Los golpes se detuvieron frente a la puerta.
Una.
Dos.
Tres veces.
El sonido metálico del seguro al abrirse hizo que la sonrisa de Esteban vacilara apenas un instante.
Entraron cuatro agentes de la Fiscalía, seguidos por dos policías de investigación y una mujer de traje azul marino que llevaba una carpeta sellada.
El silencio cayó sobre la sala de ultrasonido.
—¿Qué significa esto? —preguntó Esteban, recuperando su tono de autoridad—. Soy el director de este hospital.
La mujer del traje ni siquiera lo miró.
Se dirigió directamente a Rebeca.
—Señora Alcázar, la resolución extraordinaria del fideicomiso ya fue ejecutada.
Le entregó la carpeta.
Rebeca la abrió con calma.
Dentro había una sola hoja, firmada por los siete integrantes del consejo.
—A partir de este momento —leyó en voz alta—, el doctor Esteban Arriaga queda suspendido de todas sus funciones administrativas, médicas y financieras dentro de la Fundación Santa Aurelia.
Esteban soltó una risa incrédula.
—¿Quién cree que puede destituirme?
Rebeca levantó la vista.
—La persona que creó este hospital.
Él frunció el ceño.
—¿Qué?
—Pensaste que me limitaba a donar dinero para las galas benéficas. Nunca te interesó preguntar quién levantó este lugar cuando solo era un terreno vacío.
Isabel dio un paso al frente.
—No haga el ridículo.
Rebeca sacó otro documento.
Era la escritura constitutiva de la fundación.
En la primera página aparecía un nombre.
Rebeca Alcázar de Luján. Fundadora y fideicomitente principal.
Mariana abrió los ojos con sorpresa.
—¿Mamá…?
Rebeca sonrió por primera vez.
—Tu padre y yo construimos este hospital hace treinta años para que ninguna mujer muriera por falta de atención. Después cedimos la administración a un fideicomiso independiente precisamente para evitar que alguien lo convirtiera en un negocio familiar.
Esteban empezó a perder el color del rostro.
—Eso… eso no cambia nada.
—¿Seguro?
Rebeca señaló una página marcada con un separador rojo.
—La cláusula 82 establece que cualquier administrador acusado de ejercer violencia contra una paciente o de poner en riesgo deliberado su vida pierde automáticamente todos sus poderes mientras se investiga el caso.
Uno de los agentes dio un paso al frente.
—Doctor Esteban Arriaga, queda formalmente separado de cualquier decisión relacionada con la señora Mariana Luján y con el nacimiento de su hija.
—¡Esto es absurdo! ¡Yo soy su esposo!
—Y precisamente por eso no volverá a intervenir en su atención médica.
En ese instante entró la jefa de Obstetricia.
—Ya tenemos listo un quirófano alterno.
Miró a Mariana con firmeza.
—La cesárea será realizada por un equipo completamente distinto. El doctor Arriaga no tendrá acceso.
Mariana rompió a llorar.
Por primera vez en meses, el miedo comenzó a aflojarse.
Entonces uno de los investigadores recibió una llamada por el radio.
Su expresión cambió.
—Encontramos algo en la oficina del doctor.
Todos guardaron silencio.
—¿Qué encontraron?
El agente respiró hondo.
—Una caja fuerte abierta. Había expedientes médicos alterados, autorizaciones con firmas aparentemente falsificadas… y varias pólizas de seguro de vida.
Rebeca sintió un escalofrío.
—¿Solo eso?
El investigador negó lentamente.
—No.
Sacó una fotografía tomada apenas unos minutos antes por el equipo forense.
La colocó sobre la camilla, frente a Rebeca.
Era una lista con varios nombres de mujeres.
Al lado de cada uno había una fecha.
Y junto al nombre de Mariana Luján aparecía una anotación escrita a mano.

“Cesárea programada. No despertar.”
Esteban dejó de hablar.
Porque comprendió que, desde ese instante, el problema ya no era perder el hospital.
Era demostrar que aquella nota nunca había existido.