Iván dio un paso hacia Regina.
—Dame el teléfono.
Ella retrocedió apenas lo suficiente para proteger a Mateo.
El bebé seguía dormido, ajeno al temblor que recorría el cuerpo de su madre.
—No te acerques.
Doña Carmen cruzó los brazos.
—Mira nada más. Ya empezó el teatrito.
Regina no respondió.
La operadora del 911 contestó.
—Emergencias, ¿cuál es su situación?
—Acabo de salir del hospital con un recién nacido. Soy la propietaria del departamento donde vivo y mi esposo cambió la cerradura para impedirme entrar. Necesito apoyo.
La operadora hizo las preguntas de rutina.
Mientras tanto, otro teléfono comenzó a sonar.
Era el de la administración del edificio.
Cinco minutos después, el administrador llegó acompañado por dos elementos de seguridad privada.
—Buenas tardes. ¿Qué sucede?
Iván habló primero.
—Es un asunto familiar. Mi esposa está alterada.
Regina abrió lentamente la bolsa donde llevaba los documentos del alta médica.
Debajo había otra carpeta transparente.
Sacó una copia de las escrituras.
—El departamento 804 está inscrito únicamente a mi nombre.
El administrador tomó los documentos.
Los revisó con atención.
Luego consultó la base de datos del condominio desde su tableta.
Su expresión cambió de inmediato.
—La documentación coincide.
Miró a Iván.
—Señor, ¿usted solicitó el cambio de acceso electrónico?
Iván dudó apenas un segundo.
—Sí.
—¿Presentó autorización de la propietaria?
Silencio.
Doña Carmen intervino.
—Es su marido. No necesita permisos para entrar a su propia casa.
El administrador negó con firmeza.
—Legalmente sí.
Si el inmueble pertenece exclusivamente a la señora, cualquier modificación permanente del sistema de acceso requiere su autorización.
Doña Carmen perdió la sonrisa.
—Qué ridiculez.
En ese momento llegaron dos patrullas.
Los oficiales escucharon la versión de ambas partes.
Uno de ellos pidió la identificación de Regina y comparó los datos con las escrituras.
Todo coincidía.
—Señor —dijo el policía dirigiéndose a Iván—, la propietaria acredita la posesión del inmueble.
Necesitamos que facilite el acceso.
Iván respiró con fuerza.
—También es mi domicilio.
—Eso no le permite impedir la entrada de la dueña.
Doña Carmen comenzó a levantar la voz.
—¡Mi hijo vive aquí!
—Y yo también vivía aquí.
Respondió Regina con una serenidad que sorprendió incluso a los policías.
—Hasta que regresé del hospital y descubrí que me habían dejado fuera de mi propia casa.
El administrador hizo una llamada.
Dos técnicos del edificio subieron pocos minutos después con el equipo para reiniciar la cerradura inteligente.
Uno de ellos revisó el sistema.
Frunció el ceño.
—Aquí hay algo raro.
Todos lo miraron.
—¿Qué ocurre?
El técnico señaló la pantalla de diagnóstico.
—La propietaria nunca fue eliminada del sistema.
Solo le bloquearon temporalmente el acceso.
—¿Quién puede hacer eso?
Preguntó el administrador.
—Únicamente alguien que utilizó el código maestro.
El administrador sintió un vuelco.
Ese código solo estaba disponible para mantenimiento y administración.
No debía estar en manos de ningún residente.
Los técnicos restauraron el acceso.
La luz pasó de rojo a verde.
La puerta se abrió.
Regina entró despacio con Mateo en brazos.
No dijo una sola palabra.
Recorrió la sala.
Todo seguía allí.
Pero algo llamó inmediatamente su atención.
La habitación del bebé.
La puerta estaba abierta.
La cuna había desaparecido.
También el cambiador.
Las cajas con pañales.
La ropa recién lavada.
Todo.
Regina sintió un nudo en el pecho.
Se volvió hacia Iván.
—¿Dónde están las cosas de mi hijo?
Él evitó mirarla.
Fue doña Carmen quien respondió.
—Las guardamos.
Ese cuarto lo convertimos en oficina.
El niño puede dormir contigo donde sea.
Los policías intercambiaron una mirada incómoda.
Aquello ya no parecía una simple discusión familiar.
Regina respiró profundamente.
No levantó la voz.
—¿Dónde las guardaron?
Doña Carmen sonrió con suficiencia.
—Ya no importa.
Porque pensábamos que no ibas a volver.
El silencio cayó sobre el departamento.
Entonces el administrador recibió un mensaje en su tableta.
Lo leyó.
Su expresión cambió por completo.
—Señora Regina…
Ella levantó la vista.
—Necesito hacerle una pregunta.
—¿Sí?
—¿Usted autorizó que hace cuatro días se iniciara un trámite para vender este departamento?
Regina sintió que el corazón dejaba de latir por un instante.
—¿Qué?
El administrador giró la pantalla hacia ella.
En el sistema aparecía registrada una solicitud de venta con su supuesto consentimiento.

El nombre del comprador ya figuraba en el expediente.
Y la firma atribuida a Regina estaba al pie de cada documento.
Solo había un problema.
La fecha de esa firma correspondía exactamente al día en que ella estaba internada en el hospital… entrando al quirófano para dar a luz a Mateo.