PARTE 2: LA VOZ QUE NUNCA DEBIÓ EXISTIR

La lluvia seguía cayendo cuando el automóvil negro se detuvo junto a la acera.

La ventanilla descendió apenas unos centímetros.

—Señorita Valeria.

Reconocí al instante al licenciado Ignacio Cárdenas.

Había sido el abogado personal de mi padre durante casi treinta años.

Nunca lo había visto perder la compostura.

Aquella noche tenía el rostro completamente pálido.

—Suba. Ahora mismo.

No hizo preguntas.

No comentó la sangre sobre mi frente.

Solo cerró los seguros del vehículo y arrancó.

Durante veinte minutos ninguno de los dos habló.

Finalmente llegamos a un edificio antiguo en Polanco.

No era el despacho principal del bufete.

Era un archivo privado.

Ignacio abrió una puerta blindada con dos llaves diferentes.

Después introdujo un código.

Solo entonces se volvió hacia mí.

—Su padre me dejó instrucciones muy específicas.

Sacó una caja metálica del interior de una caja fuerte.

Encima había un sobre color marfil.

Sellado con cera roja.

Mi nombre estaba escrito con la letra de mi padre.

“Solo entregar si Valeria pierde el control de Grupo Horizonte tras mi fallecimiento.”

Sentí un nudo en la garganta.

—¿Papá sabía que esto podía pasar?

Ignacio respiró lentamente.

—No sabía exactamente qué ocurriría.

Pero sabía que alguien llevaba meses intentando acercarse demasiado al poder.

Me entregó el sobre.

Dentro había una memoria USB.

Una llave.

Y una nota escrita a mano.

“No tomes ninguna decisión hasta escuchar la grabación completa.”

Miré a Ignacio.

Él ya había conectado la memoria a un pequeño reproductor.

La pantalla permaneció negra unos segundos.

Después apareció una fecha.

Hace cuatro años.

La imagen mostraba una oficina.

Mi padre estaba sentado frente a una cámara.

Parecía cansado.

Mucho más cansado de lo que recordaba.

—Si estás viendo esto…

Hizo una pausa.

—Significa que fracasé en protegerte.

Las lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas.

—Rodrigo jamás llegó a esta familia por casualidad.

Sentí que el aire desaparecía.

Mi padre continuó.

—Hace tres años descubrí que alguien manipulaba contratos dentro de Grupo Horizonte.

No pude demostrar quién era.

Pero seguí el dinero.

Y siempre aparecía el mismo nombre.

Rodrigo Salgado.

La grabación se interrumpió.

La pantalla quedó negra.

Ignacio frunció el ceño.

—Aquí comienza la segunda parte.

Presionó nuevamente el botón.

Esperaba volver a escuchar la voz de mi padre.

Pero no ocurrió.

Una voz masculina completamente distinta llenó la habitación.

Grave.

Serena.

Con un ligero acento del norte.

—Alejandro…

Si estás reproduciendo esta grabación…

Entonces ninguno de los dos logró detenerlos.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

Miré a Ignacio.

Él permanecía completamente inmóvil.

—¿Quién es?

Sus labios apenas se movieron.

—No puede ser…

La voz continuó.

—Mi nombre es Mauricio Ortega.

El reproductor casi cayó de mis manos.

Mauricio Ortega.

Mi tío.

El hermano mayor de mi padre.

Muerto oficialmente hacía ocho años en un accidente aéreo en Chiapas.

Yo misma había asistido a su funeral.

Mi padre jamás volvió a pronunciar su nombre.

La grabación siguió avanzando.

—Si Rodrigo Salgado consiguió acercarse a la empresa…

Entonces la organización que destruyó nuestra familia sigue operando.

No confíen en nadie que aparezca en el consejo de administración después de mi muerte.

Especialmente…

Se escuchó un breve ruido de interferencia.

Después volvió la voz.

—Especialmente en Beatriz Salgado.

Mi respiración se detuvo.

Ignacio levantó lentamente otra carpeta.

La abrió delante de mí.

Dentro había fotografías antiguas.

Una mostraba a Rodrigo mucho antes de entrar a Grupo Horizonte.

Otra mostraba a Beatriz.

Mucho más joven.

Pero lo que me dejó completamente inmóvil fue el hombre que aparecía abrazándola.

Era mi tío Mauricio.

Sonriendo.

Como una familia.

Ignacio colocó la fotografía sobre la mesa.

—Su padre descubrió esto hace seis meses.

Beatriz no conoció a Rodrigo cuando él entró a su vida.

Ella ya pertenecía al mismo círculo que investigó su tío antes de morir.

Miré la fotografía una y otra vez.

Todo empezaba a tener sentido.

Rodrigo no había improvisado el robo.

Había esperado durante años.

Se había casado conmigo.

Había ganado la confianza de mi padre.

Y había preparado cada documento incluso antes del funeral.

Pero entonces recordé una frase de la grabación.

“La organización que destruyó nuestra familia…”

Levanté lentamente la vista.

—Ignacio…

Si mi tío grabó esto…

Entonces nunca creyó que su accidente fuera un accidente.

El abogado no respondió de inmediato.

Simplemente deslizó hacia mí el último documento que quedaba dentro de la caja fuerte.

Era un informe pericial clasificado.

En la primera página podía leerse claramente:

REAPERTURA SOLICITADA DEL EXPEDIENTE: MUERTE DE MAURICIO ORTEGA.

Y, estampada en rojo sobre el margen superior, una sola palabra hizo que la sangre se me helara.

“SABOTAJE.”

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