El silencio dentro del despacho pesaba más que cualquier palabra.
Valeria tomó uno de los sobres.
En la esquina superior todavía podía leerse la fecha.
14 de octubre.
Tres meses después de haberse marchado a estudiar medicina.
Lo abrió con manos temblorosas.
“Mateo:”
“Hoy vi por primera vez un corazón abierto durante una cirugía. Pensé en ti. Pensé que, cuando terminara la carrera, volveríamos a plantar las rosas junto al portón.”
La tinta estaba ligeramente corrida.
Había llorado mientras la escribía.
Nunca lo supo.
Mateo jamás la recibió.
Él abrió otra.
“Valeria:”
“No importa cuánto tardes. Voy a esperar. Si tengo que cuidar esta hacienda hasta que regreses, lo haré.”
Valeria sintió que las piernas le fallaban.
Se sentó en el viejo sillón de su padre.
Veinte años.
Veinte años creyendo que Mateo la había olvidado.
Mientras él había seguido escribiéndole.
Sobre el escritorio aún permanecía la nota de don Ernesto.
“Algún día comprenderás que salvé tu futuro.”
Valeria la tomó con rabia.
—¿Salvarme de qué?
Mateo permanecía inmóvil.
Nunca había visto a aquella mujer perder el control.
Ella rompió la nota en dos.
Luego en cuatro.
Y finalmente la dejó caer al suelo.
—No me salvó.
Nos condenó.
Durante horas leyeron una carta tras otra.
Navidades.
Cumpleaños.
Graduaciones.
La muerte de la madre de Mateo.
El primer trasplante exitoso de Valeria.
Todos aquellos momentos habían sido compartidos.
Solo que ninguno de los dos llegó a conocer las palabras del otro.
Hasta ahora.
Cuando el reloj marcó las dos de la madrugada, Mateo encontró un sobre distinto.
No llevaba estampilla.
Ni dirección.
Solo una frase escrita por don Ernesto.
“Abrir únicamente después de leer todas las demás.”
Los dos intercambiaron una mirada.
Valeria rompió el sello.
Dentro había una carta mucho más reciente.
Escrita pocos meses antes de la muerte de su padre.
“Hija:”
“Si estás leyendo esto, significa que ya no estoy para enfrentar tu odio.”
Valeria tragó saliva.
“Durante años te repetí que Mateo te abandonó porque necesitaba que me odiaras a mí lo menos posible.”
Cada palabra dolía más que la anterior.
“Lo que hice fue imperdonable.”
“Pero hubo una razón que nunca te conté.”
Mateo levantó lentamente la vista.
Valeria siguió leyendo.
“La noche en que decidí separar sus caminos, alguien vino a esta hacienda dispuesto a matar a Mateo.”
Los dos quedaron inmóviles.
“Si él seguía contigo, no iba a sobrevivir.”
Valeria sintió que el aire desaparecía.
—¿Qué…?
Buscó desesperadamente el resto de la carta.
“Creí que alejándolos podría protegerlos.”
“Nunca imaginé que el precio sería veinte años de sus vidas.”
Mateo cerró lentamente los ojos.
—Nunca entendí por qué tu padre me obligó a irme aquella noche.
Valeria lo miró.
—¿Te obligó?
Él asintió.
—Me entregó dinero.
Lo rechacé.
Entonces me dijo algo que jamás olvidé.
Respiró profundamente.
—”Si vuelves a acercarte a mi hija, antes de que termine el mes alguien te enterrará en estas tierras.”*
El despacho volvió a quedar en silencio.
Valeria terminó de leer la última página.
Pero había algo extraño.
La carta no estaba completa.
Faltaban las hojas finales.
Arrancadas con cuidado.
Mateo revisó el sobre.
Vacío.
Solo quedó un pequeño papel doblado.
En él aparecía un único nombre.
Arturo Salgado.
Ninguno de los dos lo reconoció.
Hasta que el viejo administrador de la hacienda apareció en la puerta.
Al ver el papel, perdió completamente el color del rostro.
—¿Dónde encontraron ese nombre?
Valeria levantó lentamente la vista.
—En la carta de mi padre.
El anciano dio un paso atrás.
Su voz apenas era un susurro.

—Entonces… don Ernesto nunca alcanzó a destruir esa página.
Mateo frunció el ceño.
—¿Quién es Arturo Salgado?
El administrador cerró la puerta con llave antes de responder.
—El hombre que intentó matar a Mateo hace veinte años… y que hoy es uno de los principales socios de la constructora que quiere comprar esta hacienda.