Alejandro no firmó.
Tomó el vaso, el frasco y llamó a un médico independiente.
—Quiero analizar esto. Ahora.
Regina palideció.
—Alejandro, estás cayendo en la manipulación de un niño y una empleada.
—Entonces el análisis demostrará que tienes razón.
Por primera vez, Regina no respondió.
Dos horas después, Emiliano estaba en otro hospital, lejos de los médicos que Regina había recomendado.
Alejandro permanecía junto a su cama cuando recibió la llamada.
—Señor Arriaga —dijo el médico—, encontramos una sustancia que puede provocar alteraciones físicas y perceptivas. Necesitamos saber quién se la administró.
Alejandro sintió que el mundo se detenía.
Su hijo no estaba inventando todo.
Había estado intentando pedir ayuda.
Regresó a la mansión acompañado por su abogado.
Regina ya tenía dos maletas preparadas.
—¿Te vas?
—No pienso quedarme mientras me tratas como una criminal.
Lucía apareció desde la cocina.
—Señor… hay algo más.
Le entregó una pequeña memoria.
La cámara de seguridad de la cocina había grabado a Regina preparando repetidamente las bebidas de Emiliano.
Cinco gotas.
Siempre cinco.
La expresión de Alejandro cambió.
—¿Por qué?
Regina dejó de fingir.
—Porque ese niño jamás iba a aceptarme.
—Así que decidiste hacer que pareciera enfermo.
Ella apretó los labios.
Alejandro comprendió entonces la verdadera finalidad de la clínica.
Si Emiliano era internado y declarado inestable, cada acusación contra Regina parecería otra fantasía.
Y él casi había firmado.
Subió inmediatamente al hospital.
Cuando Emiliano abrió los ojos, Alejandro se sentó junto a él.
—Papá te debe una disculpa.
El niño permaneció callado.
—No voy a obligarte a perdonarme —continuó—. Pero sí voy a creerte cuando me digas que algo está mal.
Emiliano extendió lentamente la mano.
Alejandro la tomó.
Las pruebas fueron entregadas a las autoridades y la internación psiquiátrica quedó cancelada.
Regina salió de aquella casa sin convertirse en la mujer que había conseguido apartar al “niño problemático”.
Salió investigada por lo que había hecho.
Pero Alejandro jamás olvidó quién había impedido que cometiera el peor error de su vida.
Lucía.

La niñera que llevaba tres semanas trabajando allí.
La única adulta que, cuando todos buscaban demostrar que Emiliano estaba equivocado, hizo algo mucho más sencillo:
Lo escuchó.