PARTE 2: LAS CUATRO MALETAS CONTENÍAN LA PRUEBA QUE DESTRUIRÍA A LOS PRESCOTT.

A las seis y doce de la mañana, la primera enfermera abrió la puerta de la sala neonatal.

Cinco segundos después comenzó a gritar.

Las cuatro incubadoras estaban vacías.

Las alarmas inundaron el hospital.

En menos de tres minutos, toda la planta quedó bloqueada.

Adrian llegó corriendo desde la suite VIP todavía con la camisa desabotonada.

—¿Dónde están mis hijos?

La supervisora apenas podía hablar.

—Señor Prescott… alguien los sacó durante la madrugada.

Su rostro perdió todo el color.

—¡Cierren todas las salidas! ¡Llamen a seguridad! ¡Revisen cada cámara!

Mientras el hospital entero entraba en pánico, yo ya estaba a más de doscientos kilómetros de distancia.

Mia conducía en silencio.

Las cuatro maletas permanecían perfectamente alineadas detrás de nosotras.

Los monitores emitían un sonido constante.

Cada uno de mis bebés respiraba tranquilo.

Apoyé la mano sobre la primera maleta.

—Ya nadie volverá a separarnos.

Mi teléfono comenzó a vibrar sin descanso.

Veintisiete llamadas perdidas de Adrian.

No contesté.

Después llegó un mensaje.

“Elena, podemos hablar.”

Lo eliminé.

Cinco minutos más tarde apareció otro.

“Devuélveme a los niños. Te daré lo que quieras.”

Sonreí con tristeza.

Durante tres años nunca me preguntó qué quería.

Ahora estaba dispuesto a ofrecer cualquier cosa.

Pero ya era demasiado tarde.

Al mediodía nos refugiamos en una clínica privada perteneciente a un viejo amigo de mi difunto padre.

El doctor Samuel Ortega revisó personalmente a los cuatro bebés.

Una hora después salió de la unidad neonatal con expresión grave.

—¿Qué ocurre?

Me entregó una carpeta.

—Mire esto.

Eran los análisis genéticos realizados por el Hospital Prescott.

Fruncí el ceño.

—Yo nunca autoricé estas pruebas.

Samuel respiró profundamente.

—Precisamente por eso las pedí completas.

Pasó varias páginas.

Luego señaló una línea resaltada.

Compatibilidad genética para terapia experimental: 99,98 %.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué significa eso?

El médico me miró fijamente.

—Que sus hijos no fueron estudiados únicamente como recién nacidos.

—Alguien estaba evaluando cuál de los cuatro era el mejor donante compatible.

El mundo dejó de girar.

—¿Donante?

Otra página.

Proyecto Herencia Prescott.

Objetivo prioritario:

Seleccionar al recién nacido con mayor compatibilidad para trasplante celular dirigido al señor Arthur Prescott.

Arthur Prescott.

El abuelo de Adrian.

El hombre que llevaba meses esperando un tratamiento experimental para salvar su vida.

Mis piernas dejaron de sostenerme.

Caí lentamente sobre una silla.

No podía respirar.

Yo creía que Adrian solo quería quedarse con sus herederos.

La verdad era mucho peor.

Ellos nunca habían visto a mis bebés como hijos.

Los habían visto como cuatro posibles tratamientos médicos.

Samuel cerró la carpeta.

—Elena…

—Si se hubieran quedado allí, tarde o temprano habrían empezado las intervenciones.

Una lágrima cayó sobre mis manos.

Abrí lentamente la primera maleta.

Noah dormía profundamente.

Después miré a Emma.

A Lucas.

A Olivia.

Tan pequeños.

Tan indefensos.

Tan cerca de convertirse en instrumentos para salvar a un anciano multimillonario.

En ese mismo instante sonó mi teléfono otra vez.

No era Adrian.

Era un número desconocido.

Contesté.

Una voz masculina habló con absoluta calma.

—Señora Morales…

—Habla Jonathan Prescott.

El hermano mayor de Adrian.

Nunca antes me había llamado.

Sus siguientes palabras hicieron que se me helara la sangre.

—No llamo para pedirle que devuelva a los niños.

Hizo una pausa.

—Llamo para advertirle que acaba de descubrir el secreto que mi familia ha ocultado durante treinta años.

—Y ahora harán cualquier cosa para impedir que usted llegue viva a la policía.

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