PARTE 2: LAS CÁMARAS REVELARON A LA VERDADERA ENEMIGA

Emiliano no apartó la vista de la pantalla.

Durante varios segundos nadie habló en la sala de monitoreo.

Su jefe de seguridad respiró hondo.

—Señor… ¿quiere que intervengamos?

Emiliano levantó una mano.

—Todavía no.

Necesitaba saber desde cuándo ocurría aquello.

Necesitaba descubrir cuántas veces había fallado como padre sin siquiera darse cuenta.

En la pantalla, Patricia dio un paso hacia Rosa.

—No vuelvas a contradecirme delante de ellas.

Rosa bajó la cabeza.

—Solo intentaba evitar que las niñas se asustaran.

Patricia sonrió con desprecio.

—Precisamente eso quiero. Que aprendan quién manda cuando su padre no está.

Las palabras hicieron que Emiliano sintiera un escalofrío.

Martina abrazó con fuerza la mano de su hermana mayor.

Daniela, con apenas nueve años, reunió valor.

—Papá no quiere que nos griten.

Patricia soltó una carcajada.

—¿Tu padre? Tu padre cree todo lo que yo le digo.

Las dos niñas guardaron silencio.

Rosa dio un pequeño paso al frente.

—Señorita Patricia, por favor…

La respuesta fue inmediata.

Patricia empujó con fuerza la bandeja que Rosa llevaba entre las manos.

Los platos cayeron al suelo.

El ruido llenó la habitación.

—Ahora limpia este desastre —espetó—. Para eso te pagan.

Emiliano se levantó de golpe.

La silla cayó hacia atrás.

Su respiración era cada vez más rápida.

Pero entonces ocurrió algo que terminó de romperlo por dentro.

Martina corrió a recoger los pedazos de porcelana.

No para ayudar a Rosa.

Sino para evitar que Patricia volviera a enojarse.

La pequeña temblaba tanto que una lágrima cayó sobre el piso de mármol.

—Perdón… perdón… —susurraba.

Emiliano sintió un nudo en la garganta.

Aquella no era la reacción de una niña que había cometido una travesura.

Era la reacción de una niña acostumbrada a pedir perdón por existir.

El jefe de seguridad habló con voz baja.

—Señor… esto no parece un hecho aislado.

Emiliano asintió lentamente.

—Retroceda las grabaciones.

Las imágenes comenzaron a correr hacia atrás.

Un día.

Tres días.

Una semana.

Dos semanas.

Y la verdad apareció una escena tras otra.

Patricia regañando a las niñas cuando él salía de casa.

Escondiéndoles juguetes.

Obligándolas a permanecer en silencio durante horas.

Quitándoles el postre “porque no se lo merecían”.

Amenazándolas para que no contaran nada.

—Si hablan con su papá, Rosa perderá su trabajo por culpa de ustedes.

Daniela lloraba en silencio.

Martina asentía aterrorizada.

Rosa las abrazaba cada vez que Patricia desaparecía por el pasillo.

Nunca respondía con violencia.

Nunca levantaba la voz.

Solo les repetía:

—Todo va a estar bien.

Emiliano dejó de mirar las pantallas.

Cerró los ojos.

Recordó todas las veces que Patricia le había dicho que Rosa estaba manipulando a sus hijas.

En realidad…

Rosa solo estaba protegiéndolas.

Y él había estado demasiado ocupado creyendo las mentiras de la mujer que pensaba convertir en su esposa.

En ese instante sonó el teléfono de Patricia.

La cámara captó toda la conversación.

Ella sonrió.

—Sí… ya se fue rumbo a Europa.

Escuchó unos segundos.

Luego respondió:

—No te preocupes. En cuanto me case con Emiliano, sacaré a esa sirvienta de la casa y venderemos esta propiedad antes de fin de año.

Emiliano abrió los ojos.

Patricia continuó hablando.

—Las niñas son fáciles de controlar. Él jamás sospecha de mí.

El jefe de seguridad apagó el audio por un instante.

—Señor…

Emiliano ya no parecía el mismo hombre.

La culpa había desaparecido de su rostro.

Solo quedaba una serenidad peligrosa.

—No entren todavía.

—¿Qué piensa hacer?

Él observó nuevamente las pantallas.

Rosa estaba consolando a Martina mientras recogía los platos rotos.

Sus hijas sonreían apenas al verla abrazarlas.

Por primera vez en mucho tiempo parecían sentirse seguras.

Emiliano respiró profundamente.

Luego tomó su teléfono.

Marcó un único número.

—¿Sí, señor Duarte?

—Necesito que mi abogado venga inmediatamente a la mansión.

Hizo una pausa.

—Y que traiga los documentos del fideicomiso familiar.

El abogado guardó silencio unos segundos.

—¿Va a cancelar la boda?

Emiliano miró la pantalla donde Patricia seguía creyéndose dueña de la casa.

Una sonrisa fría apareció en su rostro.

—No.

La voy a dejar continuar…

Porque todavía no sabe que el hombre que cree estar en un avión rumbo a Europa…

Lleva más de una hora observándola desde la habitación de al lado.

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