi hijo tiene documentos! ¡Ya verán!
El guardia la acompañó hasta el elevador.
Cuando las puertas se cerraron, el silencio regresó al departamento.
Un silencio extraño.
Porque, aunque Teresa ya no estaba ahí, su presencia seguía en cada rincón.
Mariana recorrió la sala lentamente.
Abrió un cajón.
Vacío.
Entró a su estudio.
Faltaban varias carpetas.
Al llegar a la habitación principal encontró el clóset revuelto.
Sus vestidos estaban mezclados con ropa que no era suya.
Y la caja donde guardaba documentos importantes había desaparecido.
Sintió un nudo en el estómago.
No por la ropa.
Por los papeles.
Respiró hondo.
Recordó inmediatamente dónde estaban las escrituras originales.
No en esa caja.
Nunca habían estado ahí.
Desde la compra del departamento, las conservaba en una caja de seguridad bancaria.
En casa solo había copias simples.
Aun así, alguien había buscado exactamente eso.
El administrador seguía esperando en la entrada.
—Licenciada Mariana… ¿quiere que levantemos un reporte interno?
Ella asintió.
—Sí.
Miró alrededor.
—Y necesito las grabaciones de las cámaras de los últimos dos meses.
Él frunció el ceño.
—¿Cree que…?
—Creo que alguien entró aquí muchas veces mientras yo no estaba.
El hombre tomó nota.
—Las conservamos durante noventa días.
—Perfecto.
Media hora después sonó su teléfono.
Rodrigo.
Contestó.
—¿Qué hiciste con mi mamá?
Su voz era una mezcla de enojo y nerviosismo.
—La saqué de mi departamento.
—¡Ese también es mi hogar!
Mariana permaneció tranquila.
—No.
—Soy tu esposo.
—Todavía.
Hizo una breve pausa.
—Eso no te convierte en propietario.
Del otro lado hubo silencio.
Después Rodrigo cambió de tono.
—Mira, podemos arreglar esto.
—¿Cómo?
—Mi mamá ya se había instalado. La hiciste pasar una vergüenza horrible.
Mariana sonrió con incredulidad.
—¿Vergüenza?
Miró la taza de su abuela, que seguía sobre la mesa.
—Entró sin permiso, movió mis cosas y dijo que iba a echarme de mi propia casa.
—Solo fue un malentendido.
—Entonces explícamelo.
Rodrigo respiró hondo.
—Yo… le dije que quizá viviría ahí un tiempo.
—¿Con autorización de quién?
No respondió.
Mariana volvió a preguntar.
—¿Con autorización de quién, Rodrigo?
Silencio.
Finalmente él murmuró:
—Pensé que no te molestaría.
Ella cerró los ojos un instante.
Durante años había escuchado esa misma frase.
“Pensé que no te molestaría.”
Cada vez que él tomaba decisiones con su dinero.
Con su tiempo.
Con su trabajo.
Ahora también con su casa.
—Escúchame bien.
Su voz salió firme.
—Mañana cambiaré todas las cerraduras.
—¡No puedes hacer eso!
—Sí puedo.
—Todavía estamos casados.
—Y precisamente por eso deberías recordar que entrar a una propiedad ajena sin consentimiento nunca fue un derecho matrimonial.
Colgó.
A la mañana siguiente llegó al banco.
El gerente abrió la caja de seguridad.
Mariana sacó una carpeta azul.
Dentro estaban los originales.
La escritura pública.
La inscripción en el Registro Público de la Propiedad.
Los comprobantes de pago del enganche.
Cada mensualidad liquidada desde su cuenta personal.
Todo perfectamente ordenado.
Como consultora financiera, sabía que la memoria falla.
Los documentos no.
Guardó nuevamente la carpeta.
Antes de salir, el gerente la llamó.
—Licenciada Solís.
Ella se volvió.
—Hace unos días recibimos una llamada preguntando si otra persona podía acceder a esta caja.
Mariana sintió un escalofrío.
—¿Quién llamó?
El hombre negó con la cabeza.
—No podemos revelar datos de terceros.
Hizo una pausa.
—Pero quiero que sepa que la solicitud fue rechazada inmediatamente.
Mariana comprendió entonces que aquello llevaba tiempo preparándose.
No había sido una ocurrencia de Teresa.
Ni siquiera de Rodrigo.
Alguien había intentado averiguar cómo obtener acceso a toda su documentación.
Esa tarde, el administrador del edificio la llamó.
—Ya revisamos las cámaras.
—¿Encontraron algo?
Hubo un silencio.
—Sí.
Mucho.
—¿Qué ocurrió?
El administrador respiró hondo.
—Su esposo entró al edificio doce veces mientras usted estaba en Monterrey.
Mariana permaneció inmóvil.
—¿Solo?
—No.
Miró el informe antes de continuar.
—Siempre acompañado por la señora Teresa.
Y en tres de esas visitas…
Hizo otra pausa.
—Entró también un hombre que nunca habíamos visto.

Traía un portafolio negro y permaneció dentro de su departamento más de dos horas.
Mariana apretó lentamente el teléfono.
Porque ya no parecía un simple intento de ocupar su casa.
Empezaba a parecer un plan cuidadosamente preparado… mucho antes de que ella regresara a Ciudad de México.