PARTE 2: LAS DOS CARPETAS QUE ACABARON CON SU IMPERIO

Gonzalo se quedó inmóvil en la entrada del salón privado.

Renata soltó lentamente su brazo.

—¿Qué hace ella aquí?

La hostess respondió con absoluta calma.

—La señora Elena Ferrer es la nueva propietaria de Cobalto desde las seis de esta tarde.

Ninguno de los dos dijo una palabra.

Elena cerró la carpeta que estaba leyendo.

—Tomen asiento.

Gonzalo intentó sonreír.

—¿Qué clase de broma es esta?

—No es una broma.

Deslicé la primera carpeta hacia él.

—Ábrela.

La abrió con evidente molestia.

En la primera página aparecía el contrato de adquisición del restaurante.

Más abajo, la firma del antiguo propietario.

Y al final.

La mía.

Gonzalo levantó la vista.

—¿Compraste Cobalto?

—Mi familia era accionista desde hace años.

Hoy ejercí la opción de compra que nunca te molestaste en conocer.

Renata comenzó a ponerse nerviosa.

—Gonzalo…

Él levantó la mano para callarla.

—Esto no cambia nada.

Sonreí por primera vez.

—Todavía no has visto la segunda carpeta.

La abrió.

Su rostro perdió el color.

Allí estaban impresos los estados de cuenta de Grupo Ferrer.

Cada transferencia.

Cada reserva de hotel.

Cada boleto de avión.

Cada regalo.

Todos pagados con recursos de la empresa.

Había resaltado en amarillo las operaciones relacionadas con Renata durante los últimos catorce meses.

—¿Cómo conseguiste esto?

—Las tarjetas corporativas generan reportes automáticos.

Solo hacía falta que alguien quisiera revisarlos.

Renata dio un paso atrás.

—Yo no sabía de dónde salía el dinero.

Elena la miró directamente.

—Tu nombre aparece como beneficiaria en cuarenta y ocho transferencias.

También firmaste la recepción de un departamento.

Y autorizaste la remodelación.

Todo está aquí.

Gonzalo cerró de golpe la carpeta.

—Eso es un asunto interno.

—Lo era.

Empujé hacia él un tercer documento que Mauricio acababa de dejar sobre la mesa.

—Hasta hace una hora.

Leyó el encabezado.

“Suspensión inmediata de facultades como director general.”

Sus manos comenzaron a temblar.

—No pueden hacer esto.

Mauricio tomó la palabra.

—La cláusula de control firmada antes de su matrimonio establece que cualquier uso personal de recursos corporativos superior al límite autorizado permite a la accionista mayoritaria intervenir la administración.

Gonzalo me miró desconcertado.

—¿Accionista mayoritaria?

Asentí.

—Nunca te interesó leer los documentos que firmaste cuando nos casamos.

Pensabas que solo eran acuerdos prenupciales.

En realidad, también regulaban la estructura de la empresa familiar.

El silencio se volvió insoportable.

Pensé que discutiría.

Pero hizo algo distinto.

Se puso de pie y trató de llevarse las carpetas.

Dos elementos de seguridad aparecieron inmediatamente en la puerta.

—Es documentación de la empresa, señor Ferrer.

No puede retirarla.

Renata empezó a llorar.

—Yo no quiero problemas.

—Los problemas comenzaron cuando aceptaste dinero que no era de Gonzalo.

En ese momento entró el auditor externo acompañado por una notaria.

Traían una caja sellada.

La colocaron sobre la mesa.

—Acabamos de concluir la revisión preliminar.

Gonzalo respiró con alivio.

—Perfecto.

Así quedará claro que todo esto es un malentendido.

El auditor negó lentamente.

—Encontramos irregularidades por más de dieciocho millones de pesos.

La sonrisa desapareció del rostro de Gonzalo.

—Eso es imposible.

—No exactamente.

Abrió la caja.

Dentro había decenas de facturas, contratos y comprobantes.

Pero uno llamó inmediatamente mi atención.

Era una factura emitida hacía apenas tres días.

Concepto.

“Honorarios por asesoría para adquisición de acciones de Grupo Ferrer.”

El beneficiario no era Renata.

Ni Gonzalo.

Era alguien que ninguno de los presentes esperaba.

Mauricio frunció el ceño.

—¿Quién autorizó este pago?

El auditor levantó lentamente la última hoja.

—La persona que llevaba diez años administrando silenciosamente las finanzas de la empresa.

Todos voltearon hacia mí.

Negué con calma.

—No fui yo.

El auditor respiró hondo antes de pronunciar el nombre.

—La autorizó el señor Arturo Ferrer.

El padre de Gonzalo.

El mismo hombre que llevaba cinco años retirado… y que, según todos los registros de la empresa, no había intervenido en una sola decisión desde entonces.

En ese instante sonó el teléfono de Gonzalo.

Miró la pantalla.

Palideció.

Era su padre.

Y la primera frase que escuchó al contestar hizo que dejara caer el celular sobre la mesa.

—No regreses a la empresa.

Porque el consejo acaba de descubrir quién era el verdadero responsable de todo.

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