PARTE 2: LAS ESCRITURAS QUE CAMBIARON TODO

Nadie habló durante varios segundos.

Brenda fue la primera en romper el silencio.

Soltó una carcajada tan fuerte que hasta el niño despertó en la habitación.

—¿Juzgados? ¿Con qué dinero, Cata?

Iván negó con la cabeza.

—Siempre haces lo mismo. Amenazas y luego te echas para atrás.

Mi padre dio un paso hacia mí.

—Las escrituras están aquí porque nosotros las cuidamos.

Saqué lentamente las llaves del bolsillo.

—No.

Metí la mano en mi bolsa y saqué un sobre amarillo.

—Las escrituras originales están conmigo.

El color abandonó el rostro de Brenda.

Mi madre abrió mucho los ojos.

—¿Cómo que contigo?

—Porque nunca dejé de ser la propietaria.

Iván intentó arrebatarme el sobre.

Lo aparté antes de que pudiera tocarlo.

—Ni lo intentes.

Respiré hondo.

—La casa de Veracruz está inscrita únicamente a mi nombre.

La de Xalapa también.

Brenda soltó un bufido.

—Eso lo veremos.

—Claro que lo veremos.

Levanté el teléfono.

—Mi abogada ya viene para acá.

Treinta minutos después, una camioneta negra se detuvo frente a la casa.

Descendió una mujer de traje oscuro.

—Buenas noches.

Mostró su credencial.

—Licenciada Mariana Salgado.

Especialista en derecho inmobiliario.

Entró con absoluta tranquilidad.

Pidió ver las escrituras que mi padre decía conservar.

Él abrió un cajón.

Sacó varias carpetas.

La abogada las revisó una por una.

Luego levantó la vista.

—Estas son copias simples.

No acreditan propiedad.

Sacó entonces el sobre que yo había llevado.

Dentro estaban los testimonios notariales originales.

Los colocó sobre la mesa.

—La propietaria exclusiva de ambos inmuebles es Catalina Rojas.

Nadie más.

Mi madre dejó caer la taza de café.

Brenda comenzó a hablar atropelladamente.

—Pero nosotros vivimos aquí.

—Eso no modifica la titularidad.

Respondió la abogada con absoluta calma.

—Legalmente ustedes ocupan un inmueble ajeno.

El silencio volvió a llenar la sala.

Mi padre cambió inmediatamente de tono.

—Hijita…

Sentí un nudo en el estómago.

Hacía años que no me llamaba así.

—Podemos arreglar esto hablando.

Lo miré con tristeza.

—Eso intenté durante nueve años.

Iván dio un paso adelante.

—No vas a sacar a tus propios padres.

—Yo nunca dije eso.

Todos levantaron la vista.

—Solo quiero recuperar mi casa.

Brenda cruzó los brazos.

—Pues aquí nadie se mueve.

La licenciada cerró lentamente la carpeta.

—Entonces mañana mismo iniciaremos el procedimiento de desocupación.

Aquella noche salí de la casa con una pequeña maleta.

No porque me hubieran vencido.

Sino porque ya no quería dormir bajo el mismo techo.

Me hospedé en un hotel frente al malecón.

Subí a la habitación.

Me senté en la cama.

Y por primera vez saqué el boleto ganador de la cartera.

Lo observé durante varios minutos.

Cien millones de pesos.

No sentí euforia.

Sentí libertad.

Llamé a la administradora de la Lotería Nacional para iniciar el procedimiento de validación.

Después llamé a mi banco.

Finalmente marqué otro número.

—Licenciada.

—¿Sí, Catalina?

—Además del desalojo…

Quiero crear un fideicomiso.

Hubo un breve silencio.

—¿Para qué?

Miré el boleto entre mis manos.

—Para que ningún miembro de mi familia pueda reclamar un solo peso cuando cobre el premio.

A la mañana siguiente, a las ocho y cuarto, mi teléfono comenzó a vibrar sin parar.

Era Brenda.

Después Iván.

Luego mi madre.

No contesté.

Cinco minutos más tarde llegó un mensaje.

“Cata, perdónanos. Tu papá se puso muy mal. Ven, por favor.”

Fruncí el ceño.

Algo no cuadraba.

Llamé a la licenciada.

—¿Pasó algo?

Ella respondió de inmediato.

—Sí.

Al parecer alguien intentó mover anoche las escrituras falsas y sacar varias cosas de la casa.

—¿Quién?

—No lo sabemos todavía.

Pero hay otro detalle.

—¿Cuál?

Respiró profundamente.

—Hace una hora recibí una llamada de una notaría.

Alguien intentó vender la casa de Xalapa utilizando documentos alterados.

Sentí que la sangre se me helaba.

—¿Quién fue?

—Todavía no pueden decirlo.

Pero la operación quedó suspendida y ya existe un reporte formal.

Miré por la ventana del hotel.

El mar estaba completamente tranquilo.

Mi teléfono volvió a sonar.

Esta vez era un número desconocido.

Contesté.

—¿Señorita Catalina Rojas?

—Sí.

—Habla el inspector de la Policía de Investigación.

Necesitamos que venga cuanto antes.

Acabamos de detener a una persona intentando vender una propiedad que legalmente le pertenece a usted.

Miré el boleto de la lotería.

Después las llaves de mis dos casas.

Y comprendí que el verdadero desastre para mi familia no había empezado cuando los enfrenté.

Había comenzado cuando decidieron que podían quedarse con lo que nunca fue suyo.

Continuará…

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