PARTE 2: Las Cuentas Que Nunca Existieron

Mi padre tardó varios segundos en reaccionar.

—¿Qué significa esto?

El abogado deslizó otra carpeta sobre la mesa.

—Significa que el procedimiento de divorcio queda suspendido hasta esclarecer el origen de determinados bienes y movimientos financieros.

Papá soltó una risa nerviosa.

—Debe haber un error.

—Yo declaré absolutamente todo.

—Eso está por verse —respondió el abogado.

Mi madre permanecía sentada, tranquila.

Ni siquiera había levantado la voz.

El funcionario del Registro Civil observó los documentos y pidió que todos pasáramos a una sala privada.

En cuanto cerraron la puerta, mi padre golpeó la mesa.

—¿Qué demonios estás haciendo?

Mi madre lo miró con una serenidad que jamás le había visto.

—Escuchándote.

—Llevas cuarenta y cinco años diciendo que nunca construimos nada juntos.

—Hoy simplemente quiero comprobar si era verdad.

El abogado abrió la primera carpeta.

—Señor Reed, durante los últimos quince años aparecen diecisiete inmuebles adquiridos mediante distintas sociedades.

Papá frunció el ceño.

—Son inversiones.

—Todas legales.

—Perfecto.

—Entonces no tendrá inconveniente en explicar por qué ocho de esas propiedades están registradas a nombre de empresas cuyos representantes son sus antiguos choferes, una secretaria jubilada y un jardinero que declaró ingresos inferiores al salario mínimo.

La habitación quedó en silencio.

Papá carraspeó.

—Es… una estrategia fiscal.

El abogado tomó otra hoja.

—También aparecen nueve cuentas de inversión en Hong Kong, Singapur y Shanghái.

—¿Desea reconocerlas?

Mi padre empezó a perder el color.

—No entiendo de dónde sacaron esa información.

Mi madre sonrió apenas.

—Yo tampoco la entendía al principio.

—Hasta que empecé a hacer preguntas.

Lo miré sorprendida.

—¿Hace cuánto?

Ella volvió la vista hacia mí.

—Hace dos años.

Sentí un vuelco en el pecho.

—¿Dos años?

Asintió.

—El día que tu padre olvidó cerrar su computadora.

Recordé aquella tarde.

Él había salido apresurado al club de golf.

Mamá me llamó para preguntarme cómo imprimir una receta médica.

Yo le expliqué por teléfono.

Nunca imaginé que hubiera visto algo más.

—Encontré documentos que no coincidían con lo que él decía en casa.

Pensé que sería un error.

Así que pedí ayuda.

Miró al abogado.

—El licenciado Ortega revisó todo legalmente.

El abogado continuó.

—Mientras tanto, usted realizó una transferencia por treinta millones de yuanes hace exactamente dos semanas.

—¿A quién pertenecía ese dinero?

Papá respiró hondo.

—Eso… pertenece a una inversión privada.

—¿Con qué finalidad transfirió todo el capital justo antes de solicitar el divorcio?

No respondió.

—¿Intentaba ocultar patrimonio?

Silencio.

—¿O preparaba una simulación para evitar la liquidación matrimonial?

Mi padre golpeó otra vez la mesa.

—¡No tienen derecho a investigarme!

El abogado no cambió de expresión.

—La orden fue autorizada esta mañana.

Papá giró bruscamente hacia mamá.

—¡Me tendiste una trampa!

Ella negó con la cabeza.

—No.

—La trampa la preparaste tú.

—Creíste que porque nunca discutía, nunca entendía.

Respiró despacio antes de continuar.

—Durante cuarenta y cinco años me repetiste que tu dinero no era asunto mío.

—Te hice caso.

—Jamás pregunté cuánto ganabas.

—Jamás pregunté dónde invertías.

—Jamás toqué un solo yuan de tus cuentas.

Hizo una pausa.

—Pero cuando decidiste echarme de casa como si fuera una extraña…

—…ese dinero dejó de ser solo tu problema.

Papá comenzó a sudar.

Sacó el teléfono.

Marcó un número.

Nadie respondió.

Volvió a marcar.

Otra vez.

El abogado observó la pantalla.

—¿Busca a la señora Lin?

Mi padre levantó la cabeza de golpe.

—¿Cómo sabe ese nombre?

El abogado abrió una nueva carpeta.

—Porque la transferencia de treinta millones terminó en una empresa administrada por ella.

Mi padre quedó inmóvil.

Yo jamás había oído ese nombre.

Mi madre sí.

—¿Es la mujer por la que quieres divorciarte?

La pregunta cayó sobre la sala como una piedra.

Por primera vez desde que entramos al Registro Civil…

…mi padre bajó la mirada.

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