PARTE 2: LAS DOS LLAVES

Los golpes comenzaron a las ocho y tres minutos de la mañana.

No eran tímidos.

Eran desesperados.

Abrí la cámara del portero automático desde el sofá.

Adrian estaba frente a mi puerta con el cabello desordenado, la respiración acelerada y la bolsa donde había dejado todas sus pertenencias en una mano.

Detrás de él estaba Sophie.

Llevaba gafas oscuras y una gorra, como si creyera que aquello impediría que la reconociera.

Sonreí con una calma que no sentía desde hacía años.

Abrí la puerta.

Pero no los invité a entrar.

Adrian levantó inmediatamente la bolsa.

—¿Qué significa esto?

—Exactamente lo que parece.

—¿Cancelaste la boda?

—Sí.

Su mandíbula se tensó.

—Emily, estás exagerando.

—¿De verdad?

Saqué la tableta de su mochila.

La dejé sobre la pequeña mesa de la entrada.

La pantalla seguía mostrando el informe del sueño.

Lakeview Gardens.

Edificio 3.

Cinco años completos.

Adrian perdió el color.

—Escúchame…

—No.

Negué lentamente.

—Cinco años diciéndome que sufrías sonambulismo.

Cinco años haciéndome sentir culpable por pedirte que te quedaras conmigo.

Cinco años volviendo cada noche a la casa de otra mujer.

Sophie dio un paso adelante.

—No es lo que piensas.

La miré directamente.

—Entonces explícamelo tú.

Ella abrió la boca.

Pero ninguna palabra salió.

Adrian intervino rápidamente.

—Sophie necesitaba ayuda.

—¿Durante cinco años?

—Su situación era complicada.

—¿Tan complicada como para dormir todas las noches en la misma cama?

Él guardó silencio.

Ese silencio fue suficiente.

Pensé que ya no podía sorprenderme.

Entonces Sophie habló por fin.

—No somos amantes.

Fruncí el ceño.

No esperaba esa respuesta.

—¿Qué?

Ella respiró profundamente.

—Nunca lo hemos sido.

Adrian cerró los ojos.

Como si supiera exactamente lo que estaba a punto de ocurrir.

—Emily…

—Déjala hablar.

Sophie bajó lentamente las gafas.

Tenía los ojos completamente enrojecidos.

—Hace cinco años me diagnosticaron epilepsia nocturna.

Sentí un leve estremecimiento.

Ella continuó.

—Las primeras crisis eran muy fuertes.

Vivía sola.

Me caía de la cama.

Dejaba de respirar durante algunos segundos.

Los médicos dijeron que no debía pasar las noches sin alguien cerca.

Miré a Adrian.

Él seguía sin levantar la cabeza.

—¿Y por qué no me lo dijeron?

Sophie respondió antes que él.

—Porque él me lo pidió.

Giré lentamente hacia Adrian.

—¿Por qué?

Su voz apenas era un susurro.

—Porque prometí cuidar de ella.

—¿Quién te hizo prometer eso?

Él tardó varios segundos en responder.

—Su hermano.

Fruncí el ceño.

—¿Qué hermano?

Adrian tragó saliva.

—Mi mejor amigo.

Murió en un accidente seis meses antes de que tú y yo empezáramos a salir.

Le prometí que nunca dejaría sola a Sophie.

El silencio llenó el pasillo.

Por un instante comprendí algo.

No toda la historia.

Solo una parte.

Pero aún faltaba demasiado.

Levanté nuevamente la tableta.

—Eso explica dónde dormías.

No explica por qué me mentiste.

No explica por qué me dejaste sola cuando casi muero.

Su rostro se quebró por primera vez.

—Aquella noche…

Se pasó una mano por la cara.

—Aquella noche Sophie había sufrido otra crisis.

Habíamos pasado horas en urgencias.

Cuando me llamaste…

Yo…

No terminé la frase por él.

Porque ninguna explicación podía borrar lo que hizo.

—Elegiste.

Mi voz sonó tranquila.

—Y no me elegiste a mí.

Adrian bajó completamente la mirada.

—Lo sé.

Pensé que aquello era el final.

Entonces sonó mi teléfono.

Era la señora Wilson.

La vecina que me había salvado la vida.

Contesté.

—Emily, perdona que te moleste.

Hay dos personas preguntando por ti.

Dicen ser investigadores privados.

Quieren hablar sobre Adrian Miller.

Sentí que el corazón volvía a acelerarse.

—¿Investigadores?

—Sí.

Dicen que llevan meses siguiéndolo…

Y que Sophie Bennett no es la mujer por la que comenzaron la investigación.

Miré a Adrian.

Luego a Sophie.

Los dos parecían igual de confundidos.

Porque, si aquellos investigadores decían la verdad…

Entonces había una tercera persona.

Y ninguno de los que estaban frente a mi puerta sabía todavía quién era realmente el motivo por el que Adrian desaparecía todas las noches.

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